Conflictos, cooperación y desarrollo social en Oriente Medio

Oriente Medio ha sido el epicentro del conflicto geopolítico mundial durante más de un siglo. Las tensiones históricas de la región, agravadas por las luchas políticas modernas, han afectado profundamente su tejido socioeconómico. En este ensayo, examino la interacción entre el conflicto, el desarrollo comunitario, el estancamiento económico y la desintegración social en el Medio Oriente, proporcionando un análisis académico en profundidad que rastrea las causas históricas, presenta los desafíos modernos y propone estrategias futuras para la estabilización. Este análisis se basa en estadísticas, datos históricos y acontecimientos recientes para proporcionar una comprensión integral de cómo las guerras, la inestabilidad política y el declive económico han obstaculizado el desarrollo en la región, y cómo la diplomacia, la gobernanza y las organizaciones no gubernamentales (ONG) pueden contribuir a una posible recuperación.

Raíces históricas e impulsores de conflictos

Los conflictos en Oriente Medio se remontan al desmantelamiento del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial y a las fronteras arbitrarias impuestas por las potencias coloniales europeas en virtud del Acuerdo Sykes-Picot (1916). Estas fronteras artificiales ignoraron las distinciones étnicas, religiosas y tribales, creando líneas divisorias que más tarde estallarían en disturbios civiles. El establecimiento de Israel en 1948, después del fin del Mandato Británico, intensificó las hostilidades, particularmente entre los colonos judíos y las poblaciones árabes, lo que llevó a varias guerras, incluidas las guerras árabe-israelíes de 1948, 1956 y 1967. Esto último resultó en la ocupación de Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Este, territorios que siguen siendo profundamente disputados en la actualidad.

Los conflictos modernos en Oriente Medio, como la guerra Irán-Irak (1980-1988), la guerra del Golfo (1990-1991), la invasión estadounidense de Irak (2003) la guerra civil siria y el escenario bélico con Irán, han sido impulsados por una combinación de sectarismo, competencia por los recursos (especialmente el petróleo) y la participación estratégica de potencias mundiales como Estados Unidos, Rusia e Irán. La ocupación estadounidense de Irak, en particular, desestabilizó la región, lo que llevó a la aparición de grupos extremistas como Al-Qaeda y, más tarde, ISIS, lo que exacerbó aún más las divisiones internas.

Impacto social y económico de los conflictos

Estancamiento económico

El Oriente Medio, a pesar de sus vastos recursos naturales, en particular el petróleo, sufre de marcadas desigualdades económicas y estancamiento. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el PIB combinado de los países afectados por conflictos en la región de Oriente Medio y Norte de África (MENA) disminuyó un 30% entre 2010 y 2023. Países como Siria, Yemen y Libia han experimentado reducciones significativas en el crecimiento del PIB debido a guerras civiles prolongadas. Por ejemplo, el PIB de Siria se contrajo más del 70% entre 2011 y 2020, borrando décadas de progreso económico.

Las tasas de desempleo en las zonas de conflicto son asombrosas. En Yemen, donde la guerra civil se ha desatado desde 2015, la tasa de desempleo superó el 32% en 2023, y el desempleo juvenil alcanzó casi el 50%. En Siria, la destrucción de la industria y la agricultura ha llevado el desempleo a más del 55%, y en los territorios palestinos, la tasa de desempleo se sitúa en el 25%, exacerbada por las restricciones comerciales y de movimiento impuestas por Israel. Gaza, en particular, tiene una de las tasas de desempleo más altas del mundo, con más del 45% en 2024.

La inestabilidad regional también ha afectado a la inversión extranjera directa (IED), que ha experimentado una fuerte disminución en los países asolados por conflictos. El Banco Mundial informó que Yemen y Siria prácticamente no recibieron IED en los últimos cinco años, lo que agravó aún más su aislamiento económico. Las naciones ricas en petróleo, como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, han estado en gran medida aisladas de los impactos económicos directos del conflicto, pero incluso ellas han enfrentado desafíos como la disminución de los precios del petróleo y las consecuencias económicas de la pandemia de COVID-19.

