Cristianismo

Sobre la santidad

La palabra santidad suele provocar una extraña mezcla de admiración y distancia. Admiración porque reconocemos en ella algo noble; distancia porque la asociamos a figuras excepcionales: místicos, fundadores, mártires, grandes reformadores. Personas cuya vida parece desarrollarse en una altura espiritual inaccesible para la mayoría.Sin embargo, cuando uno lee con atención las palabras recientes del papa León XIV dirigidas a los sacerdotes sobre la santidad, descubre algo diferente. La santidad no aparece como una perfección reservada solo a unos pocos elegidos, sino como una llamada dirigida a todos. Lo que Cristo desea no es la impecabilidad de sus discípulos, sino la transformación gradual de su corazón.

Quizá el mayor malentendido de la espiritualidad cristiana haya sido identificar la santidad con una especie de excelencia religiosa. Como si el santo fuese alguien incapaz de equivocarse, inmune a las contradicciones humanas y dotado de virtudes extraordinarias. Pero el Evangelio ofrece otra imagen. Los primeros discípulos estaban llenos de miedos, errores, ambiciones y fragilidades. Lo que los distinguía no era su perfección sino su disponibilidad para dejarse transformar.

La santidad no consiste en escapar de la condición humana. Consiste en habitarla plenamente.Hay una santidad silenciosa que rara vez aparece en los libros. La del hombre que continúa cuidando con ternura a su esposa enferma después de muchos años. La de la mujer que sostiene a su familia en circunstancias difíciles sin perder la dignidad ni la esperanza. La del trabajador que realiza honestamente su tarea aunque nadie lo reconozca. La del anciano que aprende a aceptar sus limitaciones sin amargura. La de quien atraviesa una enfermedad o una depresión y sigue buscando un sentido para cada día.Nada de eso parece heroico. Sin embargo, quizá sea precisamente ahí donde la santidad adquiere su forma más auténtica.

Durante siglos se buscó a Dios en los lugares extraordinarios. Y ciertamente puede encontrarse allí. Pero también está presente en la vida ordinaria. En la paciencia. En la escucha. En el perdón. En la capacidad de permanecer junto al que sufre. En la renuncia a la violencia cuando tendríamos motivos para ejercerla. En la fidelidad a la verdad cuando la mentira resulta más cómoda.La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias para Dios. Consiste en hacer humanas las cosas ordinarias.Los grandes santos comprendieron esta paradoja. Francisco de Asís no quiso ser importante; quiso ser hermano. Teresa de Lisieux no soñó con realizar hazañas; buscó amar en lo pequeño. Los padres del desierto no huyeron del mundo porque lo despreciaran, sino porque querían descubrir lo esencial que suele quedar oculto bajo el ruido.Quizá por eso la santidad continúa siendo necesaria en nuestro tiempo. No porque el mundo necesite más héroes religiosos, sino porque necesita más personas reconciliadas consigo mismas, más compasivas, más libres del egoísmo y del afán de dominio.

En una época fascinada por el éxito, la visibilidad y el rendimiento, la santidad sigue proponiendo una revolución discreta: aprender a vivir desde el amor y no desde la importancia. En la construcción del Reino todos somos necesarios y más aquellos cuya existencia pasa casi desapercibida. Personas corrientes que trabajan, envejecen, sufren, aman y esperan, que no pretenden ser extraordinarias y simplemente intentan tener cada día su corazón un poco más parecido al de Cristo.