Cristianismo

Qué aprendí viviendo en el Sahara sobre el silencio

El primer silencio del Sahara no llegó como un deseo sino como una presencia. Aún lo recuerdo. Unas jaimas levantadas lejos de la ciudad. El sol del atardecer. Los últimos pasos alejándose sobre la arena. Después, nada.

Durante años había imaginado el silencio del desierto desde lejos, alimentado por fotografías, relatos de viaje y cierta literatura que convierte la soledad en paisaje. Lo que encontré fue distinto. Había una densidad en el aire, una extraña gravedad que parecía llenar la noche. Yo me incorporé sobre la estera, inquieto, buscando una explicación para aquella sensación. No había movimiento, ni sonidos. Y precisamente eso era lo que me inquietaba.

En occidente siempre vivimos rodeados de ruido: Voces, motores, conversaciones, música, noticias. Incluso cuando uno cree estar solo, algo sigue sonando en alguna parte. El silencio absoluto no formaba parte de mi experiencia. Aquella noche lo comprendí. Intenté defenderme unas cuantas semanas. Tarareaba sin darme cuenta. Hablaba solo. Repasaba mentalmente tareas inexistentes. Abría una y otra vez los pocos libros que había llevado sobre oración y textos similares. No buscaba leer, solo compañía.
El silencio permanecía. No hacía nada. No exigía nada. Estaba allí.
Con el tiempo entendí que aquella resistencia decía más de mí que cualquier reflexión posterior. Uno no se protege de lo que le resulta indiferente. Algo en aquel silencio me concernía profundamente, aunque todavía no supiera nombrarlo. Porque el silencio del desierto no es ausencia de ruido. Es una forma de presencia.

Al principio no sabes qué presencia es esa. Puedes pensar que se trata de Dios. O que es un producto del miedo. O que es simplemente uno mismo. Tal vez todas esas respuestas contengan una parte de verdad. Lo cierto es que el ruido cotidiano realiza para nosotros un trabajo hipnótico. Nos mantiene ocupados. Nos ofrece estímulos constantes. Nos evita ciertas preguntas. Vamos respondiendo a llamadas, noticias, obligaciones y preocupaciones hasta acabar confundiendo esa cadena de reacciones con nuestra identidad. En el desierto ese mecanismo se detiene. Nadie llama. Nada reclama atención. No funciona Internet, ni los teléfonos. Y entonces aparece algo que siempre había estado allí. No llega desde fuera: sale de debajo del ruido.
A veces pienso que esa fue la verdadera razón por la que tantos hombres y mujeres buscaron el desierto a lo largo de los siglos. No porque fuera un lugar más cercano a Dios, sino porque era un lugar donde resultaba más difícil esconderse. Los antiguos monjes pudieron elegir montañas, bosques o islas. Muchos lo hicieron. Pero algunos buscaron precisamente el paisaje donde el silencio no fuera un accidente sino la sustancia misma de las cosas. Allí no hay público. No hay distracciones duraderas. No hay refugios demasiado cómodos. Solo queda la propia vida frente a sí misma.

No llegué al Sahara persiguiendo nada de eso. Lo hice con cuadernos, preguntas y la curiosidad de un occidental en búsqueda de no se sabe muy bien qué; pero el desierto no suele interesarse por las razones que cada uno trae consigo. A todos nos recibe de la misma manera. Primero nos deja hablar. Después espera. Y finalmente nos escucha hasta que terminamos de gastar las palabras.

Los beduinos con quienes viví nunca hablaban del silencio. Al menos no como nosotros hablamos de las cosas importantes. No lo analizaban ni lo convertían en tema de conversación. Simplemente lo habitaban.
Durante mucho tiempo no entendí lo que estaba viendo. Yo procedía de una cultura que necesita nombrar para reconocer: si algo es valioso, escribimos libros sobre ello, lo estudiamos, lo discutimos, lo convertimos en objeto de pensamiento. Ellos parecían relacionarse con el silencio de otro modo. Un hombre podía pasar horas junto al fuego del té sin pronunciar una palabra. No había tensión. No había incomodidad. No existía esa necesidad de llenar los huecos que tan familiar nos resulta a los europeos.

Las primeras veces yo interpretaba aquellos momentos como pequeños fracasos sociales. Buscaba temas de conversación. Hacía preguntas. Comentaba el tiempo, los animales, cualquier cosa. Mis anfitriones respondían con amabilidad. Después regresaban al silencio.
Y poco a poco comprendí que no estaban regresando a ninguna parte.
Era yo quien aún no había llegado.

Con el tiempo entendí que la conversación era apenas el umbral. Lo importante sucedía después, cuando ya no era necesario decir nada. Que me permitieran permanecer allí, callado entre ellos, era una forma de hospitalidad más profunda que cualquier discurso de bienvenida.
Aprendí entonces que existen silencios diferentes. Hay silencios que excluyen y silencios que acogen. Hay silencios que levantan un muro y silencios que abren una puerta. La diferencia no está en la cantidad de palabras ausentes sino en algo más difícil de describir: la disposición del corazón, la calidad de la presencia, la manera en que una persona ocupa el espacio junto a otra. Los saharauis conocían esa gramática sin haberla estudiado jamás. Tuve que aprenderla lentamente. Y sospecho que sigo siendo un aprendiz.

