En el Sahara aprendí algo que ningún tratado de espiritualidad había conseguido enseñarme con tanta claridad: el silencio no es la ausencia de sonido. Es una presencia. Tiene densidad, espesor, dirección. Y constituye una condición sin la cual ciertas experiencias interiores difícilmente pueden acontecer.
No lo aprendí únicamente de los maestros sufíes que conocí durante aquellos años, aunque ellos lo supieran bien. Lo aprendí del propio desierto. El erg —esa extensión de arena que en algunas noches parece respirar bajo las estrellas— no transmite doctrinas ni teorías. Simplemente retira: estímulos, ruido, referencias, distracciones, identidades accesorias. Cuando todo eso desaparece, queda el ser humano frente a algo que no sabe nombrar y que, a pesar de ello, reconoce. Este reconocimiento constituye quizá el umbral de toda experiencia espiritual auténtica.
Con el tiempo he comprendido que muchas de las discusiones contemporáneas sobre música religiosa, liturgia o espiritualidad de masas se quedan en la superficie. Se discute si determinada música es digna o indigna, si ciertos estilos son apropiados o vulgares, si una celebración resulta bella o sentimental; pero sospecho que el problema más profundo no es estético sino antropológico y espiritual. Porque el ruido —incluido el ruido religioso— puede convertirse en una forma de protección frente al encuentro real con Dios. Y cuando hablo de ruido no me refiero únicamente al volumen acústico. Existe también un ruido emocional, psicológico y colectivo. Un ruido hecho de estímulos permanentes, de necesidad de sentir, de búsqueda constante de confirmación afectiva. Un ruido que puede adoptar formas aparentemente sagradas y, no obstante, funcionar como cualquier otro mecanismo de evasión.
Vivimos en una época que teme radicalmente el silencio. Basta observar nuestra relación con los dispositivos electrónicos, con la música continua, con la necesidad de ocupar cada instante vacío. El silencio produce incomodidad porque obliga a confrontarse con aquello que normalmente mantenemos oculto bajo la actividad y la dispersión. En el silencio emergen las preguntas esenciales, las heridas no resueltas, la conciencia de la propia fragilidad y también, a veces, una presencia que no controlamos.
Por eso muchas formas contemporáneas de religiosidad tienden inconscientemente hacia el estímulo continuo. No soportamos fácilmente una liturgia sobria, una oración silenciosa prolongada, una contemplación desnuda. Necesitamos sentir algo. Necesitamos intensidad, movimiento, emoción compartida. Y cuando esa emoción aparece tendemos a identificarla inmediatamente con la acción de Dios; pero ambas cosas no son equivalentes.
Existen emociones religiosas auténticas y profundamente humanas. El cristianismo nunca ha sido una espiritualidad puramente intelectual o desencarnada. La liturgia posee una dimensión corporal, simbólica y comunitaria legítima. El canto, la belleza ritual, la emoción compartida e incluso la alegría colectiva forman parte de la experiencia creyente desde sus orígenes. Negarlo sería desconocer la propia tradición cristiana; sin embargo, también es cierto que las emociones colectivas pueden confundirse fácilmente con experiencia espiritual profunda. Esa confusión tiene consecuencias importantes.
He visto practicar el dhikr (recuerdo de Dios) a hombres para quienes la remembranza del Nombre no era una técnica de bienestar espiritual ni una experiencia emocional intensa sino una forma de existencia. No era algo que hacían durante un momento determinado para luego olvidarse. Se trataba de lo que lentamente habían llegado a ser. Esa práctica, cuando es auténtica, no conduce principalmente a la excitación emocional sino al vaciamiento.
Lo mismo sucede en la tradición hesicasta oriental. Los padres del desierto y los monjes del Athos hablaban de la nepsis: una vigilancia interior sobria, silenciosa, despojada. No buscaban experiencias extraordinarias. Buscaban una atención limpia, un corazón unificado, una presencia receptiva. La oración del corazón no produce espectáculo. Produce transparencia interior que suele resultar exigente, porque obliga a abandonar muchas imágenes ilusorias sobre uno mismo y sobre Dios.
