La relación ciencia fe, imprescindible en el camino del bienestar social

A medida que pasan los años me intereso más por determinadas cuestiones de tipo filosófico y teológico. Siempre tuve una especial inclinación hacia el estudio del conocimiento humano y, más en concreto, a la reflexión sobre el quehacer científico y el binomio ciencia — fe. Dicha reflexión es fundamental en nuestros días, más si cabe por la propia evolución de nuestra civilización, donde surgen cada vez más problemas y retos de enorme complejidad.

Creo sinceramente que se necesita articular una epistemología diferente a la conocida, pues incluso los métodos científicos, su validación y valoración, así como la política involucrada en la investigación y el desarrollo, han adquirido un notable grado de sofisticación y también son susceptibles de amenazas y fraudes. De este ejercicio intelectual debe emerger una nueva conciencia científica. Por extensión, con el resultado obtenido podrá abordarse con mayor precisión la relación de la ciencia con la fe y la religión. ¿Por qué explorar dicha relación? En mi opinión por la necesidad urgente que tenemos de encontrar un marco definitivo para la paz. En este ámbito, no podemos olvidar que de las religiones y sus confluencias con la ciencia, la filosofía y otras disciplinas artísticas y sociales, emergerá una humanidad que pueda finalmente dejar atrás la violencia. A diferencia de numerosos científicos y pensadores, opino que las religiones seguirán teniendo en el futuro un papel determinante para articular espacios de convivencia, pues lo religioso caracteriza al ser humano y no puede ser sustituido por una elaborada doctrina de corte científico sincretista. Se han realizado intentos en el pasado que constituyeron sonados fracasos y en la actualidad hay experimentos sociales que indefectiblemente fracasarán también.

La primera filosofía de la ciencia en los últimos doscientos años es el Romanticismo, que comenzó como una disciplina de humanidades. Los románticos veían el objetivo de la ciencia como una comprensión interpretativa, una ontología mentalista adquirida por la introspección. Llamaban “teoría” al lenguaje que contiene esta ontología. La ciencia que se comparte con más éxito en el objetivo de las humanidades es la economía, pero desde el desarrollo de la econometría que permite la previsión y la política, el objetivo de las humanidades se mezcla con el objetivo de las ciencias naturales de la predicción y el control. Sin embargo, con frecuencia los economistas han encontrado que el pronóstico exitoso de los modelos econométricos debe comprarse al precio de rechazar las especificaciones de las ecuaciones basadas en la comprensión interpretativa proporcionada por la teoría macroeconómica y microeconómica neoclásica. En este contexto, el término “teoría económica” significa precisamente tales especificaciones de ecuaciones neoclásicas. Aparte de la economía, el Romanticismo tiene poca relevancia para los grandes logros de la historia de la ciencia, porque su concepto de la finalidad de la ciencia la ha separado de los beneficios del examen de la historia de la ciencia. La filosofía romántica de las ciencias sociales todavía se practica decididamente en ciencias inmaduras como la sociología, donde prevalece la descripción mentalista y la cuantificación y la predicción rara vez se intentan, y donde la aplicación en la política social es poco efectiva y a menudo contraproducente.

El positivismo siguió al romanticismo. Muchos positivistas eran físicos que tomaron la física como paradigma de las ciencias empíricas, y varios escribieron historias de la física. El positivismo se practica en el conductismo psicológico, pero tiene una representación insignificante en cualquiera de las ciencias sociales. El término “teoría” en la filosofía positivista de la ciencia significa lenguaje que se refiere a entidades o fenómenos que no son directamente observables. En este sentido, incluye el concepto romántico que se refiere a la experiencia mental adquirida de manera encubierta e introspectiva, rechazada por los conductistas. La teoría también se define en oposición al lenguaje de observación, que sirve como la base de reducción lógica que permite que el lenguaje de la teoría sea tanto empíricamente aceptable como semánticamente significativo. El positivismo se originó como una reacción contra el romanticismo, y pretendía ser más adecuado a la historia de la ciencia, aunque su agenda reduccionista lo alejaba de la práctica de la investigación básica.

El pragmatismo sigue al positivismo. El ascenso del pragmatismo contemporáneo sobre el positivismo fue ocasionado por la reflexión de los filósofos sobre la teoría cuántica moderna en la microfísica. Ha habido numerosos desarrollos revolucionarios en la ciencia, pero ninguno desde la mecánica de Newton ha tenido un impacto en la filosofía de la ciencia comparable al desarrollo de la teoría cuántica. Su impacto en la filosofía ha sido aún mayor que la teoría de la relatividad de Einstein, que ocasionó la crítica efectiva de Popper al positivismo. Inicialmente varias de las ideas esenciales del pragmatismo contemporáneo fueron articuladas por uno de los creadores de la teoría cuántica, Heisenberg, quien reinterpretó las huellas observadas del electrón en la cámara de nubes de Wilson, y quien también practicó el realismo científico.