La desintegración social y el colapso de las instituciones

El conflicto en el Oriente Medio no sólo ha causado destrucción física inmediata, sino también daños a largo plazo en las estructuras sociales e institucionales. Los sistemas educativos han sido de los más afectados, con millones de niños sin escolarizar debido a la destrucción de instalaciones, el desplazamiento o el miedo a la violencia. En Siria, más de 2,4 millones de niños seguían sin escolarizar en 2023, y en Yemen, aproximadamente 2 millones de niños se ven igualmente privados del acceso a la educación. Esta falta de educación amenaza con crear una «generación perdida» con pocas esperanzas de movilidad económica en el futuro, perpetuando ciclos de pobreza y conflicto.

El colapso de los sistemas de salud en los países devastados por la guerra profundiza aún más las crisis sociales. En Yemen, menos del 50% de los centros de salud están en pleno funcionamiento, lo que provoca brotes de enfermedades prevenibles como el cólera. En Siria, los hospitales han sido atacados deliberadamente tanto por el gobierno como por las fuerzas rebeldes, lo que ha reducido gravemente el acceso de la población a la atención médica. Estas condiciones contribuyen a las ya bajas tasas de esperanza de vida y altas tasas de mortalidad infantil de la región. Por ejemplo, la esperanza de vida en Yemen cayó de 66 años en 2014 a 58 años en 2023, un claro indicador de los estragos que el conflicto ha tenido en el desarrollo humano.

El papel de la política, la diplomacia y los actores externos

Las intervenciones políticas y diplomáticas en el Oriente Medio a menudo han exacerbado los conflictos en lugar de resolverlos. Los intereses estratégicos de potencias mundiales como Estados Unidos y Rusia, combinados con las ambiciones regionales de Irán, Turquía y Arabia Saudita, han dado lugar a guerras de poder y a la militarización de las divisiones sectarias. Por ejemplo, en Siria, el apoyo ruso al régimen de Bashar al-Assad ha envalentonado a las fuerzas gubernamentales, prolongando el conflicto y socavando los esfuerzos internacionales de paz. Mientras tanto, la rivalidad entre Irán y Arabia Saudita se ha manifestado en el conflicto de Yemen, con ambas potencias respaldando a bandos opuestos en una brutal guerra civil.

La diplomacia a menudo se ha visto obstaculizada por intereses contrapuestos entre los actores internacionales. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha tenido dificultades para mediar de manera efectiva, especialmente en Siria y Yemen, debido a la intransigencia de las partes interesadas clave y sus patrocinadores. Sin embargo, los esfuerzos diplomáticos regionales han tenido cierto éxito. Por ejemplo, en 2023, Qatar negoció un alto el fuego entre Hamás e Israel, aliviando temporalmente las tensiones en Gaza.

En los territorios palestinos, los Acuerdos de Oslo (1993-1995) establecieron el marco para una posible paz, pero finalmente fracasaron debido al incumplimiento y la creciente desconfianza entre los líderes israelíes y palestinos. El actual bloqueo de Gaza y los asentamientos israelíes en Cisjordania han socavado los esfuerzos hacia una solución de dos Estados. Según el Banco Mundial, la economía palestina se ha estancado, con un crecimiento limitado por las restricciones impuestas por Israel que limitan el comercio y la inversión.

El papel de los gobiernos locales y las ONG

En las regiones afectadas por conflictos, los gobiernos locales a menudo se han visto abrumados por la guerra o son vistos como cómplices de la violencia en curso, como es el caso de Siria, donde el régimen de Assad ha sido acusado de crímenes de guerra. Los gobiernos de Irak y Yemen han luchado contra la corrupción, la ineficacia de la administración y las luchas internas entre facciones, lo que les ha impedido atender las necesidades de sus poblaciones. En muchos casos, las ONG han intervenido para llenar el vacío dejado por instituciones estatales débiles o ausentes.

