En aquellos que vivimos lejos de nuestra tierra natal existe un pensamiento que aparece con cierta insistencia en determinadas etapas de la vida: el deseo de volver al origen, al lugar donde uno nació, a los paisajes que formaron la mirada, a los olores y sonidos que el cuerpo reconoce sin necesidad de que la memoria los convoque. Es un deseo legítimo, profundamente humano. Al mismo tiempo, cuando se lo examina con calma, no siempre revela lo que parece.
En 2025 durante un tiempo creí que ese deseo era una brújula señalando algo real que necesitaba: volver a mi ciudad, a mis orígenes, disfrutar del aroma castellano, de sus ciudades y pueblos, de su naturaleza, de la familia y amigos que están allí. Al mirarlo más despacio, descubrí que apuntaba sobre todo hacia atrás: hacia una versión idealizada de un lugar que ya no existe tal como lo recuerdo, o que quizá nunca existió exactamente así. Los buenos recuerdos de la infancia y juventud tienen esa cualidad engañosa, conservan la luz de un momento sin conservar su peso completo.
La tradición sufí tiene una palabra para esto: ghurba. El exilio, la lejanía del hogar. No es solo una condición geográfica. Es una condición del alma que no encuentra reposo definitivo en ningún lugar de este mundo porque su origen es otro. Los maestros del desierto la conocían bien. No como herida que hay que curar sino como puerta a cruzar.
Llevo muchos años viviendo en diferentes sitios. He aprendido, no sin sufrimiento, que el suelo bajo los pies no define quién eres. Que uno puede echar raíces en la aridez, en el silencio, en la ausencia de lo familiar, y encontrar allí algo más sólido que cualquier pertenencia geográfica; sin embargo, el deseo de volver al origen no desaparece. Cambia de forma, se hace más discreto con los años; pero sigue ahí.
¿Entonces qué hacer? ¿Cómo afrontar esta situación si surge? En primer lugar tengo que decir que es perfectamente legítimo y en ocasiones necesario regresar al origen geográfico, bien por edad avanzada y necesidad de cuidados, bien por otras razones, sean familiares, profesionales o por gusto de reencontrarse con lo que se abandonó en su día. Lo que ha cambiado en mí no es la ausencia de ese deseo sino la relación con él. Ya no lo tomo como una orden y un proyecto a realizar. Lo escucho como se escucha a un viejo conocido: con afecto, sin obediencia ciega. Porque hay algo que el deseo de volver al origen no siempre contempla: que el lugar donde uno vive ahora también es un don. Que las personas que comparten ese lugar contigo -su felicidad, su arraigo, su forma de habitar el espacio- forman parte de tu propio hogar, aunque no sea el que imaginaste. Que los espacios de silencio donde la oración cobra cuerpo, los caminos de tierra o asfalto que recorres cada mañana, la luz de una determinada hora sobre un paisaje rural o urbano concreto, son también raíces, invisibles; pero raíces.
Hay una frase del Evangelio de Juan (3:8) que me acompaña desde hace años: El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. El Espíritu no pide permiso para instalarse en un lugar. No respeta los mapas del deseo. A veces uno descubre, con cierta sorpresa, que está exactamente donde tiene que estar -no porque lo haya elegido con claridad, sino porque algo más profundo que la elección lo fue llevando hasta allí.
El desarraigo, cuando se lo acoge en lugar de combatirlo, puede convertirse en una forma peculiar de libertad. La libertad del que no depende de ningún suelo concreto para ser quien es. La libertad del contemplativo, que lleva su hogar dentro. No digo esto para estetizar el dolor de quien no puede volver. Ese dolor es real y hay que reconocerlo. Lo digo porque, en mi propia experiencia, el momento en que dejé de luchar contra el desarraigo fue también el momento en que empecé a vivir con más plenitud el lugar donde estoy.
Estamos donde estamos. A veces esa frase simple contiene más sabiduría que cualquier proyecto de regreso. Sobre el futuro, como suele decirse, Dios dirá.
(Fotografía: Plaza Mayor de Valladolid)