El tren entró en Salamanca después de horas de paisaje cada vez más abierto, esa apertura propia de Castilla y León que no se parece a ninguna otra llanura que yo conozca. Por la ventanilla pasaban rastrojos ya dorados, encinas, alamedas, cerros, un pueblo de piedra con la torre asomando antes que las casas. Cuando bajé al andén, el aire olía a polvo caliente y hierro, el olor de las estaciones pequeñas que no ha cambiado aunque haya cambiado casi todo lo demás.
Mi amigo me esperaba en la calle al lado de su coche, sin prisa por moverse hacia mí. Nos conocemos desde hace tantos años que el saludo ya no necesita ceremonia: un abrazo breve, la maleta que introducimos en el maletero y la conversación que retomamos exactamente donde la habíamos dejado la última vez que hablamos, como si el tiempo intermedio no hubiera existido del todo.
En su casa me recibieron su mujer y su hija. Viví allí una semana entera como uno más, y no lo digo como fórmula de cortesía. Había un plato puesto para mí antes de que nadie me preguntara la hora de llegada. Había café hecho y tostadas con aceite de oliva cuando yo salía de mi habitación por las mañanas. Había una pregunta, casi al margen de la conversación principal, sobre cómo había dormido. También se interesaban por las dificultades que he atravesado estos últimos años, sobre las incertidumbres que todavía acompañan esta etapa de mi vida, sin insistencia, como quien pregunta por el tiempo y en realidad pregunta por algo más hondo. Pensé, sin decirlo en voz alta, en unas palabras del evangelio que se leen en misa hoy, miércoles 17 de junio: «que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha». (Mt 6, 1-6. 16-18). Hay un modo de amar que no necesita ser anunciado para ser real. Quizá sea el único modo que de verdad cuenta.

Me reencontré con mi familia durante esos días. La vida adulta ha hecho con nosotros lo que suele hacer: cada uno con sus horarios, sus responsabilidades, su propio paso. Caminamos por calles que ellos conocen ya mejor que yo, comimos despacio, hablamos de cosas sin importancia que a veces dicen más que las importantes. En un momento, me di cuenta del amor que va más allá del espacio físico o el tiempo pasado sin vernos. No fue un pensamiento triste. Fue más bien como cuando se suelta una cuerda que ya había hecho su trabajo y se comprueba que sigue de pie lo que sostenía.
Una mañana, al alba, antes de que la casa despertara, fui a la cocina y me senté con un vaso de agua sin encender ninguna luz. No recé nada articulado. Me quedé en ese silencio anterior al sonido urbano, meditando. El santoral y el misal indicaban hacer memoria del apóstol San Bernabé, quien predicó por Antioquía y acompañó a San Pablo en su primer viaje apostólico, llegando a participar en el Concilio de Jerusalén. Pedí su intercesión y seguí ensimismado con la mente en blanco. La nevera zumbaba bajito. Oí el paso de un coche por una calle cercana. No hay testigos en esas mañanas. Tampoco se necesitan.
El sábado celebramos la eucaristía en una residencia universitaria con unos amigos vinculados a una institución con la que compartí de adolescente parte del camino recorrido. Algunos rostros no los veía desde hacía años. La luz entraba por un amplio ventanal y caía sobre las cabezas inclinadas en el momento de la consagración. La vida nos había dispersado por geografías distintas, unos seguían allí, otros no estaban presentes y seguramente habrían pasado por media docena de destinos, yo llevaba dos décadas hablando otra lengua casi a diario y sin embargo, al mirarlos en ese silencio concreto, reconocí algo que el tiempo no había alcanzado a tocar. No sé nombrarlo con precisión. Sé que estaba allí, entre las caras conocidas y la luz matinal.

Fuimos de excursión a la Sierra de Francia, un plan que llevábamos meses postergando. Subimos a la Peña de Francia, con las ventanillas del coche bajadas, mientras el aire se iba volviendo más fresco y más transparente a medida que ganábamos altura. El día era fantástico. Los pueblos aparecían entre la vegetación como si hubieran crecido directamente de la roca, sin que nadie los hubiera construido. Arriba, junto al santuario, el viento soplaba como casi siempre y nos quedamos un buen rato sin hablar, mirando la sierra entera abierta debajo, el cielo azul sobre los valles más lejanos como quien pasa la mano sobre una tela. Había algo sagrado allí. Entramos en el santuario y justo en la puerta miríadas de pequeñas moscas nos recibieron haciéndonos casi imposible la entrada; pero lo conseguimos. Algo típico. Hasta Miguel de Unamuno lo llegó a reflejar en alguna de sus obras. Rezamos e hicimos fotografías.