Las ONG internacionales y locales han desempeñado un papel crucial en la mitigación de los peores impactos de los conflictos mediante la prestación de ayuda humanitaria, educación y atención médica. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), Médicos Sin Fronteras (MSF) y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) son algunas de las organizaciones que trabajan en Siria, Yemen y los territorios palestinos. Sin embargo, las ONG se enfrentan a importantes desafíos, como el acceso limitado a las zonas de conflicto, la financiación insuficiente y la presión política tanto de los gobiernos locales como de los actores extranjeros. Por ejemplo, en Yemen, las ONG se han visto obligadas a navegar en un entorno complejo y peligroso en el que tanto los rebeldes hutíes como las fuerzas gubernamentales imponen restricciones a la distribución de ayuda.

Recomendaciones para el desarrollo futuro

El camino hacia el desarrollo sostenible en el Oriente Medio debe abordar tanto los efectos inmediatos del conflicto como los problemas estructurales a largo plazo que alimentan la inestabilidad. Es necesaria una combinación de estrategias diplomáticas, políticas y económicas para reconstruir las comunidades y promover la cohesión social.

  1. Fortalecimiento de las iniciativas diplomáticas:
    Los esfuerzos diplomáticos deben centrarse en procesos de paz inclusivos que involucren a todas las partes interesadas pertinentes, incluidas las potencias regionales como Irán y Arabia Saudita. La comunidad internacional también debe apoyar las iniciativas de base que fomenten el diálogo entre los diferentes grupos étnicos y religiosos, lo que podría ayudar a sentar las bases de la reconciliación a largo plazo. Los mediadores internos, tal como los utiliza el PNUD en varios Estados árabes, han sido eficaces a nivel local para resolver controversias y podrían ampliarse para abordar conflictos de mayor envergadura.
  2. Reconstrucción económica e inversión:
    Las instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial y el FMI deben dar prioridad a la reconstrucción de la infraestructura y al apoyo a la diversificación económica en los países afectados por conflictos. Es esencial contar con políticas económicas específicas que creen empleo, en particular para los jóvenes, y promuevan la igualdad de género. Además, los esfuerzos por mejorar el clima empresarial, como la reducción de la corrupción y la mejora de la gobernanza, son fundamentales para atraer inversiones extranjeras.
  3. Empoderamiento de las ONG y de la sociedad civil:
    Las ONG deben seguir desempeñando un papel clave en la prestación de servicios esenciales, pero necesitan un mayor acceso a las zonas de conflicto y una mejor coordinación con los gobiernos locales. La comunidad internacional debe aumentar la financiación de las organizaciones no gubernamentales y apoyar las iniciativas de fomento de la capacidad que permitan a las organizaciones locales de la sociedad civil funcionar eficazmente.
  4. Abordar las reformas políticas y de gobernanza:
    Para la estabilidad a largo plazo, son esenciales las reformas políticas que promuevan la gobernanza inclusiva y el estado de derecho. Esto incluye esfuerzos para fortalecer las instituciones estatales, reducir la corrupción y garantizar que el poder político se comparta de manera equitativa entre los grupos étnicos y religiosos. En Irak y Líbano, por ejemplo, los sistemas políticos que dividen el poder en líneas sectarias han alimentado la corrupción y debilitado al Estado, lo que requiere un cambio hacia modelos de gobernanza más inclusivos.

Los conflictos de Oriente Medio han causado una devastación generalizada, socavando el desarrollo comunitario, el crecimiento económico y la cohesión social. Para avanzar, la región requiere un enfoque coordinado que combine la diplomacia, la reconstrucción económica y las iniciativas de consolidación de la paz de base. El fortalecimiento de los gobiernos locales y el empoderamiento de la sociedad civil serán cruciales para reconstruir comunidades resilientes que puedan enfrentar los desafíos futuros. El Oriente Medio sólo podrá abordar las causas profundas de la inestabilidad lograr la paz y el desarrollo sostenibles.

