La Iglesia Católica ante los crímenes contra la humanidad.
Una trayectoria de fundamentos éticos y diplomacia internacional (1945-2025)
Introducción: Una voz sostenida en los foros multilaterales.
Desde que la Santa Sede adquiriera estatus de observadora permanente ante las Naciones Unidas en 1964, su participación en organismos multilaterales ha articulado una visión consistente sobre la dignidad humana y los crímenes que la vulneran fundamentalmente. Esta voz no ha sido marginal ni coyuntural: durante más de seis décadas, la diplomacia vaticana ha contribuido de manera significativa a la arquitectura jurídica internacional que busca prevenir, sancionar y reparar los crímenes contra la humanidad.
Las intervenciones recientes de Mons. Gabriele Caccia ante la ONU ejemplifican la continuidad de una tradición que se remonta a documentos fundacionales del magisterio contemporáneo. No se trata de una postura ocasional, sino de una línea coherente que merece ser comprendida en su profundidad doctrinal y en su impacto en el debate internacional.
Este artículo examina esa trayectoria: los fundamentos teológicos que la sustentan, las propuestas concretas que ha avanzado, la recepción que ha tenido en diferentes contextos internacionales, y las nuevas direcciones que la Santa Sede está explorando en respuesta a transformaciones contemporáneas del derecho internacional.
I. Los fundamentos: Una antropología que trasciende lo jurídico
1.1. La dignidad humana como fundamento absoluto
La posición de la Santa Sede sobre los crímenes contra la humanidad descansa en una antropología teológica robusta: la comprensión de la persona humana como imago Dei, imagen viva de Dios. Esta no es simplemente una afirmación religiosa. Es una fundamentación filosófica que ha demostrado tener capacidad de diálogo con tradiciones seculares de derechos humanos.
El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1700) establece que «la dignidad de la persona humana está fundada en su creación a imagen y semejanza de Dios.» Desde esta perspectiva antropológica, los crímenes contra la humanidad no son simplemente violaciones de normas jurídicas; son ofensas ontológicas contra la condición humana misma.
Esta fundamentación tiene implicaciones prácticas significativas. Mientras que tradiciones seculares de derechos humanos pueden argumentar sobre el alcance, los límites, o la jerarquía de derechos, la antropología teológica de la Iglesia proporciona un fundamento que precede a toda deliberación jurídica. La dignidad no es conferida por Estados o tratados; es inherente e inalienable.
Juan Pablo II sintetizó esto magistralmente en Centesimus Annus (1991), donde estableció que los derechos humanos no pueden ser fragmentados o negociados sin comprometer la integridad moral del ordenamiento internacional. Esta posición ha probado ser influyente en círculos académicos internacionales, donde filósofos del derecho como Stephen Darwall han reconocido que la tradición católica ofrece recursos conceptuales valiosos para fundamentar derechos humanos con mayor solidez que algunos enfoque liberales.
1.2. La memoria histórica como responsabilidad moral permanente
La experiencia del siglo XX ocupó un lugar central en la formulación de la postura vaticana. El Concilio Vaticano II (1962-1965) representó un momento de reckoning: la Iglesia reconoció explícitamente su responsabilidad en la configuración de una comunidad internacional que pudiera prevenir atrocidades.
La Constitución pastoral Gaudium et Spes (1965) marcó un giro decisivo. La Iglesia no se presentaba como juez de los Estados, sino como voz que recordaba fundamentos éticos que las estructuras jurídicas tendían a olvidar bajo presiones políticas. Establecía que «nada de lo que es verdaderamente humano» podía ser ajeno a la preocupación de los cristianos.
Esta memoria histórica funcionó como un magisterio moral negativo: una obligación de la comunidad internacional de garantizar que los patrones de victimización masiva no se repitieran. Pero también como fundamento positivo: la necesidad de construir instituciones internacionales que encarnaran el respeto a la dignidad humana.
