Vivimos silencios que pesan. No porque sean vacíos, sino porque están llenos de algo que las palabras no pueden sostener sin perderlo. Lo comprendí de nuevo hace poco, en una sala de espera. Había ido a una cita médica y me encontré sentado entre desconocidos, todos mirando el teléfono, todos guardando ese silencio extraño que no es recogimiento sino inquietud. Nadie hablaba. Se percibía cierto nerviosismo en los allí congregados. Algo normal en una sala de espera; pero, en ese tiempo de silencio puede ocurrir algo que no esperamos: encontrarnos a nosotros mismos. No de golpe, no con dramatismo. En mi caso, simplemente me di cuenta de que llevaba semanas hablando demasiado —interiormente, quiero decir. El monólogo continuo que uno llama pensamiento. Y que aquel silencio ajeno me devolvía, por contraste, la posibilidad de un silencio propio. Se trató de un pequeño despertar y sentí alivio. Salí de allí con una pregunta que tienes que plantearte si no lo has hecho ya: ¿cuánto de lo que llamamos vida interior es, en realidad, ruido que no hemos aprendido a distinguir del silencio?
Estos días celebramos la Semana Santa. En mi niñez eran días de austeridad, devociones, actos litúrgicos masivos, procesiones que contemplábamos también en silencio solo roto por las bandas de música. En el Valladolid de mi infancia había respeto, admiración, veneración, al ritmo de los tambores repicando con una cadencia casi hipnótica, de vez en cuando el toque de trompetas. Los cofrades procesionaban acompañando los pasos con figuras de una gran belleza y valor histórico. Hoy las cosas han cambiado.
En las ciudades españolas, decenas de miles de personas se agolpan en las aceras para ver pasar los pasos. Las imágenes son a veces hermosas. La música, a ratos, detiene el tiempo. No digo que no haya allí nada verdadero: la devoción popular tiene su propia dignidad y no me corresponde a mí juzgar lo que ocurre en el interior de cada persona; pero sí puedo decir lo que observo desde fuera: que la Semana Santa se ha convertido, en gran medida, en un acontecimiento cultural, en folklore, en turismo de la emoción estética. Los hoteles se llenan, los turistas hacen sin cesar cientos de fotografías, los titulares de prensa y tv hablan de afluencia récord. Y en medio de todo ese movimiento, la pregunta que nadie formula en voz alta: ¿qué tiene que ver esto con un hombre que muere abandonado, en silencio, fuera de la ciudad?
La Pasión no es un espectáculo. Es un vaciamiento. El Viernes Santo no tiene sonido de gloria: tiene el silencio de lo que se rompe. Y ese silencio es el más difícil de habitar porque no ofrece consuelo inmediato. Exige quedarse en la oscuridad sin saber todavía qué habrá mañana. Exige algo que la multitud, por su propia naturaleza, no puede dar: soledad y recogimiento. La disposición a ser tocado, no entretenido.
Los maestros contemplativos —Francisco, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, las madres y padres del desierto,… — entendieron esto mejor que ningún teólogo. No explicaban el misterio. Lo vivían. Su silencio no era resignación sino la forma más plena de atención. Quien aprende a callarse de verdad no se ausenta: se hace más presente. El silencio no vacía; afina y llena.
Hay una paradoja que llevo conmigo desde hace años: los hombres y las mujeres más espirituales que he conocido no eran personas sin palabras. Eran personas que habían aprendido cuándo hablar y cuándo no. Que sabían que hay momentos en que el lenguaje traiciona lo que intenta decir. Que hay realidades que sólo se tocan cuando uno deja de intentar nombrarlas. Este tiempo de Pasión me lo recuerda cada año.
El mundo sigue a la velocidad de siempre y con los dramas y desastres habituales. Las noticias, las urgencias, el ruido de fondo que nunca cesa. En medio de todo eso, la Semana Santa irrumpe —o debería irrumpir— como una grieta. No para explicar el sufrimiento sino para sentarse con él. No para resolver el misterio de la muerte sino para no huir de él y aprender, una vez más, que el silencio no es la ausencia de Dios. Es, a veces, su forma más densa de presencia.
Entrar en ese silencio cuesta. Yo no lo consigo siempre. Hay días en que la mente corre y el cuerpo resiste y la oración se queda en la superficie; pero hay otros días en que algo se abre debajo de las palabras. Un lugar más hondo que el pensamiento. Allí no hay explicaciones. Tampoco hacen falta. El silencio, en esos momentos, no pesa por ser un fardo sino por tener sustancia que alimenta.
ORACIÓN
Padre misericordioso, que no abandonas a quienes se pierden en el ruido ni cierras los oídos a quienes ya no saben pedir: concédenos, por intercesión de María, tu servidora silenciosa, la gracia de vivir este tiempo sin huir de él. Que el silencio del Viernes Santo no nos asuste. Que la oscuridad no nos desespere. Y que cuando todo calle, aprendamos a reconocer en ese vacío la forma más honda de tu presencia. Amén.