Meditación desde Salamanca

La vida tiene una forma de ponernos a prueba. Hay momentos en los que el sufrimiento se siente insoportable y desearíamos poder escapar de él; pero la verdad es que, para sanar, primero debemos permitirnos sentir todo. Deja que duela. Deja que pique. Deja que el dolor se filtre en cada parte de ti hasta que lo hayas sentido todo. Porque solo así puedes empezar a sanar. Está bien llorar, gritar, sentir que te estás desmoronando. Eso es parte del proceso. Es parte de lo que nos hace humanos. Y es solo atravesándolo, sintiendo realmente todo, que podemos salir del otro lado más fuertes. En esos momentos de profundo sufrimiento, aprendemos más sobre nosotros mismos. Aprendemos cuánto podemos soportar, hasta dónde podemos llegar y qué es lo que realmente nos importa. Sufrir, por horrible que sea, nos moldea y nos enseña a ser fuertes. Y a medida que pasa el tiempo, ese sufrimiento comenzará a desvanecerse. No desaparecerá de la noche a la mañana, pero disminuirá. Los bordes afilados se suavizarán. El gran peso en tu pecho se aligerará. Un día, te despertarás y te darás cuenta de que sufrir ya no es lo primero en tu mente. Ahí es cuando sabrás que has comenzado a sanar. Sanar no significa olvidar. No significa pretender que nunca existió aquello que nos hizo sufrir. Significa aceptarlo como parte de nuestra historia. Significa aceptar las cicatrices y las lecciones que aportan. Así que, permítete sentirlo todo. No huyas. Acéptalo todo de frente. Permítete derrumbarte si es necesario. Y luego, cuando estés listo, comienza a reconstruirte. Poco a poco, vuelve a unirte, más fuerte que antes. La sanación no es un destino, es un viaje. Y es uno que comienza con sentir cada cosa en su momento. Después, continua caminando y haz lo que tengas que hacer.

Desde Salamanca con mis mejores deseos de paz y bien.

«Muchas son las angustias del justo, pero el Señor lo librará de todas ellas» (Salmo 34:19). 

La ilusión del tiempo


¿Qué es el tiempo? Una pregunta que puede ser abordada desde la física, la filosofía, la teología… «Tempus fugit», el tiempo vuela. Entre el instante de nuestro nacimiento y nuestra muerte, aparentemente distantes uno del otro, tenemos que construir nuestra vida, tomar decisiones, caminar… teniendo en cuenta que «nacemos situados», en un ambiente social determinado, con una carga genética, hereditaria y familiar concreta. Con esos materiales edificamos nuestro cotidiano existir. Lo que nos rodea ejerce influencia y poder. No es lo mismo nacer en familia rica o pobre, en un país occidental o en un país africano, estar sanos o venir ya con problemas de salud, a veces enfermedades graves. En cualquier caso, lo importante es cómo afrontamos las situaciones que nos toca vivir, qué estamos dispuestos a hacer para cambiar lo que no nos gusta y cómo nos situamos ante el mundo. Voluntad, disciplina, lealtad, compromiso… son valores a tener en cuenta. Seguimos. Paz y bien. “Sed sagaces, sed sencillos” (san Mateo 10, 16-23).

El poder del silencio


El poder del silencio reside en el hecho de que le da al hombre una voluntad que se endurece con el tiempo y lo hace fácilmente capaz de estar intensamente presente en sí mismo, y de dejar de desperdiciar su energía sumergiéndose en los rostros de las personas y en las conversaciones aburridas, y recurriendo a hablar constantemente de todo. El silencio recorre al hombre dentro de sí mismo, penetrando en él para descubrir sus capas profundas y explorar su interior más íntimo. Este silencio reduce la ansiedad existencial, el vacío espiritual y la sensación de falta de sentido. El silencioso está ocupado consigo mismo, el que habla mucho está ocupado con los demás, el que está ocupado consigo mismo deja de herir a los demás, y rara vez recurre a la violencia para resolver sus conflictos y gestionar sus problemas. Cuanto más chismorrean las sociedades, más violencia simbólica, verbal y física tienen, y más bajos son sus logros individuales y su producción social.

Vida espiritual


Una de las verdades que se está volviendo más evidente para mí es que estamos llamados a una vida espiritual profunda, más allá de las prácticas religiosas habituales. Tenemos que ser conscientes totalmente y escuchar la voz de Dios que resuena en nuestro corazón. Sólo desde esa dimensión podemos hacer pleno el Evangelio y obrar en consecuencia. Paz y bien.

¿Hacia el abismo?


Vivimos tiempos de crispación, insultos, delincuencia creciente, guerras sin fin, violencia y todo un abanico de conductas nihilistas. Parece que vamos hacia atrás, curiosamente con tecnología más sofisticada y más posibilidades de hacer las cosas bien; pero no, el egoísmo humano lo puede todo, o casi. Buen día. «Una de las señales de inteligencia es poder aceptar los hechos sin ofenderse.» (Richard Feynman).

