Chascarrillos y maledicencia

El otro día un compañero de estudios al que no veía desde hacía bastantes años me preguntó por mi trabajo. Quería saber a qué me dedicaba, de qué vivía, en qué andaba metido… como si no lo supiera por amigos comunes… Esta conducta curiosa suele ser habitual en mucha gente. Cuando no pueden clasificarte en tal o cual apéndice profesional, surge la inquietud, pica el interés por saber más de esa persona… digamos rara.

Entonces se me presentaron dos opciones para responder. Bueno, incluso una tercera que por respeto a mis lectores me la guardo.

La primera opción era narrar mis años de trabajo, estudios complementarios, etc. La segunda opción consistió  en responder con un lacónico “me dedico a escribir y editar libros”, sin más explicaciones. Entonces mi interlocutor abre aún más los ojos y con cara de bobo ilustrado me dice que eso será como afición, que él “sabe” que me dedico a “otras cosas”, y le pone comillas al otras cosas.

-¿Otras cosas? –pregunto, ¿qué cosas?

Entonces inicia una recitación con datos de mi biografía… y para que no se esfuerce más le digo que sí, que es verdad todo eso; pero, y aquí gesticulo ostensiblemente, AHORA, edito libros y escribo.

He pasado muchas páginas de mi vida. Sin más. ¿Tan difícil es entenderlo?

Pues sí, para ciertas personas los hechos tienes que encajar como las piezas de un mecano y si no lo hacen, si según ellos faltan algunas piezas, surge la inquietud, la sospecha, la desconfianza.

En fin, mi paisano no se dio por vencido y me preguntó por qué había ido al Sahara, por que tenía familia allí, por qué, por qué, por qué… CURIOSIDAD INSANA.

Al final de los porqués le solté una reflexión tipo zen: ¡vive el presente, sé feliz ahora, no preguntes, relájate… ommmmmmmmmmmmmmmmm.

Se fue contrariado, enfadado, no había satisfecho su curiosidad…. y yo me quedé tan contento escuchando el trino de un pajarillo juguetón en unos arbustos cercanos.

Resulta interesante constatar cómo la gente vive instalada en el cotilleo, el chismorreo, el bla bla bla…

Lo he comprobado en sitios muy diferentes. En España y en otros países.

En el Sahara, por ejemplo, elaboré un listado con algunos de los chismorreos que circulaban sobre mi persona:

–          Empresario (arruinado o muy importante).

–          Agente secreto o espía del CNI, más bien estilo mortadelo y filemón.

–          Espía de Marruecos, o de Rusia. ¿Tendré pinta de ruso?

–          Narcotraficante con numerosas propiedades, villas, coches, yates,…

–          Yihadista, el cerebro de operaciones violentas…

–          Millonario que para ocultarlo vivía como un pobre.

–          Delincuente huido de la justicia.

–          Comerciante con aires de grandeza.

–          Contrabandista, loco, chivato,…

Hay quienes querían indagar en mi biografía, como si yo fuera un personaje vital para sus vidas… se ve que la gente se aburre muchísimo.

Algunos incluso se dedican a husmear  vía “sobrenatural” o “paranormal”, acudiendo a adivinadores, brujos, brujas, chejes,… para intentar producirme malestar o enfermedad, “mal de ojo”, leer en mi pasado y futuro, en fin… toda una gama muy amplia de supersticiones aplicadas en mi contra, y que en el islam son además harán, prohibidas, nada recomendables.

De estas acciones uno se entera por deducción lógica y por que al final el “wulu wulu”, como denominan en esas tierras al cotilleo, funciona en todas las direcciones y tarde o temprano  te llegan noticias sobre tu propia persona, es cuestión de tiempo.

Bueno, todo esto me lo tomo con tranquilidad y buen humor. Somos humanos y los miedos y las conductas extrañas surgen por doquier, a veces acompañadas de patologías mentales…

Este comentario me sirve como introducción para hablar de la maledicencia, tema importante y oscuro, pues todo acto contra los demás, aunque sea un comentario negativo, nace de la oscuridad, yo lo considero incluso una forma de terrorismo.