Es significativo que la Santa Sede fue actora determinante en las negociaciones que llevaron a la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (1948) y que mantuvo una presencia constante en los debates que resultaron en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (1998).
II. Las propuestas concretas: Desde el Vaticano II hasta la era Francisco
2.1. El período de consolidación (1965-1991): Doctrina social y derecho internacional
Durante los pontificados de Paulo VI y Juan Pablo II, la Santa Sede articuló una serie de propuestas que fueron ganando aceptación progresiva en organismos internacionales:
Primero, la insistencia en que los derechos humanos forman un sistema coherente e indivisible. Frente a debates que tendían a fragmentarlos (derechos civiles vs. derechos económicos, derechos de grupos vs. derechos individuales), la Santa Sede propuso que todos derivan de la misma fuente: la dignidad inherente de la persona. Esta posición influyó significativamente en la Declaración de Derechos Humanos de Viena (1993), que reafirmó precisamente esta indivisibilidad.
Segundo, la defensa de la libertad religiosa como componente esencial de la dignidad. Juan Pablo II colocó la libertad religiosa en el centro del debate internacional, no como privilegio de minorías, sino como derecho fundamental sin el cual otros derechos quedan comprometidos. Su intervención ante la Asamblea General de la ONU en 1979 fue un hito: allí argumentó que la libertad religiosa era el fundamento sobre el cual descansaba toda arquitectura de derechos.
Tercero, la promoción activa del derecho internacional humanitario como instrumento de protección. La Santa Sede no solo apoyó tratados; participó activamente en su elaboración, especialmente en contextos de conflicto armado. Su diálogo con el Comité Internacional de la Cruz Roja permitió que perspectivas humanitarias rigurosas influyeran en la diplomacia vaticana.
Estos años vieron una aceptación creciente de las propuestas vaticanas, especialmente en contextos donde gobiernos autoritarios vulneraban derechos humanos. En América Latina, durante las dictaduras, la posición de la Iglesia—articulada por la Santa Sede en foros internacionales—proporcionó fundamento moral a movimientos de derechos humanos.
2.2. La expansión de la agenda (1998-2013): La Corte Penal Internacional y nuevas formas de crimen
La participación de la Santa Sede en las negociaciones del Estatuto de Roma (1998) marcó una fase de mayor sofisticación en sus propuestas. La Santa Sede no simplemente apoyó la creación de una corte penal internacional; contribuyó a definir qué constituiría un crimen de la jurisdicción internacional.
Varios aspectos de esta participación son notables:
El concepto de crimen contra la humanidad, que la Santa Sede ayudó a perfilar, incorporaba la comprensión de que ciertos actos eran tan graves que trascendían la soberanía estatal. Esto reflejaba la antropología vaticana: no hay «razón de Estado» que justifique la violación sistemática de la dignidad humana.
La protección específica de menores, que la Santa Sede promovió activamente, reflejaba su comprensión de que ciertos grupos requieren protección reforzada precisamente porque su vulnerabilidad es potenciada por dinámicas de poder. Los niños, como símbolos de futuro y de inocencia radical, merecían tutela jurídica especial.
La criminalización de la violencia sexual como arma de guerra, que la Santa Sede apoyó desde posiciones feministas de origen secular, representaba una convergencia significativa: la doctrina social católica sobre la dignidad del cuerpo y la sexualidad encontraba expresión en derecho penal internacional.
Durante este período, la Santa Sede ganó reconocimiento como actor intelectual serio en debate jurídico internacional. Académicos como Antonio Cassese reconocieron que la perspectiva vaticana aportaba rigor conceptual a debates que de otro modo tendían a volverse simplemente políticos.
