No en el oro contado a oscuras.
No en la mano que da
y vuelve la cabeza
para comprobar quién la mira.
Nos esperas en otro lugar,
Padre:
allí donde nadie puede esconderse
de su propia pobreza.
He visto manos endurecidas
por sujetar demasiado.
Puños cerrados
que ya no recuerdan
la suavidad del agua,
y ojos que poco a poco dejaron de mirar.
Cuánta oscuridad.
El mundo sigue inclinado.
Unos guardan el trigo.
Otros esperan.
Hay puertas que se cierran al caer la tarde
y pies descalzos que continúan buscando
un lugar junto al fuego.
Pero el bosque nada sabe de cuentas.
El bosque entrega su sombra
a quien pasa,
y sus semillas
caen donde quieren.
Que las Bienaventuranzas sean el sendero.
Lo demás es niebla.
Sé Tú la luz.
Limpia la mirada.
(Meditación sobre san Mateo 6, 19-23)