Hay una hora, a media tarde, en que el campo se queda quieto de un modo distinto al del resto del día. No es el silencio sino algo que vibra: las chicharras, el aire que tiembla sobre la tierra seca, la luz que va perdiendo fuerza. Caminar entonces se convierte en un ejercicio pesado. Buscamos la sombra, el agua, el frescor de algún rincón que no recibe la caricia del sol.
El calor no invita a pensar, deshace un poco la mente, la vuelve porosa. Se camina más despacio, no por cansancio sino porque el cuerpo entiende algo que la voluntad tarda en aceptar. El campo en verano parece marchito. La hierba se ha vuelto paja, los caminos levantan polvo. Y sin embargo, al entrar en el bosque, donde la luz llega filtrada, aparecen flores silvestres que el sol directo no habría dejado abrir — pequeñas, casi escondidas, sin nadie que las mire. No piden nada. Solo están, en la penumbra, como si el agotamiento de fuera no les concerniera.
Recuerdo el desierto en estas tardes. Allí el calor es el interlocutor principal. Aquí el calor todavía deja resquicios: una sombra de piedra, unas flores que nadie sembró. El gesto es el mismo: el cuerpo se rinde y en ese rendirse algo se abre. No sé si a esto se le puede llamar oración.
Caminar sin meta, con el calor sobre los hombros, nos deja con pocas ganas de continuar. Y entonces aparece una atención distinta: no la del que observa el paisaje, sino la del que es observado por él. No sé qué nombre darle a esa sensación. Quizá solo necesite que vuelva a salir, otra tarde, al mismo ambiente caluroso.