He visto un vídeo que lleva un título llamativo «EXORCISTA PADRE CHAD RIPPERGER advierte CINCO poderosos DEMONIOS que están atacando a ESTADOS UNIDOS» El lenguaje lo dice todo: hay un enemigo identificado, tiene nombre, tiene territorio, y hay alguien —el experto, el exorcista, el hombre que sabe— que puede nombrarlo por nosotros. Solo falta saber de qué lado estamos. Conozco ese miedo. No como espectador sino como alguien que ha vivido años en territorios donde lo invisible tenía peso cotidiano, donde la enfermedad podía tener nombre de espíritu y la curación pasaba por rituales que ningún manual académico explica. El mundo sahariano que habité durante años no era ajeno a lo demoníaco, es más, estaba muy presente; pero lo que aprendí allí no se parece en nada a lo que vende ese título, puesto que el mal no necesita cinco nombres para existir. Cuando le ponemos nombres, casi siempre estamos haciendo otra cosa aunque apelemos a las sagradas escrituras: Estamos organizando el miedo y construyendo un mapa donde «ellos» están en el lado oscuro y «nosotros» en el luminoso. Estamos, en definitiva, haciendo política con la sotana puesta.
La tradición contemplativa —la que viene de los padres del desierto, la que atraviesa a Juan de la Cruz y a numerosos místicos, la que late en la oración que escuchaba en las jaimas del Sahara— conoce el mal desde dentro, no desde fuera. No como entidad que viene a atacar desde el exterior, sino como aquello que se mueve en las grietas del corazón cuando no está sereno. El demonio no es tanto un ser que irrumpe como una ausencia que ocupa.
Evagrio Póntico, ese monje del desierto egipcio que fue el primer cartógrafo serio del alma en combate, no hablaba de demonios que atacan países. Hablaba de logismoi -pensamientos, impulsos, movimientos interiores- que distraen la atención del único punto donde la vida se juega: el corazón. La guerra espiritual, para él, era radicalmente interior. No era un espectáculo. Era silencio, vigilancia, paciencia con uno mismo.
Hay algo que me inquieta en el lenguaje de la «guerra espiritual» cuando sale de ciertos púlpitos mediáticos. No la categoría en sí —que tiene raíces hondas y legítimas— sino el uso que se hace de ella. Cuando dicha guerra se convierte en entretenimiento, cuando tiene producción audiovisual y enlaces a donativos, cuando el exorcista se vuelve influencer, algo se ha roto en algún punto fundamental. Porque la experiencia contemplativa real —la que no se puede vender— enseña exactamente lo contrario: que el adversario más peligroso no tiene cuernos ni nombre extraño. Tiene mi propia voz. Habla con mis propias palabras. Se disfraza de celo espiritual, de indignación justa, de claridad doctrinal. Los padres del desierto lo llamaban el demonio del mediodía: el que ataca no en la oscuridad sino en plena luz, cuando uno cree que ya sabe lo que hace.
No digo que el mal no exista. Digo que el mal que conozco -el que he encontrado en años de oración, en el desierto y en el acompañamiento espiritual- no se deja capturar en cinco puntos sensacionalistas.
El mal que conozco es más silencioso. Es la dureza que se instala en el corazón sin que uno lo note. Es la incapacidad de escuchar al diferente. Es el miedo disfrazado de certeza. Es, a veces, la religiosidad misma cuando se vuelve escudo en lugar de apertura. Frente a esta postura, lo que los contemplativos de todas las tradiciones descubrieron —y aquí convergen el hesicasmo y el tasawwuf, la oración del corazón y el dhikr sufí— no es un arsenal de nombres demoníacos sino una práctica: vaciarse y estar atentos. No identificarnos con los movimientos del miedo. Dejar que algo más fundamental que el yo emerja en ese silencio. Confiar totalmente en Jesús y obrar en consecuencia. Esto no vende, no tiene título llamativo y no necesita experto.
Oración
Señor Jesucristo, hay en mí una guerra que no sé ganar por mí mismo. No te pido que me armes. Te pido que entres. Sé que el enemigo no siempre tiene rostro extraño. A veces habla con mi propia voz, se disfraza de razón, de cansancio, de duda razonable. Por eso no confío en mi fuerza. Confío en la tuya, que venció sin espada, que resucitó sin ruido, que está aquí aunque yo no lo sienta. Combate tú en mí, Señor. Que yo sepa aceptar tu voluntad.
Madre de Dios,
que llevaste en tu seno la Luz
que nadie puede contener: ampárame.
No vengo con méritos.
Vengo porque tú eres la puerta
y yo estoy fuera en el frío.
Intercede por este hijo tuyo
ante el que nació de ti y es Señor de todo.
Kyrie eleison.
Christe eleison.
Hágase tu voluntad, ahora y en la hora en que ya no pueda decir nada.