«Así que no os preocupéis del mañana, pues el mañana se preocupará de sí mismo: cada día tiene bastante con su propia mal» (Mt 6,34).
Hace unos días un médico amigo mío me dijo, con esa autoridad tranquila que da el oficio ejercido durante décadas, que no conviene vivir pendiente del propio cuerpo. No estar todo el tiempo escuchándolo, midiéndolo, interrogándolo. Y algo en mí reconoció ahí una verdad dicha con palabras que resonaban en mi interior.
Veamos un ejemplo: Hay una cuerda en el suelo del camino. La mente, antes de mirarla bien, ya ha decidido que es serpiente. Eso ocurre en una fracción de segundo, antes de que el objeto tenga ocasión de mostrarse como lo que es. A mí me ha pasado caminando por el campo. El miedo se adelanta a la mirada y entonces ya no vemos: reaccionamos a lo que imaginamos haber visto.
El cuerpo manda señales todo el día. Una punzada breve. Un cansancio que ayer no estaba. Una opresión en el pecho que dura un minuto y se disuelve sin dejar rastro. La mayoría de estas señales no son nada, son el río moviéndose, que es lo único que un río sabe hacer; pero existe una forma de mirar que convierte cada señal en presagio. Y entonces ya no se habita el cuerpo: se hace guardia sobre él, como ante un enemigo que casi nunca llega, porque casi nunca existió.
Aprendí gracias a la observación de mi amigo y a mi propia experiencia contemplativa, a decir de mí mismo que «no me haga caso». La frase, dicha así, sin más, puede sonar ridícula. No lo es. Se trata de otra cosa: dejar que la cuerda sea cuerda hasta que demuestre, con hechos y no con sombras, que es serpiente. Es una forma de atención que no necesita aferrarse a lo observado para sentir que lo cuida.
Los que sostuvieron una lámpara encendida en la celda durante toda la noche, los que aprendieron a velar sin dormirse y sin agitarse, llamaron a esto vigilancia limpia. La diferencia es completa, aunque las dos palabras se parezcan. Acechar es esperar la amenaza, anticiparla, casi invocarla. Estar despierto, en cambio, es no necesitar que pase nada para sentirse seguro. Esa cualidad no se adquiere por decisión, como un músculo que se entrena a fuerza de repetición. Llega como el silencio después de mucho ruido: no porque uno lo fabrique, sino porque uno deja de necesitar llenar el espacio.
He visto durante mi oración que esa misma cualidad -la que se dirige a no perseguir cada pensamiento, a no darle caza a cada emoción que cruza- se filtra hacia todo lo demás. No se queda confinada al rato de silencio. Empieza a teñir la manera entera de estar en el cuerpo, de estar con los otros, de estar en el mundo que cambia sin pedir permiso. Entonces vino a mí una certeza absoluta: Dios me encontró roto y no se asustó. Se sentó conmigo. Esto, cuando se medita a fondo, es liberador.
En este mundo todo cambia. Eso es lo que se olvida cuando se vigila demasiado de cerca: que lo observado, sea sensación física o pensamiento o emoción, tiene la naturaleza de lo pasajero. Nada se queda fijo el tiempo suficiente para merecer la fijación con la que a veces lo miramos. Magnificar una punzada física -instalarse en ella, repasarla, convertirla en el centro de la atención del día- no es cuidado del cuerpo. Es una forma sutil de quemarse en algo que, por su propia condición, ya estaba en camino de pasar. Y sin embargo no se trata de negligencia. Conocerse, en el sentido hondo de la palabra, tiene su propio valor. Hay señales reales que merecen ser atendidas con cuidado, no con pánico. La diferencia no está en mirar o no mirar, sino en cómo se mira. El discernimiento -incluyendo el religioso- no consiste en cerrar los ojos sino en la capacidad de ver con claridad más allá de nuestra niebla y confusión mental sin miedo.
Quizás el cuerpo recuerda lo que la mente aprendió a olvidar: que se puede estar presente sin estar en guardia. Que la atención, cuando es limpia, no necesita resolver nada para sentirse completa. Que basta con que la cuerda permanezca, un instante más, siendo simplemente cuerda, antes de que decidamos qué clase de peligro hemos creído ver en ella.