«Si el espíritu de ustedes se apura a decir las palabras de la oración, entonces recen sin palabras, postrándose interiormente desde el fondo de su corazón ante el Señor y entregándose a Él. Ésta es la verdadera oración. Las palabras son solamente la expresión de la oración, a los ojos de Dios tienen siempre menos valor que la oración misma«. (Teófano el Recluso).
Nuestra relación con Dios se inicia casi siempre con una oración, sea de agradecimiento, petición o adoración. En un momento dado callamos y se hace el silencio. No por haber concluido, sino porque se desciende a una región donde las palabras ya no son necesarias, incluso las más bellas y fieles, incluso el Nombre repetido durante años se vuelve de pronto insuficiente. Ésa vocalización ha traspasado la superficie para anidar directamente en el corazón.
Teófano el Recluso (1815-1894. Santo de la Iglesia Ortodoxa Rusa) conocía este umbral. No es una invitación a abandonar la oración, sino a atravesarla. Las palabras pertenecen a la oración como la puerta pertenece a la casa: son necesarias para entrar; pero nadie permanece indefinidamente en el umbral.
En el desierto comprendí esto sin buscarlo. Lo vi en hombres y mujeres cuya relación con Dios parecía haberse vuelto tan sencilla que ya no necesitaba manifestarse. Caminaban, trabajaban, guardaban silencio, respiraban; pero en ellos había una orientación constante hacia Algo que permanecía más allá de toda expresión. No era una oración interrumpida. Todo lo contrario: había penetrado tan profundamente en la vida que ya no se distinguía de ella.
La postración interior de la que habla Teófano no consiste en una actitud del cuerpo, aunque el cuerpo a veces termine acompañándola. Es un movimiento más secreto. Algo en nosotros deja de sostenerse a sí mismo. La voluntad abandona lentamente sus puntos de apoyo, las exigencias se aquietan, las imágenes se disuelven. Como el agua removida que termina por serenarse, el alma va depositando en el fondo aquello que la mantenía agitada. Entonces aparece la entrega. No como una decisión heroica ni como un acto de fuerza espiritual. Más bien como un consentimiento silencioso y una aceptación que ocurre en una profundidad donde ya no se discute, donde ya no se negocia, donde ni siquiera parece necesario afirmar nada.
He rezado con palabras durante muchos años porque son necesarias, compañeras fieles del camino; pero a medida que profundizo en la oración el silencio se apodera de mí -sea frente al Sagrario o en el campo, incluso durante mis actividades cotidianas. No rechazo la oración vocal consolidada en mi tradición religiosa; sin embargo, esas palabras se retiran discretamente, como quien comprende que ya ha conducido al viajero hasta donde debía llegar. Lo que permanece después no tiene nombre. Ninguna lengua que conozco alcanza a decirlo. Reconozco, sin embargo, su sabor. Es la misma cualidad que percibí en algunas personas del Sáhara que llevaban el Nombre tan hondamente unido a la respiración que resultaba imposible saber dónde terminaba la plegaria y dónde comenzaba la vida.
Quizás ésta sea la verdadera oración de la que habla Teófano: no una actividad sino una condición del almaa; no algo que hacemos ante Dios, sino algo que ocurre cuando nos dejamos hacer.
Las palabras vuelven y siguen siendo preciosas; pero regresan transformadas, no nacen de la búsqueda sino del encuentro. Como el agua que vuelve a la superficie después de haber atravesado la profundidad de la tierra, emergen desde un lugar más silencioso, más humilde y más verdadero que antes.