Una pregunta me envuelve, en ciertas noches: ¿por qué hice aquello que no quería hacer? No es retórica. La formulo de verdad y no busca una respuesta elegante sino saber si puedo seguir mirándome al espejo sin apartar los ojos.
San Pablo conocía esa pregunta desde dentro: «No hago lo que quiero, sino lo que no quiero, eso es lo que hago» (Rm 7). La frase tiene la honestidad brutal de quien no se exime ni se condena del todo, sino que describe, con precisión casi clínica, una grieta. Hay un querer que reconoce el bien y una ejecución que no lo alcanza. Entre los dos, algo se impone que no fue del todo elegido.
Durante mucho tiempo aprendí a leer esa grieta como pecado en sentido pleno, casi como territorio enemigo. Existe una tradición espiritual, viva todavía y con publicaciones recientes que la sostienen, que ve en cualquier debilidad persistente la posible huella de una influencia ajena, algo que actúa desde fuera de la propia voluntad. No es superstición ingenua: tiene siglos de discernimiento detrás, padres del desierto que distinguían con cuidado entre el pensamiento que asalta y el consentimiento que se le da; sin embargo, existe una diferencia entre ese discernimiento antiguo, lento, que agota primero toda comprensión humana antes de nombrar lo otro, y el atajo de atribuir a una fuerza externa aquello que tiene explicación más cercana: una historia, una herida, un trauma infantil, una injusticia sufrida y mantenida en el tiempo…
Conocí, hace unos meses, el trabajo de un autor que distingue entre culpa y responsabilidad de un modo que me costó aceptar y que ahora he interiorizado. La culpa, dice, paraliza: convierte un acto en una sentencia sobre el ser entero. La responsabilidad, en cambio, no necesita ese veredicto para sostenerse, reconoce el daño, lo nombra sin adornos y desde ahí permite actuar. No son lo mismo «hice algo que dañó a otros» y «soy alguien dañado en su raíz». La primera frase abre un camino. La segunda lo cierra.
Yo no quiero quedarme solo con la palabra que alivia y medito sobre los pensamientos involuntarios que llegan y la propia experiencia contemplativa, antes que cualquier psicología, ya lo sabe: el pensamiento que asalta en la vigilia, ajeno, no fabricado, ¿dónde queda entonces la responsabilidad? La pregunta no es ociosa; pero la respuesta no lleva a la irresponsabilidad sino a otro lugar: no elegí la vergüenza que me visitó de niño, ni la necesidad de pertenencia que esa vergüenza dejó como sedimento; sin embargo, sí puedo, ahora, elegir qué hacer con lo que de ahí surgió. La impotencia que Pablo confiesa no es el final del razonamiento. Es el paso previo a algo que lo desborda.
No hace falta nombrar al Enemigo -al que no niego- para nombrar el mal que se hizo. A veces el camino más fiel a la propia tradición espiritual es el más sobrio: agotar primero lo humano, mirarlo de frente, sin prisa por trascenderlo hacia una explicación más dramática. La vergüenza tiene nombre y origen. El daño causado a otros, también. Lo demás, si hay una sombra que excede lo psicológico, puede quedar como pregunta abierta, sin necesidad de resolverla para seguir caminando. Hombres y mujeres que la propia Iglesia Católica subió a los altares cargaron oscuridades parecidas sin que esas «zonas de sombra» fueran el centro de su historia.
Queda, al final, solo esto: la grieta que Pablo nombra no se cierra con un veredicto sobre quién soy. Se cierra, despacio, cuando decido dejar de estar a solas con lo que callé durante demasiado tiempo.