Las sociedades humanas se vertebran sobre el lenguaje. El lenguaje produce signos y símbolos, crea cultura. En la cultura crecemos, nos desarrollamos, establecemos redes sociales por afinidad: familia, amistad, profesión, religión… La cultura determina patrones de comportamiento, ofrece cosmovisiones particulares, establece rangos de identidad, proclama diferencias, implica toma de posiciones. Esta es la razón de que el llamado “Diálogo Interreligioso” deba producirse inicialmente sobre características culturales definidas, no sobre el ámbito estricto de la religión. Es un reto, sin duda alguna.

Por otra parte, la cultura modela la forma de relación entre los sujetos de dicha cultura. Algunos de estos patrones son universales; esto es, se producen en cualquier ámbito, por ejemplo, el sentido de pertenencia a una comunidad o las expresiones de algunas emociones como el miedo o el gusto por el chismorreo, el cotilleo o la murmuración.

Algunos antropólogos e investigadores de la conducta humana sostienen la idea de que esta capacidad para el cotilleo ha sido fundamental en el desarrollo del ser humano. En efecto, cotillear implica establecer una fuerte carga imaginativa y de elaboración literaria. Los cotillas tienen una notable inteligencia. Pero el cotilleo adquiere casi siempre patrones despectivos, entrando de lleno en la murmuración y la maledicencia. Así, lo normal es que se cotillee para señalar defectos y faltas ajenas, no para ensalzar virtudes. Cuando esta actividad implica desear mala suerte, hablamos de maldecir a los demás, patrón que también es universal. En muchos rincones del planeta se denomina “echar mal de ojo” y adquiere proporciones casi epidémicas.

Las religiones se tomaron siempre muy en serio esta peculiaridad nuestra, hasta el punto de que se alude a ella constantemente en la mayoría de las tradiciones religiosas. Se recomienda siempre huir de semejante conducta por entender que es destructiva y contraria al principio de respeto a los demás. En definitiva hablar mal de otras personas introduce una distorsión cognitiva en la comunicación y origina un mal del que después es difícil huir.

Establecemos por tanto dos niveles en este asunto: el nivel cognitivo, en el que se trata claramente de mecanismos de defensa y ventaja competitiva (la información sobre los demás es importante) y el nivel moral, en el que se clasifica esta conducta como negativa y reprobable para la convivencia y el respeto mutuo.

¿Quién es agente del cotilleo?

En las sociedades hay diferentes tipos de liderazgo: el líder por antonomasia es aquel individuo capaz de convencer a los demás mediante su carisma, inteligencia y capacidad de obtener beneficio de cualquier situación, por complicada que sea. Pero este liderazgo hoy día se potencia artificialmente desde la alta política. El líder natural suele ser una persona que –sin proponérselo- genera confianza en los demás. No siempre fue así. En el pasado el líder de una comunidad solía ser el más fuerte y el mejor cazador; es decir, el que podía proporcionar más seguridad a la comunidad, de tal manera que los menos capaces para la caza, o menos dotados físicamente, solían cumplir la función de “narradores” , glosadores, etc. Eran los verdaderos agentes del cotilleo, personas que desarrollaron habilidades en el plano cognitivo y se ganaron así reputación, respeto y ascendencia sobre los demás. Poco a poco lo físico dio paso a lo mental. Y lo mental al ámbito práctico de ejercer el poder.

En la actualidad el liderazgo es tan complejo como las propias sociedades y sus rasgos quedan diluidos en un “mar de personalidades” posibles. Nadie podría plantear un liderazgo sobre la base exclusiva de la fortaleza física, pero sí se plantea en torno a la manipulación de la imagen del contrario; es decir, el cotilleo adquiere una dimensión profesional en la que se utilizan recursos propios de la publicidad, el marketing, la sociología, la psicología, etc.

