No te invito solo a celebrar
sino a detenerte.
Una voz sola en la oscuridad.
La luz, todavía sin llegar.
Y ya, el canto pascual.
Así empezamos el día.
¿Qué resucitó?
No el cadáver reanimado de Jesús.
No el regreso a lo que era.
Resucitó una identidad que siendo la misma
es radicalmente otra.
Las marcas siguen visibles en su gloria.
Un Dios que resucita sin heridas no te conoce.
Lo que la Pascua sostiene no es la promesa
de que el dolor desaparecerá.
Es algo más exigente y más verdadero:
que nada de lo que has vivido
—ninguna herida, ningún descenso, ninguna noche—
quedará fuera.
Que tu historia, con todo su peso, es asumida.
No borrada. Transfigurada.
Camina. Medita. Ora.
Sin palabras.
La primavera no agrede.
Acompaña.
Eso también es resurrección.
Feliz Pascua.
