San Carlos de Foucauld y Marruecos

El sabor de viajar

San Carlos de Foucauld sólo pasó un año en Marruecos. Pero lo que experimentó dejó una profunda huella en él. Cuando realizó su viaje de exploración a Marruecos, de junio de 1883 a mayo de 1884 , tenía apenas 25 años.

El relato de su viaje publicado en su libro «Reconnaissance au Maroc»¹ le valió la medalla de oro de la Société de Géographie de París.

Para entender “de dónde venía” y con qué ánimo inició su viaje, debemos recordar sus primeros años:

En 1881, siendo un joven oficial de 22 años, fue enviado con su regimiento a Argelia. Pero él valora su independencia y no quiere doblegarse ante los demás. Fue expulsado del ejército por indisciplina y mala conducta grave.

Unos meses más tarde, a petición propia, fue readmitido en el ejército, pero finalmente dimitió definitivamente en 1882. El 18 de febrero de 1882 le escribió a Gabriel Tourdes, un amigo de la escuela secundaria:

«…Odio la vida de guarnición: encuentro el trabajo aburrido en tiempos de paz, que es lo habitual (…) por eso hacía tiempo que había decidido abandonar mi carrera militar un día u otro. En ese estado de ánimo preferí irme inmediatamente: ¿qué sentido tenía arrastrar durante unos años más, sin ningún objetivo, una vida en la que no encontraba ningún interés? Prefiero disfrutar mi juventud viajando; «De esta manera al menos me educaré y no perderé el tiempo»  ²

Su estancia en el desierto argelino comenzó a cambiar su vida y le dio el gusto por la aventura. Diez años después, en una carta fechada el 21 de febrero de 1892 a su amigo Henri Duveyrier, escribió:

«…Pasé siete u ocho meses en una tienda de campaña en el Sahara de Orán, lo que me dio un gusto muy fuerte por los viajes, que siempre me habían atraído. Renuncié en 1882 para satisfacer libremente este deseo de aventura”. ³

¿Por qué Marruecos?

Primero planeó un largo viaje hacia Oriente, queriendo atravesar todo el norte de África, Arabia Saudita y llegar hasta Jerusalén, donde pensaba encontrarse con un médico que había conocido en el sur de Orán.

Le pide a su amigo del instituto, Gabriel Tourdes, que le consiga un montón de libros para prepararse para este viaje.  «…entiendes que sería una pena hacer viajes tan bonitos, estúpidamente y como un simple turista: quiero hacerlos en serio… 4

Pero de repente cambia de plan: ya no quiere ir hacia el este, sino en dirección opuesta:

A Marruecos para un viaje de exploración.

¿Por qué este cambio? Encontramos su gusto por la aventura, su carácter orgulloso con este proyecto extremadamente ambicioso de hacer algo que nadie antes que él ha podido hacer.

Tal vez es que después de una juventud y una carrera muy problemática, tiene sed de llenar un vacío con una experiencia fuerte, sed de tomar riesgos ilimitados, sed de triunfar en su proyecto personal. Por fin sed de lo absoluto.

Y ya veremos, ¡era absolutamente necesario llegar hasta el final! A su hermana Marie, que en enero de 1884 estaba preocupada y le pedía que volviera a Francia, le respondió: «Cuando uno se va diciendo que va a hacer algo, no debe volver sin haberlo hecho» 5

Una aventura peligrosa

Explorar Marruecos, un país hasta entonces en gran parte desconocido, no era posible para un europeo sin arriesgar su vida. Sólo ciertas zonas eran accesibles a los europeos.

Por un lado estaba el “Bled al Maghzen”, un país con poblaciones sometidas al sultán, y por otro lado el “Bled es-Siba”, un país donde la autoridad del sultán era cuestionada por tribus rebeldes que representaban 5/6 del país.

Preparándose para el viaje

A partir de junio de 1882, es decir a la edad de 24 años, San Carlos de Foucauld se preparó en la Biblioteca de Argel, ayudado por los mejores especialistas de la época, como Mac Carthy y el gran explorador Henri Duveyrier, durante un año para este viaje de exploración con estudios incansables en varios campos científicos como la geografía, la geología, la cartografía, la historia y también estudió árabe y hebreo (pero no bereber).

El que una vez fue considerado un holgazán se hizo un horario de trabajo del que dice: «…lo sobrecargué horriblemente: marca el comienzo del trabajo a las 7 de la mañana y el final a la medianoche, con dos descansos de media hora para las comidas – todo lo demás está dividido en pequeñas lecciones: el árabe tiene sus horarios, la historia, la geografía, etcétera. En cuanto a la correspondencia, … la relegé pues, en el momento en que la obra estaba terminada, a la medianoche. Pero cuando llego a esas horas, …tengo mucho sueño…” 6

Hay pues un cierto exceso, un rasgo de su personalidad que conservará toda su vida y que se convertirá en un «exceso en el amor».

San Carlos de Foucauld financió este proyecto personal enteramente con su fortuna personal y la de su familia, o más bien con lo que le quedaba de ella, pues en su juventud ya había dilapidado buena parte de su herencia, lo que le valió el asesoramiento de un abogado.