Muchos años más tarde las ideas de Heisenberg fueron adoptadas y desarrolladas por filósofos académicos en varias de las principales universidades estadounidenses, y ahora es la filosofía ascendente de la ciencia en los Estados Unidos y también en algunos centros de investigación europeos. El pragmatismo contemporáneo contiene varias ideas nuevas. En primer lugar, al introducir la reciprocidad entre la verdad y el significado, los filósofos pragmáticos, siguiendo a los físicos Einstein y Heisenberg, prescindieron de la semántica de la teoría naturalista de la observación, socavando así la base de reducción del lenguaje de observación esencial para el positivismo. Los pragmáticos sustituyeron la semántica de observación primitiva naturalista de los positivistas por una semántica relativista, revisando así los significados de “teoría” y “observación”, para reconocer sus funciones en la ciencia de la investigación básica. En segundo lugar, al relativizar la semántica, también relativizaron la ontología, eliminándola así de los criterios de la crítica científica. El resultado esperado de este desarrollo fue el reconocimiento de la prioridad absoluta de los criterios empíricos en la crítica científica, para dar cuenta de la aceptación de la teoría cuántica por parte de los físicos con su ontología de la dualidad distintivamente contraria a la intuición. Un resultado conexo fue una nueva filosofía de la ciencia con la que reexaminar retrospectivamente los grandes logros anteriores en la historia de la ciencia. Feyerabend, por ejemplo, encontró que Galileo había revisado su lenguaje de observación al defender la teoría heliocéntrica copernicana, algo impensable para los positivistas.

Las implicaciones de la relatividad ontológica son fundamentalmente devastadoras tanto para el Romanticismo como para el Positivismo, ambos definidos en términos de compromisos ontológicos previos. Para el pragmático, ninguna ontología puede funcionar como criterio para la crítica científica, porque el compromiso ontológico es consecuente con las pruebas empíricas, y es producido por un resultado de prueba no falsable que justifica la creencia en la teoría probada. Ni la “teoría”, ni la “ley”, ni la “explicación” se definen en términos de ontología, semántica o temática previa, sino en términos de su funcionamiento en la investigación básica: “La “teoría” es cualquier declaración universalmente cuantificada propuesta para pruebas empíricas; la “ley científica” es cualquier teoría empíricamente probada; la “explicación” es una deducción que concluye ya sea describiendo hechos particulares u otra declaración de derecho universal. Así, el pragmático puede aceptar pero no requiere la descripción mentalista del romántico, o la descripción no mentalista del positivista.

A medida que el pragmatismo contemporáneo ha ido ganando terreno, un nuevo enfoque -la filosofía computacional de la ciencia- ha surgido como especialidad en una nueva escuela de psicología llamada “psicología cognitiva”. La filosofía computacional de la ciencia es menos una nueva filosofía y más una nueva técnica analítica habilitada por la computadora, y su aparición no fue ocasionada por un nuevo desarrollo revolucionario en la ciencia; la teoría cuántica sigue siendo la piedra de toque de la filosofía contemporánea de la ciencia. La psicología cognitiva considera su sujeto como representaciones conceptuales, y surgió un giro psicológico, ocasionado en parte por el rechazo de la filosofía nominalista del lenguaje que algunos filósofos como Quine han llevado del positivismo al pragmatismo. Pero el nominalismo no es integral al pragmatismo; el conceptualismo es perfectamente consistente con el pragmatismo contemporáneo.

El enfoque computacional es una nueva técnica analítica ocasionada por el surgimiento de la tecnología informática compatible con el pragmatismo contemporáneo, de la misma manera que la lógica simbólica fue una vez una nueva técnica analítica compatible con el positivismo y produjo el positivismo lógico. La técnica analítica computacional ya ha dado lugar a muchas reexaminaciones interesantes de episodios revolucionarios pasados en la historia de la ciencia. Su promesa para el futuro -ya realizada en algunos casos- es una contribución fructífera al avance de la ciencia contemporánea. Una filosofía pragmática computacional de la ciencia parece claramente destinada a ser la agenda de este siglo XXI y, por consiguiente, con especial incidencia en los aspectos teológicos de la fe y la fenomenología religiosas.

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