Reflexiones sobre el Informe de The Lancet desde el corazón, la neurodivergencia y el desierto.
Más de mil doscientos millones de personas. Ese es el número que arroja el estudio publicado recientemente en The Lancet sobre la carga global de los trastornos mentales entre 1990 y 2023. Casi el doble que hace treinta años. La depresión y la ansiedad severa se han convertido en la primera causa de años vividos con discapacidad en el mundo, y golpean con particular dureza a los jóvenes y a las mujeres.
El informe saca sus conclusiones con la lógica que le corresponde: más financiación, mejor cobertura psicofarmacológica, sistemas de atención más eficientes. Son respuestas justas dentro del marco en que se formulan. Pero ese marco, que lee el sufrimiento humano en términos de déficit funcional y pérdida de productividad, deja sin nombre algo que los números no alcanzan.
El sufrimiento psíquico no es solo el fallo de un engranaje biológico. Es el grito de alguien que padece en su totalidad —cuerpo, mente y espíritu— las consecuencias de un mundo que ha perdido su centro.
El ser humano que no se puede partir.
La tradición contemplativa en la que me he formado —cristiana en sus raíces, ensanchada por años de convivencia con el islam del desierto— no concibe al ser humano como una suma de partes. Hay una sola realidad, interior y entera, en la que lo que le ocurre a la mente resuena en el espíritu, y los abismos del espíritu se filtran en el cuerpo. Santo Tomás lo formuló con precisión escolástica: el alma es la forma sustancial del cuerpo. Pero lo saben igual de bien, con otra gramática, los beduinos saharauis que cuidan a sus enfermos sin separar la plegaria del remedio ni el remedio de la escucha.
El informe de The Lancet trabaja con la lógica de la fragmentación. Cuando reduce la salud mental a un “sector” que optimizar, olvida que la salud —salus, en latín— es también salvación. Que en el deprimido o en el joven ansioso hay una persona entera cuya capacidad de relacionarse —con los demás, consigo mismo, con lo que lo trasciende— está oscurecida por el peso del dolor. Tratar la mente como un circuito cerrado que necesita ajuste químico es legítimo y necesario, sí. Pero es insuficiente. Deja sin tocar la pregunta más honda: ¿qué mundo estamos construyendo para que tanta gente no quepa en él?
La mente que no encaja como señal.
Quienes habitamos el mundo desde una estructura cognitiva diferente —lo que el lenguaje clínico llama neurodivergencia, y que uno aprende a nombrar así después de mucho tiempo, mucha adversidad y no poco sufrimiento— no encontramos especialmente sorprendentes las cifras del informe. Son la descripción de algo que se experimenta desde dentro: el desajuste entre un modo de ser y un entorno que no fue diseñado para él.
La teología social habla de “estructuras de pecado”: sistemas que dañan la dignidad humana no por la mala intención de nadie en particular sino por su lógica interna. La prisa institucionalizada, la exigencia de rendimiento homogéneo, la hiperconectividad que tritura la atención, el ruido constante que impide cualquier forma de recogimiento: todo eso funciona como una violencia callada sobre aquellos cuyas mentes tienen un ritmo diferente, una porosidad mayor ante los estímulos, una resistencia innata a convertirse en unidades de producción.
¿Está enferma la mente que no puede seguir el ritmo, o es el ritmo el que produce enfermedad?
No lo digo como retórica. Lo digo como pregunta real, surgida de años de convivencia con personas para quienes la lentitud era sabiduría y el silencio, forma de conocimiento. El desierto me enseñó que hay modos de ser humano que la ciudad declara improductivos y que son, en realidad, más antiguos y más sabios que la prisa. El canario en la mina no está loco. Lo que anuncia es que el aire se ha vuelto irrespirable.
Vivir la oscuridad.
Uno de los riesgos de psiquiatrizar la existencia de manera absoluta es perder el sentido del sufrimiento. El informe mide el dolor en términos de años de vida perdidos por discapacidad: una métrica que, inevitablemente, lo traduce a pérdida de funcionamiento. No hay en esa traducción mala voluntad; pero hay un empobrecimiento.
