Cristianismo

Cuando no sé si estoy orando o disociándome


Artículo testimonial sobre neurodivergencia, experiencia mística y el problema del discernimiento.

Quiero traer al blog una inquietud que me ha acompañado durante décadas sin que yo supiera formularla correctamente: ¿qué ocurre exactamente cuando me quedo en silencio y el mundo desaparece? ¿Es oración lo que sucede entonces, o es el sistema nervioso desconectándose de una realidad que le resulta demasiado ruidosa? No lo sé. Y he llegado a pensar que esa incertidumbre no es un problema que resolver, sino el suelo mismo desde el que tengo que afrontar mi vida.

Tengo sesenta y cuatro años. Hace unos meses recibí un diagnóstico formal de neurodivergencia, TDAH, muy probablemente también rasgos del espectro autista, entre otros. Los síntomas clínicos se solapan con frecuencia en el ámbito neurodivergente. El proceso fue largo, honesto y, paradójicamente, liberador. Ponía nombre a algo que había convivido conmigo toda la vida sin que nadie, yo incluido, supiera verlo. La hiperactividad seguida de días de bloqueo total. La incapacidad de regular la energía. La percepción sensorial a veces tan agudizada que un olor ajeno puede interrumpir una conversación, o una etiqueta de ropa puede convertirse en el centro de toda la atención.

Y algo más que tardé tiempo en reconocer: la tendencia a irme. A desaparecer. A estar presente físicamente y ausente de una manera que no siempre sabía nombrar. Durante años, lo llamé contemplación.

La disociación — ese estado en que la mente se separa del entorno, del cuerpo, a veces de la propia identidad — no es ajena a las personas neurodivergentes. La investigación actual es bastante clara al respecto: quienes tenemos TDAH mostramos mayor tendencia a experiencias disociativas, especialmente cuando hay un historial de trauma. El cerebro aprende a escapar cuando el entorno resulta intolerable. No lo decide, simplemente lo hace. Es una respuesta de supervivencia que el sistema nervioso graba profundamente y que luego activa de forma involuntaria mucho después de que haya pasado el peligro.

Crecí en un entorno donde el peligro era cotidiano. Hubo maltrato, abuso y una educación religiosa que, paradójicamente, me ofreció el único lenguaje disponible para nombrar esa salida interior: la oración, la interioridad, la presencia de Dios como refugio. No digo esto para negar lo que viví espiritualmente. Lo digo porque durante décadas esas dos cosas — la disociación como mecanismo de defensa y la oración como práctica genuina — compartieron el mismo territorio sin que yo pudiera distinguirlas bien.

La tradición mística conoce bien el estado al que me refiero. Los Padres del Desierto lo llamaban hesychia — quietud, silencio interior, recogimiento. La escuela hesicasta, desarrollada más tarde en el monte griego Athos, describe la nepsis: la vigilancia serena, la atención limpia que surge cuando el ruido interno cesa. Ibn Arabí habla de estados en que el yo ordinario se retira y algo más fundamental emerge. Juan de la Cruz describe la noche del sentido como un vaciamiento que se parece sospechosamente, desde fuera, a la apatía y la incapacidad.

Todos ellos conocían el riesgo de confusión. No es casualidad que la literatura espiritual de casi todas las tradiciones contemple el discernimiento como una práctica central, tan importante como la oración misma. ¿Es esto Dios, o soy yo? ¿Es esto luz, o es sombra disfrazada? ¿Estoy avanzando, o simplemente huyendo? Si el hombre o mujer con una profunda vida espiritual no se lo plantea con claridad está entonces muy lejos de ese interior contemplativo y se arriesga a vivir en un narcisismo espiritual.

El problema para alguien con un sistema nervioso que disocia con facilidad es que ambas experiencias pueden ser, desde dentro, indistinguibles. La quietud de la oración profunda y la quietud del bloqueo disociativo tienen el mismo silencio. La sensación de disolución del yo en la experiencia contemplativa y la despersonalización clínica producen, en el momento, una textura interior muy parecida. Lo que las separa no es la experiencia inmediata sino lo que viene después: el fruto, diría Juan de la Cruz. La integración, diría cualquier terapeuta que trabaje con trauma.