También descubrí que el silencio tiene matices, como la luz.
Está el silencio que precede al amanecer. Es un silencio antiguo. No parece dirigido a nadie. Tiene algo mineral, algo que recuerda a las rocas y a las estrellas. Cuando uno se encuentra despierto a esa hora tiene la impresión de haber llegado demasiado pronto a la creación.
Luego viene el silencio del mediodía. Ese no es amable. La luz cae vertical sobre la tierra. Los animales buscan refugio. El horizonte tiembla bajo el calor. Todo parece haberse retirado. Hay días en que el desierto recuerda que no necesita nuestra admiración.
Y después llega la noche. Entonces el silencio se vuelve extrañamente sonoro. Cruje la lona de la jaima. Se oye un animal lejano. El viento cambia de dirección. Late el propio corazón. Y cada sonido adquiere una importancia desproporcionada, como si el silencio no eliminara las cosas, sino que las devolviera a su tamaño verdadero. En las ciudades los sonidos se amontonan hasta volverse invisibles. Allí cada uno recupera su singularidad. Cada ruido vuelve a significar algo.

Hubo otro silencio que no aprendí observando el paisaje. Lo aprendí observando a las personas.
En mis años saharianos encontré sufrimientos antiguos. Pérdidas que habían acompañado a familias enteras durante décadas. Historias que apenas se contaban. Mi formación me había enseñado a sospechar de esos silencios. Venía de una cultura convencida de que toda herida debe expresarse para poder sanar; pero la realidad rara vez cabe por completo dentro de nuestras teorías. Vi personas que llevaban su dolor en silencio, no porque lo negaran, sino porque convivían con él de una manera que yo no comprendía.

No quiero idealizar aquello. También vi silencios destructivos. Sé -y no solo por haberlo observado en otros- lo que ocurre cuando una voz es obligada a callar y aprendí que existe una diferencia entre el silencio de quien no puede hablar y el silencio de quien protege algo que las palabras no alcanzarían a custodiar. No siempre supe distinguirlos. Todavía hoy no estoy seguro de saber hacerlo.

Con los años ocurrió algo inesperado. El silencio dejó de ser una realidad exterior y comenzó a desplazarse lentamente hacia dentro. No sucedió de golpe. No hubo revelaciones ni fechas memorables ni teofanías. Fue un proceso tan discreto que apenas lo advertí mientras ocurría. Simplemente empecé a notar que había menos ruido, menos conversaciones imaginarias, menos discusiones interiores, menos necesidad de justificarme ante tribunales que solo existían en mi cabeza. Algunas voces fueron apagándose por falta de alimento, como brasas que dejan de recibir aire. No porque yo hubiera conquistado nada -las historias de victoria espiritual siempre me han parecido sospechosas-, sino porque ciertas preocupaciones perdieron interés por sí mismas.

El desierto no me enseñó a callar. Fue retirando, con una paciencia que no he vuelto a encontrar en ninguna otra parte, muchas de las razones que tenía para hablar. Entonces empecé a comprender algo incómodo: muchas de mis palabras habían sido defensas. No mentían, pero protegían. Construían una distancia. Me permitían evitar ciertas regiones de mí mismo. La elocuencia puede ser una casa confortable; también puede ser una fortaleza. Hay personas capaces de levantar con palabras muros tan hermosos que nadie advierte que siguen siendo muros. Ni siquiera ellas. Durante años fui desmontando los míos. O quizá fue el silencio quien los desmontó. No sabría decirlo.
Lo más difícil de expresar ocurrió después. Y ocurre todavía. Porque pertenece a esa clase de experiencias que empiezan a deformarse en cuanto intentamos explicarlas.

En algún momento la oración cambió. Había rezado en el silencio. Después comencé a experimentar algo distinto: como si ese silencio mismo se hubiera convertido en oración. No sé decirlo mejor. Las palabras llegan tarde a ciertos lugares. Solo puedo afirmar que dejó de parecerme una actividad y empezó a parecerme mi respiración. Algo que no dependía exclusivamente de la voluntad, que me precedía y me sostenía incluso cuando yo no sabía sostenerlo.
Las tradiciones contemplativas hablan poco de estas cosas. Durante mucho tiempo pensé que era modestia. Ahora creo que es exactitud. Cuando uno se acerca a lo esencial descubre que dispone de menos palabras, no de más. La experiencia profunda simplifica el lenguaje. Lo vuelve sobrio. Lo vuelve cauteloso. Porque allí donde el yo deja de ocupar el centro resulta difícil atribuirse méritos o construir relatos heroicos.
Por eso los testimonios más verdaderos suelen parecer decepcionantes. No contienen prodigios ni revelaciones espectaculares. Contienen silencio. Y después, casi siempre, una larga vida ordinaria.
Hoy vivo lejos de la arena. Camino entre pinos y carrascas. A veces me detengo junto a una cueva que guarda huesos más antiguos que todas nuestras disputas sobre Dios. Escucho el viento entre las ramas. Observo cómo avanza la mañana sobre las laderas. Y, sin embargo, algunas veces reconozco de pronto aquella antigua densidad. Una determinada calidad del aire. Una quietud difícil de explicar. Un instante en que el mundo parece dejar de empujarse a sí mismo. Entonces comprendo que el desierto nunca quedó atrás. Quizá porque nunca fue solamente un lugar. Tal vez porque terminó convirtiéndose en una forma de escuchar.
Lo llevo conmigo como se lleva una lengua aprendida en la infancia. No lo utilizo constantemente. A veces pasan días sin que piense en ello. Pero basta una determinada luz, una página en blanco, el silencio compartido con otras personas para que vuelva de inmediato.
Cuando vuelve, también regresa la pregunta antigua, la misma que me acompañó durante tantos años junto al fuego del té, bajo las estrellas y entre las dunas. Si aquella presencia estaba allí desde el principio; si el silencio nunca fue vacío; si algo aguardaba pacientemente bajo el ruido de mis días, entonces ¿quién era aquel que permanecía en la quietud mientras yo iba y venía, hablaba y callaba, buscaba y me perdía?
¿Quién era aquel que me hacía sitio en el silencio y esperaba, con la paciencia de la arena, a que terminara por escuchar?