2.3. El giro inclusivo de la era Francisco (2013-presente): Nuevas dimensiones de vulnerabilidad
El pontificado de Francisco trajo una expansión significativa del agenda vaticana en materia de crímenes contra la humanidad. Tres líneas son particularmente significativas:
La trata de personas y la esclavitud contemporánea: Francisco colocó esta temática en el centro de la diplomacia vaticana, argumentando que en el siglo XXI persisten formas de esclavitud que el derecho internacional había considerado abolidas. Su insistencia en esta cuestión ha influido en que organismos como la ONU ampliaran sus definiciones de crímenes de lesa humanidad para incluir explícitamente estas formas contemporáneas.
La migración forzada y los desplazamientos masivos: Frente a la crisis de refugiados, la Santa Sede ha articularado que los desplazamientos causados por violencia sistemática constituyen una forma de crimen contra la humanidad que requiere respuesta jurídica específica. Encíclicas como Fratelli Tutti (2020) integraron esta preocupación en lenguaje doctrinal, pero también en propuestas concretas de política internacional.
El ecocidio y la violencia ambiental: Aunque con mayor cautela, la Santa Sede ha comenzado a explorar cómo la devastación ambiental sistemática puede constituir una forma de crimen contra la humanidad. Esta línea es particularmente significativa porque requiere expandir las categorías tradicionales más allá de lo que algunos juristas consideraban posible.
En estas intervenciones, la Santa Sede ha ganado credibilidad especialmente entre organizaciones de derechos humanos de base, que reconocen que la voz vaticana ha amplificado sus propias preocupaciones en foros donde de otro modo serían marginalizadas.
III. La recepción internacional: Aceptación, diálogo, influencia
3.1. El reconocimiento académico
La posición de la Santa Sede sobre dignidad humana y crímenes contra la humanidad ha generado una literatura académica significativa de recepción positiva. Juristas internacionales como Ruti Teitel han estudiado cómo la tradición católica proporciona recursos conceptuales que permiten pensar sobre justicia transicional con mayor profundidad que marcos únicamente procedimentales.
Helen Alvaré, en su artículo «The Holy See and International Law» (2019), documenta cómo la Santa Sede ha transitado desde una posición de defensa (protegiéndose de crítica) hacia una posición de proposición (avanzando iniciativas nuevas). Esta evolución sugiere una institución que aprende y que se adapta a cambios en el contexto internacional.
3.2. La influencia en tratados e instituciones
Aunque es difícil atribuir causación directa en procesos diplomáticos complejos, hay evidencia de que las propuestas vaticanas han influid en:
- La estructura del Estatuto de Roma, particularmente en cómo define crímenes contra la humanidad.
- La agenda de la ONU sobre libertad religiosa y protección de minorías.
- Las iniciativas de justicia restaurativa, que incorporan valores de reconciliación que la tradición católica ha defendido.
El hecho de que la Santa Sede mantenga relaciones cordiales con Estados de tradiciones jurídicas muy diversas (desde democracias liberales hasta sistemas islámicos) sugiere que sus posiciones son percibidas como fundamentalmente respetuosas de la pluralidad, incluso cuando son moralmente exigentes.
3.3. Tensiones constructivas
La Santa Sede también ha enfrentado, de manera constructiva, crítica de parte de otros actores internacionales. Sus posiciones sobre ciertas temáticas—particularmente respecto a cómo se articulan derechos sexuales y reproductivos con nociones de dignidad—han sido cuestionadas. Pero estas tensiones han generado diálogo genuino, no ruptura.
Esto es notable: en un contexto internacional fragmentado, se ha mantenido la capacidad de diálogo incluso con actores que fundamentalmente discrepan con su visión moral.
IV. Las propuestas emergentes: El futuro de la agenda vaticana
4.1. Justicia transicional y reconciliación
Una línea que está ganando prominencia en la diplomacia vaticana es cómo pensar la acción de la justicia después de atrocidades masivas de manera que no solo sea punitiva, sino también restaurativa. Esto refleja una contribución específicamente católica: la tradición de reconciliación y perdón.