La tradición contemplativa cristiana no romantiza el sufrimiento. No propone que el dolor sea bueno en sí mismo ni que debamos resignarnos a él. Pero sí reconoce que el sufrimiento puede ser habitado, que tiene una profundidad que no se agota en el diagnóstico, que en él se abre a veces algo que ningún consuelo rápido podría ofrecer. San Juan de la Cruz lo llamó noche oscura y lo describió con una precisión que no es poética sino cartográfica: hay un territorio donde los apoyos habituales desaparecen y el alma queda suspendida sin suelo bajo los pies.
Eso lo he conocido. No como figura literaria sino como experiencia vivida. Y sé que en ese lugar, cuando se aprende a no huir sino a quedarse, algo se transforma. No se resuelve. Se transforma.
Esto no es argumento contra la medicación ni contra la intervención clínica. El propio sanador herido necesita de la ciencia, y sería una irresponsabilidad sugerir que la mística suple a la psiquiatría. Significa otra cosa: que el dolor no tiene la última palabra, y que puede ser atravesado con más recursos de los que el modelo biomédico pone encima de la mesa.
La medicina del silencio.
Lo que la tradición contemplativa ofrece frente a la ansiedad colectiva que describe el informe no es un programa terapéutico ni una técnica de bienestar. Es algo más simple y más exigente a la vez: una forma de habitar el tiempo.
La ansiedad es, fundamentalmente, una enfermedad del tiempo. Un miedo instalado en el futuro, o un dolor anclado en el pasado. Contra eso, la ascética cristiana ha cultivado durante siglos lo que los padres del desierto llamaban nepsis: la sobriedad, la vigilancia del corazón, la atención limpia al momento presente como único lugar donde la realidad —y Dios— sale al encuentro. En el islam sahariano que convivió conmigo durante años, esa misma práctica tenía otro nombre: dhikr, el recuerdo constante, el nombre que se repite en el corazón hasta que el corazón se convierte en ese nombre.
No son técnicas. Son maneras de vivir. Y su efecto no es el bienestar inmediato sino algo más lento y más duradero: una atención que aprende a detenerse, una presencia que ya no necesita huir de sí misma.
En un mundo donde la fragmentación de la atención es uno de los factores que más contribuyen al malestar psíquico —como documenta la literatura científica reciente sobre los efectos de la saturación digital—, el silencio contemplativo no es un lujo espiritual. Es una necesidad humana básica que hemos olvidado nombrar como tal.
Y junto al silencio: la comunidad. La Eucaristía, para quienes habitamos esa tradición, no es solo un rito. Es el espacio donde los fragmentos rotos de una historia personal son recogidos y sostenidos por algo más grande que uno mismo. Donde el aislamiento —que el informe identifica como uno de los factores de mayor impacto en la salud mental— encuentra su contrapeso más antiguo.
El bosque y la tierra.
Hay algo más que el informe no menciona porque no entra en sus categorías: el efecto sobre el cuerpo y la mente de haber perdido el contacto con la tierra.
No hablo de naturaleza como terapia de relajación ni de paseo como técnica de mindfulness. Hablo de algo más antiguo: la experiencia de pertenecer a un orden que no hemos fabricado nosotros, de reconocerse criatura en medio de otras criaturas, de dejar que el ritmo de las estaciones haga lo que el ruido digital impide.
Lo aprendí en el desierto y lo sigo aprendiendo en los bosques de aquí. No como doctrina sino como hecho. La naturaleza acepta sin condiciones. No pide rendimiento ni coherencia. Devuelve a quien llega exhausto de ser eficiente una medida de sí mismo más verdadera y más compasiva.
Eso también es medicina. Y también está siendo destruido.
Termino donde empecé: más de mil doscientos millones de personas. El número es demasiado grande para ser pensado de una vez. Solo puede ser vivido persona a persona, historia a historia, silencio a silencio.
Las respuestas institucionales son necesarias. La financiación importa. Los sistemas de atención importan. Nada de lo que he escrito aquí pretende sustituirlas; sin embargo, si solo hacemos eso, si nos quedamos en la lógica del sistema que optimizar, perderemos de vista lo que el número señala sin querer: que hay algo en la manera en que vivimos que produce, de manera sistemática, seres humanos rotos. Y que ese algo no se arregla con más recursos dentro del mismo marco. Exige la pregunta más incómoda: ¿qué mundo queremos habitar, y qué clase de silencio necesitamos para poder escucharla?
Referencia principal: Santomauro, D. F., et al. (2026). Updated trends in the global prevalence and burden of mental disorders, 1990–2023. The Lancet, 407 (10534), pp. 415–432.