El cotilleo implica mal moral

Podemos decir que un cierto nivel de cotilleo puede favorecer la dinámica social, es inherente a todos los seres humanos y, con las debidas delimitaciones, no ofrece mayor problema. No obstante, mejor es abstenerse de dicha actividad, mejor es centrarse en lo que podemos aportar a los demás, no en “hablar de los demás”, puesto que esas delimitaciones de las que hablo son siempre difusas y obedecen a criterios subjetivos, de tal manera que después de caer en el chismorreo, acabemos por perder la objetividad y llegar a la maledicencia, cuestión no baladí que atañe no sólo al ámbito social sino a nuestra esfera privada: la conciencia. El chismoso abre la puerta a la dimensión de lo negativo. Obtiene sus rentas del engaño y la mentira, o de la verdad transformada, que es una forma sutil de mentira encubierta. Convierte a su ego en protagonista absoluto y propaga el mal allá por donde pasa y, en los casos extremos, acude a la magia, a la superstición y a la invocación de fuerzas sobrenaturales. Este extremo es demoníaco y hay que huir de él.

Hay distintas formas de censurar o criticar; algunas inmediatas y evidentes, otras indirectas y difícilmente observables. Las primeras son típicas de personas ignorantes y desconocedoras del mal producido, mientras que las segundas son propias de hombres de mundo que saben que la maledicencia y la crítica son contrarias a las enseñanzas de la ética y la moral.

     Al actuar así ofenden al prójimo, sin que aparentemente tengan esa intención.

     Empecemos por el segundo tipo de crítica, el indirecto, cuyo ejemplo típico es la unión del elogio y la crítica. Talasio, un monje del siglo VII aprox., afirma: “Sucede a menudo que la crítica al hermano esconde la envidia enmascarada con el elogio”

     Y otro monje, Marco el Eremita ( + 430 aprox. ) aunque parte de otro punto de vista, sostiene “El que elogia a su prójimo y lo critica al mismo tiempo, sufre de vanidad y envidia; con los elogios se esfuerza por esconder la envidia y con la crítica se descubre a si mismo.”

     Otro aspecto de la maledicencia es el que tiene como motivo el amor. Juan Clímaco dice: El que dice que ama, que rece mas bien en secreto y no critique a nadie. De esa forma su amor será agradable a Dios”

     Otro tipo de maledicencia puede nacer de la corrección del que se ha equivocado. Tal comportamiento no es aceptable puesto que un acto hecho con mala intención no puede llevar a un buen resultado.

Desde una perspectiva religiosa, el cotilla, el chismoso, está en el ámbito de lo diabólico, manifiesta el mal, se deja acompañar por él y lo propaga. Hay que rechazar esas prácticas. Muchos textos lo manifiestan así.

En la Biblia podemos leer en la carta de Santiago que

“Si alguno se cree religioso, pero no pone freno a su lengua, sino que engaña a su propio corazón, su religión es vana.” 

El libro del Eclesiastés nos dice:  “Que no te llamen murmurador, no enredes a los demás con tu lengua, porque sobre el ladrón cae la vergüenza, y una severa condena sobre el que habla con doblez.

Y también…

También el Corán contiene numerosos pasajes que hablan sobre este asunto. Por ejemplo en la sura “Las habitaciones”, podemos leer: “Que nadie murmure de otro en su ausencia. ¿O es que a alguno de vosotros le gustaría comer la carne muerta de su hermano? ¡Os repugnaría! Y temed a Dios. Ciertamente, Él es Indulgente y Misericordioso.”

Un dicho del profeta Mohammed –la paz sea con él- muy popular en los países islámicos reza así: “¡Quien crea en Dios y el último Día que hable el bien o que se calle!”.

En fin podríamos seguir poniendo ejemplos sobre estas prácticas perniciosas.

(Para saber más…)

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