Bajamos después hacia Las Batuecas, donde los carmelitas tienen su desierto particular, su forma de retirarse sin irse del todo del mundo. Caminar entre esas rocas me devolvió, sin que yo lo buscara, el cuerpo que conocí en otro desierto muy distinto, el del Sahara: el mismo modo de poner el pie en la sombra, la misma certeza de que el paisaje no tiene ninguna prisa por explicarse a quien lo atraviesa. Llegamos hasta el mirador de San José, desde donde se puede contemplar todo el valle majestuoso, silencioso, muy propio para la contemplación.
También viajé a Valladolid, la ciudad donde viví hasta mi juventud. Volver allí me produce siempre algo difícil de nombrar. El pasado, en sentido estricto, no existe ya en ninguna parte; pero hay calles y una determinada luz que siguen hablando el idioma que reconozco antes de pensarlo, antes incluso de saber que lo estoy reconociendo.

Me encontré con mis hermanas, con mi hermano. Las conversaciones se alargaron hasta media tarde, entre silencios que no necesitaban llenarse. En más de una de ellas apareció la misma petición, formulada en momentos distintos: que volviera. Que considerara vivir de manera definitiva en mi tierra. Una de mis hermanas lo dijo sin levantar la voz, mientras recogía la mesa después de comer, como si la frase pesara menos dicha de pasada. La pregunta no vino solo de la familia. También de la conversación con amigos pertenecientes a una institución de la Iglesia y, por esas casualidades, vecinos de mi familia, sobre posibles formas de colaboración pastoral si algún día decidiera instalarme allí de nuevo. No hubo decisiones en ese momento. Solo una pregunta que, a estas alturas, incluye otras consideraciones: dónde quiero vivir lo que me quede de vida y cerca de quién, siempre en obediencia debida a mi obispo.
La despedida llegó demasiado pronto, como llegan las que de verdad importan. Hasta cuando se sabe que habrá un próximo encuentro, queda una pequeña herida, el recordatorio de que ningún tiempo compartido se puede prolongar solo porque uno lo desee. Abrazos, bendiciones, acercarme mi amigo en su coche a la estación. Subir al tren. Los campos empezaron a desfilar otra vez tras el cristal, ahora en sentido contrario, cuando una avería en la catenaria, cerca de Medina del Campo, detuvo la marcha durante cuarenta y cinco minutos. Tuvimos que bajar en un apeadero, con el sol apretando fuerte. Los demás viajeros sacaron los teléfonos, consultaron horarios, calcularon enlaces, hicieron fotografías para subir en señal de protesta a sus redes sociales. Yo me quedé mirando el paisaje inmóvil: un campo de trigo, una nave industrial con el rótulo medio caído, una carretera sin coches. Así hasta que llegó otro tren y pudimos continuar el viaje. Algunos pasajeros protestaron.
Llegué a Valencia a media tarde. El calor húmedo del Mediterráneo me recibió en el andén como recibe el mar a quien ha estado lejos de él: pesado, denso, casi físico, tan distinto de la sequedad limpia de la vieja Castilla que durante un instante no supe bien en qué ciudad estaba.
Entré en casa cansado. Dejé la maleta en el pasillo y no encendí más que la luz de la entrada. Pensé en las comidas abundantes que me ofrecieron en Salamanca, en los comentarios familiares, en la posibilidad de volver a Valladolid. Esos recuerdos tan próximos llegaron como llegan las cosas que de verdad importan: desordenados, unos encima de otros, sin pedir permiso para entrar. Hoy recordé, sin abrir aún el misal, la frase que me ha dado fuerza para empezar la jornada: «que tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará». (Mt 6, 1-6. 16-18). Retomo mi rutina: orar, escribir, ejercicio físico, pasear, hablar con la gente y seguir amando esta Creación.