Referencia

Banco Mundial, «Informe sobre el desarrollo mundial 2011: conflicto, seguridad y desarrollo» (Banco Mundial, 2011).

ORF Online, «La creciente inestabilidad en la región nubla el futuro de Oriente Medio», Observer Research Foundation, junio de 2023.

PNUD, «En todos los Estados árabes, los mediadores internos están mitigando los impactos de los conflictos», Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, diciembre de 2023.

Banco Mundial, «Yemen Economic Update», mayo de 2024.

Banco Mundial, «Actualización económica palestina», mayo de 2024.

Fondo Monetario Internacional, «El conflicto en Oriente Medio amenaza con remodelar las economías de la región», Blog del FMI, diciembre de 2023.

Wilson Center, «Explicación: Raíces y realidades de 10 conflictos en Oriente Medio», Wilson Center, 2024.

ACNUR, «Explicación de la crisis de los refugiados en Siria», ACNUR, 2023.

PNUD, «En todos los Estados Árabes, mediadores internos», PNUD, 2023.

Kabbani, Nader, «Informe sobre desarrollo económico de Oriente Medio y Oriente Medio y el Norte de África», Consejo de Asuntos Mundiales de Oriente Medio, junio de 2023.

FMI, «Riesgos de conflicto en Oriente Medio», Blog del FMI, 2023.

En el Sahara


“Nadie en su sano juicio abandonaría jamás su comodidad en Europa para visitar un lugar tan olvidado de Dios como este”, -me dijo una vez Omar, un hombre que conocí camino del desierto. Quizá había algo sensato en su declaración. ¿Qué estaba haciendo realmente allí, un lugar del que sabía muy poco pero del que había oído cosas horribles: terrorismo, esclavitud, campos minados, hambruna, inestabilidad política, guerra… Mis amigos marroquíes me habían advertido que me encontraría con una inquietante atmósfera social. Mis amigos europeos pensaron que había alcanzado un preocupante nivel de locura; sin embargo, en esas tierras difíciles, complejas y peligrosas logramos desarrollar programas educativos en salud materno infantil, cooperativas laborales, atención sanitaria, dinamización social… y lo hicimos un puñado de personas, todos de allí salvo este servidor. Un cuarto de siglo de servicio voluntario, desinteresado y solidario. Hoy estoy físicamente lejos del Sahara; pero los programas se mantienen y se están realizando iniciativas de gran calado social.

El espacio místico del norte de África

Hablar del Magreb es complicado. ¿A qué nos referimos con este término? ¿Un espacio geográfico? ¿Un país? ¿Un conjunto de países? ¿Una definición geopolítica?

El Magreb es todo eso y mucho más; pero si buscamos información en Internet y nos asomamos a fotografías satelitales veremos un inmenso espacio ocre. A vista de pájaro el Magreb es desierto, o así lo parece. Y ciertamente el desierto abarca una buena parte del territorio. Al acercar el campo de visión percibimos una realidad que va perfilándose en un mosaico cromático en el que adivinamos montañas, ríos, valles, ciudades, pueblos, …

El primer contacto del ciudadano occidental con el Magreb suele producirse viajando como turista a alguno de los países que reciben el sobrenombre de ´magrebíes`. Así, resulta habitual visitar Marruecos o Túnez y menos corriente acercarse a Argelia, Libia o Mauritania. Con ello acabo de citar los cinco países que según la división administrativa actual configuran ese norte de África; pero claro lo administrativo y político no implica un ajuste perfecto con la realidad humana y social, es más, a veces se vertebra un marco geopolítico sin tener en cuenta la diversidad antropológica e histórica.  En cualquier caso, el viajero que decide visitar alguno de esos países tendrá siempre una visión muy parcial.

