Mi vida es una sola. No tengo otra. Y si algo enseña el desierto —no como metáfora sino como lugar real donde viví durante años— es que no hay una vida espiritual separada de la vida cotidiana que se cansa y envejece. Son la misma.
Eso que la teología oriental llama synergía —cooperación, contacto, encuentro entre la libertad humana y la presencia divina— no es un concepto. Es una descripción de lo que ocurre cuando uno deja de dividir su existencia en compartimentos: aquí lo sagrado, allí lo ordinario. La sinergia es precisamente la imposibilidad de ese reparto; pero no es fusión. Dios no me absorbe ni me sustituye. Lo que me resulta extraño de ciertas devociones —y lo he visto en mí mismo— es la tendencia a entregarse a Dios de una manera que, en el fondo, es una forma de abandonarse a uno mismo: huir de la propia vida bajo apariencia de oblación. Dios no pide eso. Lo contrario: pide que me vuelva más yo, más presente, más lúcido. Nos pone en el centro, no nos desplaza.
Lucas 2,52 dice algo que la cristología oficial ha preferido manejar con guantes: que Jesús crecía. En sabiduría —es decir, en conocimiento de lo humano— y en gracia, que es otra manera de decir en experiencia de Dios. El evangelista no parece tener ningún problema con esto. Los teólogos, en cambio, han necesitado siglos para no tropezar con la frase. Si Jesús es Dios, ¿cómo puede crecer en lo que ya es?
La kenosis de Filipenses abre la única salida razonable: el vaciamiento. Jesús no llegó a la tierra con la experiencia humana ya hecha. La fue adquiriendo. Aprendió lo que aprendemos todos: a través del tiempo, del contacto con los demás, del dolor y de la alegría. Su divinidad no lo eximió de ese proceso; lo habitó desde dentro. Esto cambia bastante la imagen de Dios. Porque si Jesús creció entre los hombres y entre Dios simultáneamente —no primero uno y después otro, sino al mismo tiempo—, entonces el crecimiento en experiencia humana y el crecimiento en experiencia de Dios no son trayectorias paralelas. Son la misma trayectoria. Profundizar en lo humano —en la vulnerabilidad, en la relación, en el límite— es profundizar en Dios. Y al revés: quien crece en experiencia de Dios no se vuelve menos humano. Se vuelve más. Esto desmonta una espiritualidad que he conocido desde adentro: la que consiste en escapar de lo humano hacia lo divino, como si la santidad fuera un proceso de desprendimiento de todo lo que nos hace personas concretas, situadas, encarnadas. Esa espiritualidad tiene sus santos —algunos de ellos admirables— pero tiene también sus fracturas. Produce hombres y mujeres que, en nombre de Dios, se han vuelto menos atentos, menos capaces de presencia real, menos vivos.
Rahner dijo algo que merece salir de los manuales y llegar a la oración cotidiana: que la gracia no es un añadido sobrenatural que llega desde fuera, sino la estructura permanente de la existencia humana. Que vivir humanamente —con conciencia, con libertad, con amor— es ya moverse en el territorio de Dios, aunque no se use ese nombre.
La tradición hesicasta lo dice de otra manera, con el lenguaje de Gregorio Palamas: Dios es inaccesible en su esencia, pero presente y activo en sus energías. Lo que la oración del corazón toca no es la esencia inalcanzable, sino esa presencia activa, transformadora, que trabaja desde dentro de la realidad y desde dentro de la persona. No desde arriba. Desde dentro.
Dios no fuerza la libertad. Esto que suena a evidencia piadosa tiene en realidad una densidad considerable. Significa que Dios asume el riesgo de no ser escuchado. Que la libertad humana no es un obstáculo a rodear sino el lugar exacto donde la relación ocurre o no ocurre. Que la presencia de Dios en mi vida depende, en algún sentido real, de que yo lo permita. No es un verbo pasivo. Es un acto. El espacio que dejo o no dejo. La atención que presto o retiro. El silencio que practico o el ruido con el que me cubro.
Mi vida es una sola. Tiene este peso, esta extensión, estas heridas y esta luz particular. No hay otra vida donde ensayar la presencia de Dios. Y en esta —no en una versión purificada o corregida de ella— Dios puede hacerse presente si lo permito.
La teología latina ha debatido durante siglos si esa permisión es ya gracia o precede a la gracia. La disputa entre molinistas y tomistas -entre Luis de Molina y Domingo Báñez- giró exactamente sobre ese asunto y nunca se resolvió oficialmente. La Iglesia dejó el problema abierto. Quizá porque la vida real no espera a que los teólogos se pongan de acuerdo.