¿Qué es la oración?

Con la oración tratamos de relacionarnos con Dios. Gran parte de nuestras vidas las dedicamos a prestar atención a las mil y una actividades cotidianas, algunas de las cuales son necesarias, otras no. Estamos ocupados ganándonos la vida, , planificando, atendiendo las necesidades domésticas, leyendo, viendo la televisión, Internet, escuchando música… Es posible que nuestra oración se pierda detrás de la rutina. Nuestros corazones pueden llenarse de múltiples relaciones, de abundantes posesiones, de calendarios que controlan nuestro tiempo. De repente (o no tan repentinamente) Dios puede ser empujado cada vez más lejos de nuestra conciencia. La oración se desvanece. Una de mis imágenes favoritas de oración proviene del poeta George Herbert (1593–1633), quien entendió la oración como “trueno invertido». Dios se comunica con nosotros de diversas maneras: truenos (y relámpagos), Escrituras, sacramentos, naturaleza, relaciones personales, la comunidad en general, eventos mundiales, nuestra Tradición, el magisterio de la Iglesia, nuestras intuiciones, nuestros sueños. Y respondemos a la iniciativa de Dios de múltiples maneras: alabanza por la gloria divina, acción de gracias por pequeños y grandes dones, intercesiones por las necesidades, perdón por nuestros pecados y los pecados del mundo. Llamada profunda, trueno a trueno, la oración es el diálogo misterioso entre el Creador y la criatura. Al orar tratamos de ver, oír, servir; se trata de permanecer en la presencia amorosa y misericordiosa de Dios. Pero ciertas condiciones son esenciales para una forma de vida que se vive con conciencia del misterio de Dios. En muchos sentidos, el Catecismo nos instruye en el arte del “trueno invertido al enfatizar la necesidad de pureza, humildad, amor y fe. Estas cuatro virtudes son disposiciones que nos permiten vivir en la presencia de Dios y nos empoderan para hacer la voluntad de Dios. Antes de observar la relación entre la oración y las virtudes de la pureza, la humildad, el amor y la fe, hacemos bien en reflexionar sobre una promesa que Dios nos hace a través del profeta Ezequiel. Es una promesa de un nuevo corazón, un nuevo espíritu. Nuestra capacidad de orar tiene sus raíces en un don que viene de Dios: “rociaré sobre ti agua limpia, y tú estarás limpio de todas tus inmundicias, y de todos tus ídolos te limpiaré. Te daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de ti; y quitaré de tu cuerpo el corazón de piedra y te daré un corazón de carne” (Ezequiel 36:25–27). No confiamos en nuestra propia capacidad para orar como deberíamos. Más bien, tenemos confianza en que Dios será fiel a la palabra profética y transformará nuestras vidas por medio de un corazón nuevo. Que Dios te bendiga.

Obsesiones políticas


Hay personas que están absolutamente obsesionadas con la cosa política. Rumian todo el tiempo las acciones y declaraciones de los políticos y gobernantes. Leen o ven todo tipo de noticias relacionadas con esos temas, ignorando muchas veces cuestiones más importantes para su cotidiano vivir. Incluso algunos viven en el enfado continuo y permanecen obsesionados. Resulta obvio concluir que ese tipo de comportamientos deviene en problemas psicológicos de distinta índole. No digo que el análisis socio político sea enfermizo. Todos tenemos opiniones y de una u otra forma las manifestamos y ejercemos la crítica; pero la obsesión siempre es enfermiza. La persona sana es, ante todo, alguien que no se deja dominar ni por modas, ni por eslóganes publicitarios, ni por los eventos políticos de cada día, sino que se mantiene en el centro de su ser y desde ahí canaliza y enfoca su vida Con mis mejores deseos de paz y bien, feliz día.

Muerte


Es conveniente reflexionar sobre la muerte. Parece que en el mundo actual da miedo, se evita; sin embargo, haciéndonos plenamente conscientes sobre nuestra desaparición en este mundo, podemos entender mejor la importancia que tiene para nosotros y para los demás cada día de nuestra existencia, el regalo que nos ofrece Dios. No se trata de que “lleve a Dios dentro de mí”. Eso sería demasiado mecánico. Es mejor decir que estamos llenos de la presencia de Dios junto con nuestras debilidades e imperfecciones. Experimentamos esto de manera más aguda dentro del Sacramento de la Reconciliación. Podemos sentir la gracia que opera en nuestro interior trabajando con nosotros y a nuestro alrededor. Esto significa que el Señor siempre está tocando nuestros corazones. Vivir permitiendo que Dios sea activo y dinámico dentro de nosotros. Puede que no sintamos su efecto, pero Dios nos toca de todos modos. Feliz día. “El vino nuevo se echa en odres nuevos” (san Mateo 9, 14-17).