También tendrá algunas preocupaciones financieras a lo largo del camino debido a los sucesivos vuelos. Al llegar al Gran Sur, tendrá que dar un gran rodeo hasta Mogador (Essaouira) para conseguir algo de dinero, y luego, a la vuelta, a causa del pillaje de dos hombres que debían escoltarle, se verá obligado a vender sus mulas para poder llegar hasta la frontera argelina.

Viaja disfrazado de judío con un guía judío marroquí

La población que encontró en Marruecos era mayoritariamente musulmana, pero también había numerosas comunidades judías.

Debido al peligro que este viaje representaba para él como europeo, San Carlos de Foucauld había decidido disfrazarse de rabino judío, presentándose bajo el nombre de Joseph Alemán y hacerse acompañar por el rabino Mardoqueo Aby Serour.

Mardoqueo era un judío marroquí nacido en 1826 en Tintazart, cerca de Aqqa, en el sur de Marruecos, y por tanto tenía unos 57 años. Fue un viajero muy experimentado y famoso sobre todo por su viaje a Tombuctú.

Pero a menudo es el propio Carlos quien decide el camino a seguir, asumiendo enormes riesgos, contra el consejo de su guía. Así que en varias ocasiones casi perdió la vida allí.

Y la mayoría de las veces utiliza «yo» en su relato y muy raramente «nosotros», ¡como si estuviera viajando solo!

Si tuvo éxito en su exploración fue también gracias a los conocimientos de su guía y es sorprendente observar que sólo lo menciona siete veces en su libro «Reconnaissance au Maroc» y habla de sí mismo en otros lugares en términos bastante despectivos. En aquella época, antes de su conversión, ¡no se trataba de ser un “hermano universal”!

Su método de trabajo

Desde junio de 1883 a mayo de 1884 recorrió 3.000 km a pie, principalmente y a veces a lomo de mula, de los cuales 2.250 km eran completamente desconocidos.

Demostró capacidad para realizar observaciones muy precisas del terreno, la cultura, la organización política de Marruecos, competencia en diferentes temas y una gran resistencia durante este año en Marruecos.

Anotaba sus observaciones en un pequeño cuaderno de 5 cm cuadrados con un lápiz de 2 cm de largo, tomando la precaución de caminar delante o detrás de sus compañeros.

………….

1 Vizconde Charles de Foucauld, Reconocimiento en Marruecos, L’Harmattan 1998

2 Charles de Foucauld, Cartas a un amigo del instituto, Nouvelle Cité 1982, p.118

3 Antoine Chatelard, Charles de Foucauld, El camino de Tamanrasset, París, Karthala 2002, p.308

4 Charles de Foucauld, Cartas a un amigo del instituto, pág. 119

5 René Bazin, Charles de Foucauld, explorador en Marruecos, ermitaño en el Sahara, París, Plon, 1921, p. 72

6 Charles de Foucauld, Cartas a un amigo del instituto, p.125

Conversación con un erudito musulmán

Polvo, arena en suspensión, calor… así fui recibido al llegar a la ciudad de Dakhla un buen día de marzo en el vetusto avión comercial, más bien avioneta de 15 plazas, con origen en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Un sudor intenso recorría mi piel, mezclado con el de los pasajeros que -casi apretujados en rudos asientos de cuero- íbamos en la cabina de la aeronave.

Llegar a esta bella capital de provincias, constituía el final de una ruta que había empezado meses atrás, cuando me invitaron a pasar unos días en la ciudad marroquí de Meknés. Allí pude conocer un erudito especializado en historia quien me habló de las singularidades del Sahara, más allá de las cuestiones políticas acontecidas en la región durante las últimas décadas tras la famosa “Marcha Verde” protagonizada por los marroquíes y el posterior abandono del territorio por parte de España.

Sidi Mohamed era un hombre mayor que conservaba una lucidez increíble. Hablaba con naturalidad media docena de idiomas, había viajado por medio mundo pues tuvo un negocio textil con el que continuó uno de sus hijos, era de los pocos hombres de su generación con estudios universitarios, en concreto una licenciatura en filología árabe, había escrito unos cuantos libros de filosofía islámica y, en definitiva, se trataba de un hombre sabio, según el sentir popular y académico de su país; pero, más allá de su curriculum vital, Sidi Mohamed era, ante todo, un místico. Buena prueba de ello se sustentaba sobre un numeroso grupo de hombres y mujeres que conformaban una tariqa, es decir, una cofradía religiosa. Así, se había granjeado fama de santidad a pesar de que él renegase de tales calificativos. En cualquier caso, su tariqa, siendo pequeña respecto a otras mucho más grandes y antiguas, tenía una vitalidad tremenda.

Coincidí con Sidi Mohamed en un zoco del barrio antiguo de la ciudad. Yo estaba curioseando en un puesto ambulante y él llevaba un rato hablando con el comerciante. Al verme allí me saludó y rápidamente entabló conversación conmigo. Me dijo que estaba esperándome, ante lo cual, completamente asombrado, le pregunté que cómo era posible si no nos conocíamos. Lo que siguió fue un silencio prolongado con una invitación posterior a acompañarle a su casa. Mi situación de invitado en casa de unos amigos me hizo rechazar amablemente la invitación; pero él insistió, de tal forma que al final acepté; pero, eso sí, con la consideración de avisarlos por teléfono.