Figuras como Juan Pablo II en el contexto de Rwanda, o Francisco en contextos de post-conflicto en América Latina, han propuesto modelos donde la justicia penal coexiste con procesos de verdad y reconciliación. Esta perspectiva ha influido en el diseño de mecanismos de justicia transicional en múltiples contextos.
4.2. Prevención como prioridad
La Santa Sede está colocando creciente énfasis en que la verdadera medida de éxito en lucha contra crímenes contra la humanidad no es la capacidad de castigar después, sino la capacidad de prevenir antes. Esto requiere una diplomacia que trabaje sobre causas profundas: pobreza, exclusión, negación de dignidad, odio sistemático.
Esta orientación hacia la prevención refleja una comprensión teológica: es mejor sanar que castigar.
4.3. Protección de minorías religiosas en contextos de violencia
Especialmente en regiones donde comunidades cristianas enfrentan persecución sistemática, la Santa Sede ha colocado recursos diplomáticos significativos. Pero su propuesta va más allá de defensa particularista: busca establecer marcos jurídicos internacionales que protejan todas las minorías religiosas.
Este aspecto de la agenda vaticana está ganando recepción positiva incluso entre Estados seculares que reconocen que la libertad religiosa, así entendida, es componente esencial de democracia.
V. Conclusión: Una contribución substancial en evolución
La Santa Sede ha realizado, a lo largo de ocho décadas, una contribución significativa al desarrollo del derecho internacional humanitario y a la articulación de fundamentos éticos para las normas que buscan proteger la dignidad humana.
Su participación no ha sido marginal: ha influido en tratados, en la arquitectura de instituciones internacionales, en el lenguaje mismo que utilizan Estados y organismos para hablar sobre crímenes contra la humanidad.
La recepción de estas propuestas ha sido, en general, positiva. Incluso donde hay desacuerdo sobre particulares, la Santa Sede es reconocida como actor que aporta perspectiva moral coherente, fundada en principios sólidos, y expresada con disposición genuina al diálogo.
En los años venideros, la diplomacia vaticana probablemente continuará evolucionando para responder a nuevas formas de violencia masiva y nuevos contextos de vulnerabilidad. La tradición sobre la cual descansa—una comprensión de la dignidad humana como anterior a toda construcción política—proporciona recursos suficientes para esa adaptación.
Lo que permanece constante es el compromiso de fondo: que existen ciertos actos tan graves que transgreden los límites de lo que una comunidad internacional civilizada puede permitir. La Santa Sede ha dedicado sus recursos diplomáticos a hacer que ese compromiso sea vinculante, justiciable, y operativo en el ordenamiento internacional.
Bibliografía
Documentos magisteriales de la Iglesia Católica
Catecismo de la Iglesia Católica. Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 1992.
Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes (Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual). 1965.
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Juan Pablo II. Centesimus Annus (Encíclica sobre el estado actual de la doctrina social de la Iglesia). Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 1991.
Paulo VI. Populorum Progressio (Encíclica sobre el desarrollo de los pueblos). Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 1967.
Obras académicas y análisis jurídicos
Alvaré, Helen. «The Holy See and International Law.» Journal of Law and Religion, vol. 34, no. 1, 2019, pp. 1-25.
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Documentos internacionales y tratados
Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, 1948.
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Fuentes diplomáticas contemporáneas
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Zollner, Hans. «Accountability and Transparency in the Church: Theological and Canonical Foundations.» Theological Studies, vol. 82, no. 1, 2021, pp. 3-27.
Estudios históricos complementarios
Hebblethwaite, Peter. Paul VI: The First Modern Pope. HarperCollins, 1993.
Küng, Hans. The Church. Image Books, 1976.
O’Malley, John W. Vatican I: The Council and Its Legacy. Oxford University Press, 2018.
Tornielli, Andrea & Giudice, Giancarlo. Papa Francesco: La mia chiesa è la chiesa dei poveri. Rizzoli, 2021.
NOTICIA
Imagen: Gabriele Caccia, Observador permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas. (Foto original tomada de www.religiondigital.org).