Estamos hablando de un espacio gigantesco. Solo el desierto del Sahara es casi veinte veces más grande que España. El Magreb completo ocupa cerca de 20 millones de kilómetros cuadrados.

A los países citados yo añado buena parte de Malí, por la razón de que al menos todo el norte maliense es desértico y en él han prosperado tribus –los famosos Tuaregs- nómadas, presentando semejanzas geográficas, étnico lingüísticas y culturales con los países aludidos.

Como se puede comprobar, no es tan sencillo delimitar semejante espacio y menos sencillo aún describir lo que hay, su historia, su diversidad étnica, cultural, tribal, etcétera. La razón de estas dificultades tenemos que buscarla en el periodo de la colonización africana por parte de algunos países europeos. Las potencias occidentales fueron ocupando regiones y territorios ignorando en buena medida la riqueza histórica y humana de las poblaciones sometidas al poder del llamado “primer mundo”. La posterior ´descolonización` no resultó un proceso homogéneo y respetuoso con los pueblos sometidos. En todo ese tiempo se cometieron todo tipo de barbaridades, entre ellas el saqueo sistemático de bibliotecas enteras con manuscritos de un valor incalculable, la destrucción de modos de vida ancestrales en virtud de los criterios impuestos desde las cancillerías europeas, por ejemplo, trazando fronteras artificiales con escuadra y cartabón sobre un mapa para delimitar los países, lo cual alteró, entre otras muchas actividades, el nomadismo, piedra angular de las culturas beduinas, o las prácticas de piedad populares, como las peregrinaciones a las tumbas de los santos sufíes, o la destrucción sistemática de madrazas y otros espacios de enseñanza. En fin, el rosario de desastres es casi ilimitado.

            Fruto de aquellas arbitrariedades basadas en la prepotencia y dominio político y militar de los países europeos, el Magreb fue hundiéndose en la inestabilidad, la corrupción estructural de la sociedad, la pérdida de las diferentes identidades culturales, la homogeneización artificial de costumbres, las ambiciones políticas de una nueva generación de líderes locales formados casi todos en centros universitarios occidentales, el crecimiento de la población bajo criterios de alcanzar una prosperidad “a la europea”, el surgimiento de nuevos conflictos territoriales, como el famoso del Sahara Occidental y los saharauis, devenido así desde la salida de España de su “provincia sahariana” en 1976, etcétera.

            Es todavía ahora, en pleno siglo XXI, cuando el Magreb sigue sumido en un conjunto de problemas que se han enquistado y que han impedido en gran medida un desarrollo social acorde con los nuevos tiempos. A pesar de ello, la población magrebí experimentó extraordinarios avances en numerosos ámbitos de la vida, variando de unos países a otros.

            Todo ello, en mi opinión, palidece ante un hecho que con frecuencia pasa desapercibido para los analistas occidentales y también para buena parte de los magrebíes. Me refiero a la “dimensión mística del Magreb”, expresión con la que defino el componente más importante de las culturas que se desarrollaron en el África del Norte.

            El misticismo, entendido al modo occidental, es un don de Dios que se recibe en gran medida por la vía ascética, es decir, renunciando a los “placeres del mundo”. Se trata de un ámbito minoritario producido en el cristianismo monástico y el eremitismo, especialmente a partir del siglo IV de nuestra era con el surgimiento de los llamados “Padres y Madres del Desierto”.

            En el Lejano Oriente, el misticismo se cultiva en una suerte de ascetismo y estudio de la mente mediante ejercicios de meditación intensa, yoga, contemplación, hasta que surge la iluminación. Son los caminos propios del hinduismo y el budismo.

            En África del Norte, como en buena parte del Medio Oriente, la mística se desarrolla apegada a la tierra, al nomadismo, al espacio geográfico, en un ascetismo compartido por la familia, el clan, la tribu. Donde iban las familias llevaban consigo la dimensión mística fraguada en los grandes espacios abiertos del desierto, los valles o las montañas. No se entendía una tribu sin sus místicos, hombres considerados santos, virtuosos, capaces de obrar prodigios, ´milagros`, un misticismo surgido en el islam temprano, tomando como ejemplo y guía las prácticas meditativas del profeta Mohammed.