Los años que pasé en el Sáhara no fueron un “camino de rosas”. Viví en condiciones de pobreza real — hubo hambre, amenazas, la presión sostenida de ser vigilado. Mi cuerpo aprendió a estar alerta y a desconectar cuando la amenaza era demasiado intensa. Al mismo tiempo, fue allí donde interioricé la oración y la meditación de una manera plena. La oración de Jesús y el dikhr, el nombre de Dios repetido con la respiración, en el calor, entre personas sufíes para quienes esa práctica era simplemente el aire que respiraban, me salvó y centró. No lo viví como sincretismo sino como reconocimiento: dos corrientes que fluyen hacia el mismo lugar que está, en ambas tradiciones, más allá de los nombres. ¿Era eso experiencia mística? ¿O era el sistema nervioso sobreactivado encontrando por fin una forma de regularse? Ahora sé que eran las dos cosas. También sé que en las religiones y a lo largo de la historia, muchas personas neurodivergentes han vivido con plenitud. La única diferencia es que en el pasado no se sabía de estas condiciones de la mente.

Lo que el diagnóstico me ha dado es un mapa definido. He tomado conciencia de que hay momentos en que me quedo en silencio porque algo me llama hacia adentro, y hay momentos en que me quedo en silencio porque el sistema nervioso ha decidido interrumpir la conexión con el exterior para no colapsar. Me ocurren ambas cosas, a veces se superponen y no siempre puedo distinguirlas en ese instante. Lo que me ha enseñado la clínica, en este proceso de evaluación al que me he sometido tardíamente, es que el discernimiento no lo hace la intensidad de la experiencia. Una experiencia disociativa puede ser muy intensa. Un estado de oración profunda puede ser muy quieto. La intensidad no es criterio.

El criterio, me parece, es la dirección hacia la que me mueve. La disociación me aleja de las personas, de las responsabilidades, del propio cuerpo. La experiencia contemplativa genuina, cuando la reconozco en retrospectiva, me acerca a la realidad con ojos más limpios, a los demás con menos ruido, a mí mismo con mayor ecuanimidad. No siempre es fácil saberlo y en ocasiones solo queda rendirse y dejarlo todo en manos de la providencia; pero al menos ahora tengo la pregunta correcta.

Stanislav Grof, desde una psicología que tomó en serio las experiencias de los límites, advirtió que las experiencias místicas pueden convertirse en riesgo cuando no se integran con la realidad cotidiana. No porque la experiencia sea falsa, sino porque la mente puede usarla para evitar precisamente lo que más necesita afrontar. El misticismo como evasión es una posibilidad real. Lo he visto en otros. Debo reconocer que es una posibilidad que también me concierne.

La diferencia entre la contemplación como camino y la disociación como refugio no está, creo, en el contenido de la experiencia sino en la disposición que la rodea. La contemplación genuina acepta la realidad, incluso cuando duele. No la niega ni la suspende indefinidamente: la ve con más claridad. La disociación, en cambio, suspende. Pone entre paréntesis. Da alivio, pero no transforma.

Los Padres del Desierto tenían una palabra para el estado que se parece a la paz pero que es en realidad una forma de muerte: acedia. No era simplemente pereza o tristeza, como a veces se traduce. Era la pérdida del fuego interior, la quietud que ya no busca sino que simplemente se detiene. Y advirtieron que podía confundirse con la hesychia auténtica para quien no estuviera entrenado en el discernimiento.

Llevar un diagnóstico de neurodivergencia a mi edad es, entre otras cosas, recibir ese entrenamiento con décadas de retraso; pero al fin y al cabo recibido. No sé si estas palabras ayudarán a alguien. Lo escribo porque la experiencia de no saber distinguir entre lo que me sana y lo que me protege del daño sin sanarlo es, creo, más común de lo que la literatura espiritual reconoce. Y porque sospecho que hay personas que llevan años en caminos contemplativos sin saber que su sistema nervioso está también, simultáneamente, haciendo otra cosa. No es una razón para abandonar esos caminos sino para caminarlos con más certezas.

El desierto no me enseñó a distinguir. Me formó en dejar las preguntas abiertas, a no resolver demasiado pronto, a dejar que lo que es verdadero se muestre por sus frutos, con paciencia. Esto también es una forma de discernimiento.