La verdadera vida contemplativa rara vez resulta espectacular. Con frecuencia es incluso pobre en sensaciones. Santa Teresa de Lisieux comprendió esto de manera radical cuando describía la fe como una permanencia desnuda en medio de la oscuridad interior. Juan de la Cruz habló de la noche. Los padres del desierto hablaron del combate contra las fantasías y las distracciones. Los sufíes hablaron de aniquilación del ego. Tradiciones muy distintas convergen aquí en un mismo punto: el encuentro profundo con Dios no suele producir expansión narcisista sino descentramiento, algo que no resulta atractivo para la cultura contemporánea.
Nuestra época desea experiencias intensas pero no transformación interior. Desea emoción, pertenencia y validación afectiva, pero teme el vaciamiento, la soledad y el silencio sostenido. Por eso incluso la religión corre el riesgo de adaptarse progresivamente a la lógica del espectáculo. No necesariamente por mala voluntad, sino porque las instituciones religiosas también habitan el mismo ecosistema psicológico y cultural que el resto de la sociedad.
La lógica del espectáculo necesita producir impacto continuo. Necesita mantener la atención, estimular, conmover, generar sensación de acontecimiento; pero Dios no siempre actúa de ese modo. En la tradición bíblica, Dios aparece muchas veces precisamente cuando cesa el estruendo. Elías no lo encuentra en el terremoto ni en el fuego, sino en “el susurro de una brisa suave”. Esta intuición atraviesa toda la tradición contemplativa cristiana.
Con los años he descubierto que algunos de los momentos espiritualmente más verdaderos de mi vida no han ocurrido en grandes eventos, ni en contextos emocionalmente intensos o en multitudinarias misas, sino en la quietud casi desnuda de ciertos espacios naturales o en la celebración eucarística vivida con unos pocos hermanos, o frente al Sagrario, en iglesias vacías donde aparentemente no sucede nada.
La contemplación silenciosa del paisaje posee algo profundamente purificador. El mar, el desierto, la montaña o un bosque no intentan impresionarnos. No producen experiencias. Simplemente están ahí. Y precisamente por eso permiten a veces que el ser humano salga de la prisión de su propio ruido mental.
Algo semejante ocurre ante el Sagrario cuando la oración deja de ser búsqueda ansiosa de consuelo y se convierte simplemente en permanencia. Permanecer sin palabras, sin expectativas demasiado concretas, sin necesidad de sentir constantemente algo especial. Permanecer delante de Dios incluso en la sequedad. Quizá ahí comienza una forma más madura de experiencia espiritual. Porque dicha dimensión auténtica no puede fabricarse como se fabrica un evento. Puede prepararse el terreno, favorecer ciertas condiciones, cuidar el silencio, la belleza y la disposición interior; pero el encuentro mismo pertenece siempre al ámbito del don. No puede ser producido técnicamente mediante estímulos emocionales, musicales o colectivos, por intensos que estos sean. Y sin embargo nuestra cultura religiosa corre a veces el riesgo de olvidar esta diferencia esencial, la impresión inmediata de trascendencia, aunque esa impresión no equivalga necesariamente a una experiencia espiritual auténtica, del mismo modo que la emoción estética no equivale automáticamente a experiencia mística.
La cuestión no es condenar las reuniones multitudinarias, la música contemporánea o las expresiones emocionales de la fe. Sería una simplificación injusta. Hay personas que encuentran en esos espacios un primer despertar religioso sincero, una experiencia de comunidad necesaria o incluso una conversión auténtica. La gracia actúa también en medio de la fragilidad humana y de formas espirituales imperfectas.
El problema comienza cuando confundimos el medio con el fin. Cuando creemos que Dios depende del estímulo. Cuando ya no sabemos permanecer en silencio. Cuando el vacío interior nos resulta insoportable y necesitamos llenarlo inmediatamente con actividad, sonido o emoción compartida. Entonces la religión puede convertirse, paradójicamente, en otro modo de escapar de Dios, puesto que no siempre se manifiesta allí donde todo parece intenso. A veces lo sentimos precisamente cuando las defensas emocionales comienzan a caer, cuando desaparece la necesidad compulsiva de sentirse acompañado, confirmado o entretenido espiritualmente.
La soledad no siempre es una carencia, es una condición. Y el silencio no siempre es ausencia sino el lugar donde, finalmente, dejamos de huir.