            Un misticismo practicado “hacia dentro”, y un misticismo “practicado hacia fuera”. Esta fue la gran diferencia del Magreb que se ha mantenido, no sin desviaciones y contaminaciones externas, hasta nuestros días.

            Esta peculiaridad de las tribus magrebíes permitió que después de una historia de encuentros y desencuentros, colonización y descolonización, el Magreb siga atrapando y cautivando al viajero en la actualidad, pues toda la grandeza de sus gentes y de sus pueblos se debe precisamente al componente místico y religioso que los vertebró y que de alguna forma impregnan el cotidiano vivir.

            En definitiva, el devenir histórico del Magreb presenta un amplio abanico de ´historias` paralelas, periodos oscuros, olvidos, reconstrucciones interesadas, conclusiones occidentalizadas, desconocimiento de hechos que marcaron profundamente la idiosincrasia ancestral de sus gentes… la tarea de reconstrucción de los hechos es ingente y, me temo, casi imposible de realizar.

            No pretendo discutir tales cuestiones, puesto que implicaría la escritura y publicación de varios libros. Por otra parte, mi interés es el ámbito socio religioso, no tanto en su vertiente teológica sino en los aspectos cotidianos de una práctica que, como decía más arriba, han sido la argamasa para edificar el imponente espacio social magrebí, así como una definición muy concreta de entender y gestionar el ámbito de la salud y la enfermedad.

            El hispanófono que pretenda desenmarañar la historia religiosa del Magreb, como es mi caso, se llevará una severa frustración inicial: la poca bibliografía[1] existente en idioma español. Tendrá que rebuscar en libros de historia general, de antropología y sociología, la mayoría de ellos demasiado especializados en sus áreas de estudio. Acudirá a revistas especializadas en arabismo, en africanismo, en ciencias políticas. Tal vez visite algunos archivos y bibliotecas y acabará por sumergirse en el ámbito del sufismo magrebí, corriente mística del islam; pero no el único tipo de misticismo existente en estas tierras. Si desea ir más allá, necesitará leer textos académicos escritos por autores franceses, verdaderos especialistas en dichas materias y quizá en Europa los que mayor empeño han tenido en estudiar a fondo la historia y la religión de los pueblos magrebíes. Lo tenían más fácil al ser Francia potencia colonial poderosa en todo el norte y oeste de África. Ellos acapararon las fuentes informativas, localizaron los grandes centros intelectuales y sustrajeron manuscritos y un material precioso que ha sido compartido con cuentagotas, ejerciendo una influencia importante hasta nuestros días. Aun así, se abre una amplia falla entre la labor académica occidental y la evolución real de los hechos. Para profundizar más en tales cuestiones, habrá que acudir a investigadores locales, ninguneados casi siempre en las instituciones universitarias europeas hasta hace pocos años, hoy empiezan a ser reconocidos y algunos de ellos son profesores[2] de universidades acreditadas, forman parte de grupos de investigación y publican artículos científicos en las revistas más acreditadas de cada especialidad.

            Sin embargo, y para desesperación del interesado, a pesar de leer toda la producción bibliográfica[3] existente sobre la materia, quedará preso de cierta impotencia: ¿Cómo es posible que después de leer montañas de documentos, libros, incluso de haber viajado a tal o cual país del Magreb, siga escapándoseme la esencia de la espiritualidad magrebí? –Esto mismo me preguntaba yo hace más de veinte años. Leía, hablaba con eruditos de Mauritania o Marruecos, frecuentaba amistades con ulemas, imames, o con gente corriente y normal imbuida de cierto conocimiento natural y, sin embargo, no lograba penetrar en lo más profundo de la identidad magrebí.

