El poder del silencio reside en el hecho de que le da al hombre una voluntad que se endurece con el tiempo y lo hace fácilmente capaz de estar intensamente presente en sí mismo, y de dejar de desperdiciar su energía sumergiéndose en los rostros de las personas y en las conversaciones aburridas, y recurriendo a hablar constantemente de todo. El silencio recorre al hombre dentro de sí mismo, penetrando en él para descubrir sus capas profundas y explorar su interior más íntimo. Este silencio reduce la ansiedad existencial, el vacío espiritual y la sensación de falta de sentido. El silencioso está ocupado consigo mismo, el que habla mucho está ocupado con los demás, el que está ocupado consigo mismo deja de herir a los demás, y rara vez recurre a la violencia para resolver sus conflictos y gestionar sus problemas. Cuanto más chismorrean las sociedades, más violencia simbólica, verbal y física tienen, y más bajos son sus logros individuales y su producción social.