Lavar conciencias

Estaba hablando con un buen amigo sobre las implicaciones de ejercer un voluntariado eficaz en los ámbitos de la asistencia y la educación. Mi criterio, que ya he expuesto en varias ocasiones no ha cambiado un ápice durante estos años: el voluntario o cooperante debe trabajar desde un plano horizontal, con entrega y dedicación, sin pensar en recompensas de ningún tipo. Se trata de ofrecer, no de “ofrecer a cambio de…”.

Evidentemente, hoy día el voluntariado y la cooperación se ejercen de numerosas formas. Hay ongs muy capaces y dignas, y otras no tanto; pero yo voy a la esfera personal. ¿Por qué ser voluntario en países africanos, por ejemplo? Aquí surgen motivaciones variopintas y me he encontrado de todo: desde los que buscan favorecerse un historial profesional para encontrar en el futuro mejor trabajo en sus países de origen, hasta los que se entregan generosamente, pasando por los oportunistas que pretenden trepar y dedicarse “profesionalmente” a la cooperación, los que tienen motivaciones religiosas y altruistas, los que utilizan el voluntariado como forma de escape y huida de una realidad que no les gusta, etcétera. Ahora incluso se habla de “turismo solidario”, pasar unos días o semanas “ayudando en lo que se pueda”, a ser posible en algún lugar exótico. En fin, hay para todos los gustos.

Yo suelo decir que en muchos casos se trata de “lavar conciencias”, es decir, nos sentimos culpables de alguna forma por las calamidades que sienten otros y tratamos de aportar un granito de arena para paliar de alguna forma el sufrimiento ajeno. Algunos, al oírme hablar así, se incomodan, pues cuando apelamos a la conciencia personal, océano impenetrable, ¿quiénes somos los demás para juzgar? Claro, no se puede juzgar lo que no se sabe, y la conciencia del otro queda en esa esfera privada y única. No es, por tanto, ese tipo de aproximación la que yo hago. Cuando hablo de “lavar la conciencia” me refiero a “dar de lo que nos sobra”: tiempo, dinero, recursos, conocimiento, habilidades, etc. Dando ejercemos la caridad y el amor al prójimo. Es decir, lavamos la conciencia para mejorarnos en un servicio a los demás… algunos lo harán para estar bien consigo mismos… yo qué sé, la mente humana es un basto océano de sensaciones y emociones.

Y todos, sin excepción, debemos “lavar la conciencia” de vez en cuando. Acumulamos muchos errores, distorsiones, desajustes, malandanzas, pecados.

Después viene la entrega generosa, por ejemplo la que ejercen los misioneros. Entrega por amor a Dios y al prójimo. O la de cooperantes que -sin acogerse a ningún tipo de estatuto o de salario- con los pocos recursos personales, se vuelcan en una actividad, muchas veces ingrata e incluso peligrosa.

Por otro lado, está el hecho constatado miles de veces de que el voluntariado temporal, en programas asistenciales y de desarrollo, entorpece la actividad que se realiza, genera dinámicas que se frustran con el paso del tiempo y crea en la población beneficiaria una esperanza que se torna marchita con el paso del tiempo. De ahí que yo prefiera y abogue por voluntariado de varios meses incluido en procesos donde la actividad nunca se quede parada por falta de personal.

Ahora estamos tratando de poner en marcha en las ciudades de El Aaiún y Dakhla un programa asistencial y de educación para la salud. No tendrán éxito si no conseguimos establecer un sistema por el que dicha consulta o centro de salud esté atendido durante todo el año, en colaboración con médicos y educadores locales. Entonces los voluntarios y voluntarias que necesitamos son personas capaces de entregar varios meses al año para esta labor. No buscamos voluntarios efímeros, ni turistas solidarios, ni buscadores de sensaciones fuertes, solo profesionales comprometidos con la mejora de la Humanidad. No es poco.

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