            La dificultad de esta falta de entendimiento profundo radica en la transmisión cultural donde predomina la expresión oral por encima de la escrita, así como las reservas para hablar de ciertos temas con desconocidos, además de los pactos de silencio. En efecto, muchos de los hechos que han acontecido en el Magreb se han transmitido oralmente de generación en generación, principalmente en las tribus nómadas. Aunque disponían de la escritura en árabe o en otros idiomas locales, empleada casi siempre para hacer bellas copias caligrafiadas del Sagrado Corán, o de los Hadices, o de la Jurisprudencia, la poesía o las narraciones de los hechos eran orales, dando pie a hermosos estilos de narración oral, acompañados por instrumentos musicales sencillos o por las palmadas de los asistentes. Así, no es de extrañar que una buena parte de la producción intelectual no haya quedado reflejada en libros y documentos.

            Poco a poco fui introduciéndome en la sociedad magrebí, siempre de una forma limitada, pues son tantas las tribus, los idiomas y dialectos, los pueblos que necesariamente uno tiene que elegir el lugar geográfico y el ámbito social en el que pretende indagar. Este es un problema típico para los «investigadores de campo», condicionados por su propia cultura y por sus estudios previos. En mi caso, el ´salto` no fue científico sino religioso en primer lugar y científico después, ya que el ser admitido por una cofradía sufí como un hermano más conllevó en mí el deseo de conocer mejor aquello en lo que me había metido, y ya se sabe, una cosa conduce a la otra y de forma particular se acaba en el lugar que te reserva el destino, como suele decirse. Ese lugar fue Dakhla, ciudad situada al sur, fundada por los españoles con el nombre de “Villa Cisneros”. Allí recalé y desde allí inicié la segunda parte de mi exploración espiritual y el abordaje desde una perspectiva científica que conllevaba, por supuesto, abrirme a la realidad sahariana en todos sus ámbitos para, empapándome de esa cultura maravillosa, atisbar y conocer también otras culturas magrebíes como la bereber y sus manifestaciones religiosas. Constituyó el inicio de un camino que transité durante muchos años.

            Siempre he trabajado en aspectos donde confluían distintas orientaciones, especialidades y puntos de vista. En antropología, epidemiología y salud pública el abordaje de un problema es multidisciplinar, requiere el concurso de visiones diferentes que acaban por complementarse con teorías y propuestas. Esta forma de trabajar me había preparado para poder integrar distintos saberes: antropología, sociología, epidemiología, biología, historia… De todo ello tuve que tirar con la intención de construir un discurso coherente partiendo de la realidad que estaba viviendo. No se trataba de una “observación participante”, técnica empleada por los antropólogos, ni de ´triangular` los resultados de diversas observaciones y fenómenos, sino que partiendo del día a día involucrado en actividades de colaboración asistenciales, educativas y de promoción sociolaboral con organizaciones locales desde bases biopolíticas y solidarias, fui saboreando y valorando los muy numerosos matices de las sociedades magrebíes, ya digo, no de forma completa; pero sí lo suficientemente amplia como para hacerme una idea cabal de aquello que me interesaba, que no era otra cosa que la dimensión espiritual tamizada por mi propia experiencia religiosa, filosófica y científica, y por cierta visión poética de las situaciones que se me han presentado a lo largo de la vida.


[1] Constituye una base importante de información el libro escrito por Julio Caro Baroja titulado “Estudios Saharianos”, después de su estadía en el Sahara Occidental desde noviembre de 1952 hasta febrero de 1953, si bien solo se refiere al territorio que en aquellos años constituía la provincia española.

[2] Por ejemplo, Rahal Boubrik, profesor de la Universidad Mohamed V de Rabat (Marruecos) y colaborador de varias instituciones académicas de Europa, está desempeñando una fabulosa labor científica. Autor de numerosas obras en las que trata los aspectos religiosos en el Magreb.

[3] Los interesados/as pueden acudir a revistas como “Hesperis”, “Ibla” o “Revue Africaine”, entre otras.