Meditación

¿Por qué no tengo redes sociales?

Tenía cuentas abiertas en distintas redes sociales; pero decidí cerrarlas. En ocasiones me preguntan por qué las cerré. Las dinámicas propias de las redes me hicieron ver lo que ya sabía pero no había formulado: esos lugares no son para mí. No lo digo con superioridad. Las redes sociales responden a una necesidad humana real: la de ser visto, la de pertenecer, la de no desaparecer en el silencio. Lo entiendo bien; sin embargo he aprendido, despacio y a veces a costa de mucho, que el silencio no es lo mismo que la ausencia. Y que hay formas de presencia que no pasan por la pantalla. No soy el único que ha llegado a esta conclusión. Cal Newport, informático del Instituto Tecnológico de Massachusetts y autor de Deep Work, lleva años argumentando que las redes sociales fragmentan la atención de una manera especialmente dañina para quienes trabajan con el pensamiento. Newport no tiene ninguna red social y sostiene que esa ausencia ha sido una de las condiciones que han hecho posible su trabajo. Escritores como Jonathan Franzen o Karl Ove Knausgård han expresado algo parecido desde otro ángulo: que la escritura seria requiere una interioridad que las redes corroen. No son posiciones románticas ni nostálgicas. Son observaciones sobre cómo funciona la atención y qué se puede hacer con ella.

Desde mi camino espiritual, la cuestión se plantea con más nitidez todavía. La oración contemplativa —la oración del corazón que practico, el recogimiento que busco cada día— exige una disponibilidad interior que no es compatible con la lógica de las redes ni con la presencia abrumadora en Internet. No se trata solo de tiempo libre o de agenda: se trata de la textura de la mente. Una mente habituada al salto continuo entre estímulos no puede detenerse fácilmente ante el umbral del silencio. La contemplación requiere lentitud, vaciamiento, una atención que aprende a posarse y permanecer. Las redes sociales trabajan exactamente en sentido contrario.

Me llama la atención -y lo digo con respeto pero con franqueza- la presencia masiva en redes de religiosas y religiosos, sacerdotes y predicadores de diverso tipo. Entiendo el impulso: el deseo de llegar, de acompañar, de evangelizar, de no quedar encerrado entre cuatro paredes cuando el mundo está ahí fuera. Lo entiendo y no lo juzgo en abstracto; pero con frecuencia el resultado es desconcertante. El formato de las redes impone su lógica a quien entra en ellas: exige brevedad, impacto, visibilidad, reacción inmediata. Y esa lógica no es neutral. Transforma el mensaje. Lo que nació como testimonio de una vida entregada a la oración y a Dios acaba compitiendo con vídeos de un minuto, con recetas de cocina y con gatos graciosos. La imagen que se proyecta no siempre es la que se pretende. A veces es, sencillamente, bufonesca. No por mala intención, sino porque el medio tiene sus propias exigencias y no todas las vocaciones sobreviven al algoritmo. De hecho, conozco sacerdotes y religiosos que se han secularizado. Y no me cabe la menor duda de que en buena parte ha sido por esa presencia continua en distintas plataformas de Internet.

Además los algoritmos, conviene decirlo, no son inocentes, están diseñados con fines muy concretos. Las plataformas y algunos gobiernos y entidades diversas censuran, banean cuentas, amplifican unas voces y silencian otras según criterios que no son transparentes ni estables. Una cuenta puede desaparecer de un día para otro sin explicación. Un contenido puede ser invisibilizado sin que su autor lo sepa. Incluso un sitio web puede ocultarse sin que su autor se percate de ello. La visibilidad se compra o se negocia. Todo ello dentro de un ecosistema construido no para la verdad ni para el bien común, sino para la retención, la manipulación social y el beneficio económico. Construir la propia presencia sobre ese terreno es hacerlo sobre arena que se mueve según los intereses de otros.

Todo ese ruido —el ruido técnico, el ruido moral, el ruido espiritual— es ajeno a las personas que hemos elegido un camino más lento y más hondo. No digo que sea ajeno a todos: hay quienes saben habitar esos espacios con integridad; pero para mí, con mi sensibilidad, con mi manera de orar, de escribir y de pensar, con lo que entiendo que es una vida comprometida, la ecuación no sale. Escribo. Leo. Camino. Oro. Son actividades que necesitan tiempo continuo y una mente recogida, no picada en pequeños fragmentos. Una página bien escrita no nace de una mente que ha estado saltando entre titulares y notificaciones. Nace del silencio, de la capacidad de permanecer con una idea el tiempo suficiente para ver qué tiene adentro.

Hay también una razón más sencilla, casi doméstica: vivo en un sitio concreto con una rutina que cuida el espacio propio como se cuida una planta. Esa vida no cabe bien en una red social. No porque sea secreta sino porque es lenta, interior, demasiado difícil de comprimir en una publicación. Lo que me importa no se fotografía bien.

Tengo este sitio web. Se me puede leer aquí. Quien quiera escribirme, puede hacerlo. Esta forma de presencia me parece suficiente y honesta: ofrezco lo que puedo ofrecer —texto, pensamiento, algo de lo que he vivido— sin el ruido de fondo, sin el algoritmo en medio, sin la confusión ni el sometimiento a la moda de turno. No sé si esta elección es la correcta para todo el mundo; pero es la mía y la sostengo sin esfuerzo, que es quizá la mejor señal de que es verdadera.