La casa estaba a las afueras de la ciudad, no muy lejos del zoco, así que fuimos caminando. El día no propiciaba un lento y plácido paseo conversando. Por el contrario, fuimos a buen paso. Un cielo con grandes nubarrones presagiaban tormenta.

Ya en el interior me di cuenta de las dimensiones del edificio, con patio interior incluido y algunos jardines. Más que una casa se trataba de un conjunto de edificios separados unos de otros. Había gente por todas partes que saludaban a Sidi Mohamed casi con reverencia. Me condujo a una estancia enmoquetada y con ningún mueble, salvo los cojines en el suelo para recostarse. Una pequeña mesa en el centro de la estancia tenía varios jarrones con zumos diversos y una cesta repleta de frutos secos y dátiles.

Sidi Mohamed me cumplimentó y mientras preparaba él mismo el té, se entretuvo contándome sus viajes por España, Francia, Italia y otros países europeos, en busca de tejidos, telas, etc. Conocía Europa mucho mejor que yo.

En ese encuentro aprendí varias cosas que me hicieron mucho bien; pero sobre todo lo más importante fue una amistad naciente que fuimos cultivando con el paso de los años, a pesar de la diferencia de edad, pues él ya era abuelo, de barba blanca y arrugas pronunciadas en su rostro. No sabría decir su edad y tampoco me atreví a preguntarle nunca.

Lo primero que tienes que saber -me dijo, es que el islam va más allá de dogmas y rituales, se trata de una cosmovisión que impregna cada acto del musulmán. Esto le diferencia de otras religiones, incluso del cercano cristianismo, pues la vida ordinaria del creyente es confirmar en su interior la certeza de la unicidad de Dios, Allah para nosotros, de una forma absoluta y radical. Esto tiene implicaciones para nuestra vida; pero de ello sabrás más cuando te impregnes de la profundidad del desierto.

¿Y por qué piensa que iré al desierto? He venido aquí como invitado a pasar unos días y conocer Marruecos. Volveré a España dentro de una semana para continuar con mi vida -le dije totalmente convencido.

Él reflexionó un momento, se levantó, llamó a alguien que acudió en un instante. Le dijo algo en el idioma local del que yo apenas balbuceaba unas cuantas palabras.

Mira -se volvió hacia mí mientras salía el hombre que había entrada instantes antes en el salón- nada es casual. Cuando te dije en el zoco que te esperaba fue porque así era. Sabía que pronto coincidiría con un occidental. Por otro lado,  estás en casa de los hijos de Yassín, una familia amiga de la mía desde hace generaciones, y él me advirtió sobre tu llegada a la ciudad, tus estudios, tu trabajo, en fin… esas cosas que suelen describir a la persona.

¿Entonces no se trataba de adivinación o brujería? -Le pregunté casi con alivio.

Se produjo un silencio que dio pie a una sonora carcajada. -No, para nada. Esta ciudad no es muy grande y las noticias vuelan, más si viene un extranjero a casi de Yassín. Mira, -me dijo enfatizando las palabras- adivinadores y brujos y brujas hay, claro que sí, la mayoría gente alejada del islam pues el profeta Mohamed, la paz sea con él, nos señaló muchas veces el pecado ya señalado en el Sagrado Corán para esas personas que se dedican a prácticas consideradas prohibidas o poco recomendables, así como para los que consultan a tales personas. No. En esta casa no entran esas prácticas ocultistas y satánicas. Nosotros somos más prosaicos y dejamos la superstición fuera de nuestras vidas.

Me habían dicho que en el Magreb son comunes esas cosas -le dije con un punto de atrevimiento.

Sí, ¿en dónde no? -respondió; pero no por ello dejan de ser algo malo. Lo mejor es estar alejados de quien lo practica.

Lo segundo que tienes que hacer -continuó hablando, cambiando totalmente de tema- es, como te he dicho antes, viajar por el desierto. Esto es importante.

¿Por qué? -Le interrumpí

 Allí lo sabrás. Tu vete cuanto antes. Encontrarás beduinos auténticos.

En fin, la conversación continuó al menos una hora más hasta el momento de rezar el salat, la oración ritual, tras cuya llamada Sidi Mohamed se fue. Como yo no sabía que hacer salí de la habitación y pregunté a una mujer que por donde se salía. Esperé unos quince minutos por si regresaba mi anfitrión y al no hacerlo decidí volver al piso que había alquilado

Al día siguiente tenía muy fresca la conversación del día anterior. Después del desayuno quise pasar la mañana en mi habitación repasando notas que había traído y escribiendo aquellas cosas de las que me acordaba.  Sidi Mohamed me dio algunas indicaciones muy interesantes y había despertado en mí la curiosidad por ese Sahara no ajeno a los españoles dado que un territorio nada despreciable fue provincia española.