Sensaciones

En el ocaso, cuando una miríada de sensaciones sobreviven ante la contemplación de la puesta del sol, descubro un momento de absoluta paz. Nada puede perturbar el tiempo. Ajeno a la existencia, mi alma comulga con la naturaleza en una simbiosis perfecta. Doy gracias a Dios por esta posibilidad, un día más, de poder contemplar la belleza de su creación.

Pasado ese momento de verdadero abandono de mí mismo, me viene a la mente los complicados mecanismos cerebrales que se producen cuando contemplamos un paisaje y nos embarga cierto estado de dicha y profunda serenidad. Pienso en la evolución que hemos tenido como especie humana para llegar a semejante estado de poder identificar la belleza con determinadas visiones de lo natural. El homo sapiens ha venido adquiriendo todo un abanico de experiencias inconscientes. Hemos sido troquelados por el paso del tiempo, constituyendo almacenes de recuerdos.

¿Por qué nos cautiva un pequeño fuego hecho en una noche de excursión y acampada en plena naturaleza? ¿Por qué pensamos que tal o cual paisaje es bello? ¿Qué llevamos en nuestro interior para emocionarnos con la contemplación de una noche estrellada?

Son preguntas que necesariamente deben responderse desde una óptica evolutiva pero también desde el corazón. Un proceso biológico de millones de años que ha configurado nuestra forma de ser, percibir y entender nuestro entorno.
Aquí, en el desierto, las noches tienen un sabor distinto: la bóveda celeste se nos presenta nítida y profunda. Y las estrellas, planetas y otros cuerpos celestes pueden ser observados y admirados en todo su esplendor. El desierto es paz y contemplación. El desierto nos provoca, nos cautiva y nos hace recordar lo pequeños que somos.

Sobre el administrador

Youssef Nava Publicado el

Consultor en antropología médica y salud pública. Escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *