Notas desde la contemplación y el desierto interior
Una pregunta me ronda desde hace meses y no es nueva: ¿qué lugar quiero que ocupe la inteligencia artificial en mi vida? No la pregunta técnica —esa la responden los ingenieros mejor que yo—, sino la pregunta espiritual, la que toca la textura real de los días: qué hago con esta herramienta sin dejar que la herramienta me rehaga a mí. No tengo respuesta definitiva. Tengo, en cambio, algunas certezas ganadas a precio alto y unas cuantas líneas que no estoy dispuesto a cruzar. Empiezo por lo más hondo.
En la tradición cristiana, el Verbo se hizo carne. No se quedó en idea, en concepto, en abstracción bien formulada. Habitó entre nosotros con un cuerpo que sudaba y sangraba y conocía el cansancio. Esa encarnación no es un dato teológico que se maneja con guantes: es el fundamento de todo lo que soy y de todo lo que escribo. Y es también el criterio desde el que evalúo cualquier herramienta que se presente como sustituto o como atajo. Porque hay una manera de usar la tecnología que es, en el fondo, una huida de la carne: de la lentitud del cuerpo, del peso del tiempo, de la incomodidad de estar presente sin anestesia. Esa huida tiene muchos nombres. En la tradición contemplativa se llama acedia. Y la acedia, lo saben bien quienes la han conocido de cerca, no es pereza: es el rechazo sutil de lo real.
La inteligencia artificial opera en el reino de lo abstracto, del dato puro, de la probabilidad estadística aplicada al lenguaje. Mi vida espiritual opera en el reino de lo encarnado, del misterio vivo, de lo que el cuerpo aprende antes que la mente y no siempre sabe traducir. No confundirlos es un acto de fidelidad elemental a la Encarnación.
Esto lo aprendí en el desierto, no en los libros. En el Sáhara conviví con personas para quienes la oración no era una práctica espiritual opcional sino el aire que respiraban. Allí el cuerpo me enseñó lo que la mente no habría podido comprender por sí sola: que el conocimiento verdadero no es conceptual sino visceral. Que el silencio tiene un peso. Que la soledad tiene una temperatura. Que Dios se hace presente en la piel antes que en el pensamiento. Ningún modelo lingüístico puede generar esa experiencia ni sustituirla ni aproximarse a ella. No lo digo como crítica a la IA sino como descripción honesta de su naturaleza: pertenece a otro orden de realidad.
Uso la inteligencia artificial. Lo digo sin eufemismos y sin culpa. La uso como escriba moderno: para transcribir, para organizar, para explorar posibilidades formales, para buscar el ángulo que aún no he visto en un texto que lleva días encallado. Tiene una utilidad real en mi trabajo intelectual y negarla sería una forma de afectación; pero nunca la utilizo como maestro, ni guía espiritual, ni fuente de verdad última. La verdad última tiene nombre y se encuentra en la relación, no en la base de datos. Si mañana colapsase la IA no me afectaría. Seguiría caminando y escribiendo como si no hubiera pasado nada.
Hay una tentación específica en el uso de estas herramientas que me parece más peligrosa que el tiempo que consumen o la dependencia que generan: la tentación de buscar en ellas una validación emocional o espiritual. Los sistemas de IA están diseñados, por su propia naturaleza, para satisfacer al usuario, para evitar la fricción, para proporcionar respuestas que resulten aceptables; sin embargo, la verdad espiritual con frecuencia no es aceptable. Con frecuencia incomoda, corrige, desestabiliza, señala lo que no queremos ver. Hay una imagen antigua para esto: el corazón como espejo. Un espejo limpio devuelve la imagen real, no la que quisiéramos ver. La contemplación —cristiana o sufí, en el desierto de los padres o en el silencio del dhikr— ha sabido siempre que ese espejo solo se limpia en el vaciamiento, no en la confirmación. La IA, por diseño, no puede ser ese espejo. Es demasiado amable. Y la amabilidad excesiva, en el camino espiritual, tiene otro nombre: complacencia.
Hay algo más, y lo digo con cuidado porque toca el centro de lo que soy. Crear —escribir un poema, dar forma a un ensayo, encontrar la imagen que nombra lo innombrable— es para mí un acto espiritual antes que un acto técnico. Es convertir la experiencia en forma, la memoria en palabra, la herida en sentido. Hay en ese gesto algo que la tradición mística reconoce como participación: el alma que, al crear, colabora de manera pequeña y asombrada en el acto por el que todo viene a la existencia. La chispa que pone en marcha ese proceso nace en el misterio de mi ser creado: en mi cuerpo, en mi historia, en mi vulnerabilidad, en mis años de silencio vivido. Mi último libro, Foresta, nació de una forma de mirar: la que aprende a detenerse ante un árbol como quien se detiene ante un interlocutor. La etnografía sahariana nació de muchos años en el desierto real, vividos en carne propia, de errores y conversiones y fracasos que no se pueden simular.
La IA puede ayudarme a ordenar lo que ya existe. Puede pulir, estructurar, sugerir; pero no puede estar donde estuve yo. No puede cargar lo que yo cargué. No puede haber bajado a los infiernos y haber vuelto con algo en las manos. Por eso el límite es sagrado: no como prohibición religiosa, sino como reconocimiento honesto de lo que cada cosa es.
Guardo también el silencio. Esto lo digo en sentido literal: cuando oro, cuando escribo desde el corazón, cuando discierno el camino, apago todo. La pantalla descansa. Solo queda la respiración y el Misterio que me habita. Ese espacio no es negociable.
El silencio no es ausencia de sonido. En la tradición contemplativa que me ha formado, el silencio es presencia plena. No el vacío sino el pleno que precede y sostiene toda palabra verdadera. Es el desierto interior donde el alma se encuentra con lo que la funda. Lo que en la oración del corazón se trabaja durante años —esa atención limpia, esa sobriedad interior que los hesicastas llamaban nepsis— no se consigue llenando el tiempo sino vaciándolo. Y lo mismo, con otras formas y otro nombre, ocurre en el dhikr: el recuerdo que no añade sino que despoja, que no construye sino que descubre lo que siempre estuvo allí. Mantener ese espacio libre de intervención tecnológica no es un capricho ascético. Es fidelidad al único movimiento que conduce hacia adentro.
Vivimos en un mundo que nos empuja constantemente hacia la conexión, la respuesta inmediata, la estimulación que no cesa. Guardar silencio es un acto de resistencia. Y la resistencia tiene que ser activa: requiere decisiones concretas, cotidianas, a veces incómodas.
Se tarda tiempo en encontrar el equilibrio. Para alguien como yo, la tecnología puede ser tanto un puente como una trampa. La diferencia no está en la herramienta sino en la intención con que la abordo: si la uso para crear, para pensar, para servir, o si la uso para evadir, para distraerme, para no tener que sentarme ante el silencio y lo que el silencio trae. Ese discernimiento no tiene reglas fijas. Es una vigilancia amorosa sobre el propio corazón. La tradición lo ha llamado de muchas maneras —discernimiento de espíritus, custodia del corazón, muraqaba— pero en todas ellas late el mismo gesto: la atención honesta a lo que ocurre dentro, sin dramatismo y sin autoengaño. Requiere la virtud más difícil: no engañarse ni siquiera cuando el engaño resultaría cómodo.
Termino por donde empecé: no tengo una posición ideológica sobre la inteligencia artificial. No me interesa el debate entre los entusiastas y los apocalípticos. Lo que me interesa es algo más concreto y más modesto: saber qué hago yo, con esta vida, con esta vocación, con estos años que me quedan. Qué relación establezco con una herramienta poderosa sin dejar que esa herramienta redefina quién soy.
Mi vida espiritual y creativa es más antigua que cualquier algoritmo y más profunda que cualquier cálculo. Es la vida que brota de lo que se ha vivido de verdad: el desierto, la noche oscura, los años de silencio vivido, los árboles de Foresta que me miraron mientras yo los miraba a ellos. La IA puede acompañar una parte de ese camino; pero no puede recorrerlo en mi lugar, ni conocer el territorio desde dentro, ni dar testimonio de lo que solo se conoce habiéndolo experimentado. Estas circunstancias no me parecen una limitación sino, precisamente, lo que hace que valga la pena escribir.