Uno de los aspectos más importantes, decisivos y trascendentales que contiene la Iglesia, la católica, pero también todas las otras que evangelizan en el nombre del mismo Espíritu Santo, es el profetismo.

            La Iglesia, constitutivamente, misionalmente, es profeta en sí misma. Sin el profetismo, la Iglesia sería como un cascarón vacío, una voz que clama en el desierto, una campana sin badajo, el anuncio de un Mensaje sin sentido.

            Padecemos síntomas de ausencia de profetismo en algunos aspectos y ejercitaciones en el diario anunciar de la Palabra de Dios, reducida casi tan solo al estamento eclesiástico. Pero la hora de los laicos, y si son consagrados, mejor, está ya aquí y no para marcharse hacia ningún futuro impreciso, descolocado o indebido. Para quedarse.

            Suenan voces, y reclamaciones, del papel y la misión que los laicos han de ocupar en la misión conjunta con todos los demás miembros; incluidos los evangélicos, los bíblicos y los escriturísticos, ¿por qué no? Su inteligencia es la misma que la de los clérigos, sus capacidades mentales y académicas, semejantes, y, quizá, su sensibilidad de hombres y mujeres casados, padres o no de familia, una realidad que coadyuva a expresar una sensibilidad y perspectiva que parece estar ausente, a veces, en la recia y con frecuencia unidireccional visión cognitiva de muchos clérigos y exégetas.

            El autor de este libro es uno de esos laicos consagrados que ha dedicado su vida a la búsqueda de esos entresijos que, sin apartarse de la ortodoxia debida, posee una visión laica, que no laicista, de diversos pasajes del Evangelio y de otros temas bíblicos, avalado por una vida entregada a porciones de marginados que con sus dolores, frustraciones y marginaciones le han enseñado, desde el lenguaje directo, actual, a escudriñar y vivir el presente comprometidamente.

            Por el mero hecho de encontrarse sumergido en un apostolado, podríamos llamar, de rompe y rasga, lleno de riesgos, físicos, marginales, y también arriesgados doctrinales, le hace, como poseedor por ensalmo, de un profetismo activo, por el que suele pagar a veces unos costes bastante altos.

            En todo caso, en la crisis y urgente necesidad de adaptar, encontrar y revisar un lenguaje apropiado a los tiempos actuales, éste que se narra aquí podría ser uno de ellos: los viejos lenguajes pseudoacadémicos y/o pastorales se han convertido en un decorado de cartón piedra que no convencen ni a tirios ni a troyanos, a la prole cada vez menos inmensa de los fieles perseverantes hasta hoy.

            ¿Podría resultar que un ´taco` emitido por un marginado no redimible (?) se convirtiera realmente en una jaculatoria?

            Quienes andan entre ellos creen que sí es posible.

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