El viejo del bastón colorado.

En días pasados presenté este libro que ya se puede leer (el enlace de descarga más abajo). Añado aquí la introducción:

Estoy en la playa, ajeno al drama cotidiano del mundo. He llegado a este lugar con la mente en paz y sereno. El mar parece un fino espejo de color turquesa donde veo reflejado el universo entero. Se respira armonía por doquier. Concentro la mirada en un grupo de aves que aún permanecen somnolientas. Son flamencos. La tarde anterior admiré su vuelo formando una pequeña constelación rosácea que iba alejándose por el este, hacia el interior del desierto, pero no llegarían muy lejos. El desierto no es apropiado para esos animales. Ahora están cercanos, ignorando mi presencia, disfrutando tal vez de un reposo nocturno que ya tocaba a su fin.

No sopla el viento, algo raro en esta región, sacudida de forma casi ininterrumpida por vientos que provienen de todas las direcciones, capaces de transportar la arena caliente hasta precipitarla con frecuencia océano adentro. En alguna ocasión me dijeron que este viento podía llevar la arena hasta el mismísimo continente europeo. Lo creo. Todo es posible para el desierto más grande del mundo. Lo sé y lo he comprobado mil veces.

Ya no piso el límite occidental para deleitarme con recuerdos de la juventud sino para despedirme de algunos familiares cuyas jaimas siempre instalan por aquí, al lado del mar y alejados de las ciudades y pequeñas poblaciones. Siguen viviendo en el desierto, aunque se han convertido en beduinos pescadores, algo no muy habitual en mi tribu; sin embargo, las costumbres cambian arreglo a los usos sociales del momento. Poco queda de mi cultura y me produce desazón, aunque nunca me he permitido enfados y disgustos. El mundo es como es. Todo acaba por cambiar. “El mundo es el disfrute del engaño”, recuerdo con frecuencia esas palabras del Sagrado Corán. Creo que conozco bien este aspecto de la Creación.

Oigo voces de turistas. Solo ellos pueden gritar tanto y me desperezan, también a los flamencos que, asustados, arman gran revuelo. Al parecer han madrugado. ¡Turistas aquí! Turistas por todas partes. Es inevitable.

He pasado la noche en vela, solo, rezando y meditando, y sufro el cansancio. No en vano la edad deja huella en el cuerpo. ¿90 años?, ¿95? No estoy seguro. Nunca supe la fecha de nacimiento. No es importante. He vivido la colonización española y la entrada de Mauritania después, y más tarde la de Marruecos. He visto mucha sangre derramada por nada, batallas libradas por un pedazo de tierra. Morir por la tierra, ¡qué absurdo! La tierra tiene un solo propietario y no es de este mundo. ¿Por qué disputarse algo que es un regalo para todos?

El día anterior uno de mis nietos me acercó en su coche hasta aquí. Habría preferido venir en mi vieja camella, pero ella y yo no estamos para muchos trotes. El nieto quiso acompañarme e insistió en quedarse. No se lo permití. Quería la soledad. Poco tiempo me queda de vida y deseo aprovecharlo.

Nunca he recibido enseñanza formal. Aprendí a leer y escribir en la madraza de mi abuelo, después dirigida por mí. Allí saboreé los secretos del islam y memoricé en solo unos meses el texto coránico, con varios estilos de recitación, así como los hadices sobre el Profeta, la paz sea con él. Con el tiempo adquirí alguna notoriedad e incluso vinieron a la madraza nuevos estudiantes y seguidores, pero nada de esto es importante ¿verdad? Lo verdaderamente importante es alabar a Dios sin parar. A ese propósito he dedicado la vida entera, y también a cuidar de la familia y del ganado. ¿Qué mejor actividad para un hombre?

Contemplo el cielo. El sol despunta y riega con sus rayos la extensa playa. Días atrás escribí un texto sencillo donde plasmé algunas reflexiones que me parecieron oportunas hacer. Uno de mis hijos las leyó y quiso una copia. Tal vez podría ser útil. No sé. En cualquier caso, aquí estoy dispuesto a revisar el texto y olvidarme del mundo. ¡Ja!, mis reflexiones y yo. Y al final, la nada. Solo silencio.

(COMPRAR)

Altruismo, empatía, honradez


Con frecuencia oímos expresiones referidas a un tercero como ¡es buena persona! Se supone que esta clasificación está basada en un criterio moral admitido por la sociedad de la que formamos parte; pero con independencia de cuestiones morales ¿qué define a la buena persona? Aquí van algunas características: -Empatía. La persona empática actúa siempre con buenas intenciones y no juzga a nadie. -Mentalidad abierta y acogedora. No siempre tenemos razón en todo. Comprender y ayudar a los demás es admitir que nosotros podemos estar equivocados y cometemos errores. – Altruismo; pero sin olvidar que en primer lugar debemos cuidarnos a nosotros mismos para poder ayudar a los demás. – Abrazar los éxitos ajenos como propios. Alegrarse. – Honradez; pero con sensibilidad. Abordar las conversaciones difíciles con amabilidad, cariño y respeto. – Ser agradecido, coherente, humilde, saber pedir perdón sin rencor… Y tú ¿eres buena persona?

El espacio místico del Magreb

Hablar del Magreb es harto complicado. ¿A qué nos referimos con este término? ¿Se trata de un espacio geográfico? ¿Un país? ¿Un conjunto de países? ¿Una definición geopolítica?

El Magreb es todo eso y mucho más; pero si buscamos información en Internet y nos asomamos a fotografías satelitales veremos un inmenso espacio ocre. A vista de pájaro el Magreb es desierto, o así lo parece. Y ciertamente el desierto abarca una buena parte del territorio. Al acercar el campo de visión percibimos una realidad que va perfilándose en un mosaico cromático en el que adivinamos montañas, ríos, valles, ciudades, pueblos, …

El primer contacto del ciudadano occidental con el Magreb suele producirse viajando como turista a alguno de los países que reciben el sobrenombre de ´magrebíes`. Así, resulta habitual visitar Marruecos o Túnez, y menos corriente acercarse a Argelia, Libia (hoy muy difícil debido a la guerra que sufre) o Mauritania. Con ello acabo de citar los cinco países que según la división administrativa actual configuran ese espacio del norte de África. Pero claro, lo administrativo y político no implica un ajuste perfecto con la realidad humana y social, es más, a veces se vertebra un marco geopolítico sin tener en cuenta la diversidad antropológica e histórica.  En cualquier caso, el viajero que decide visitar alguno de esos países tendrá siempre una visión muy parcial.

Estamos hablando de un espacio gigantesco. Solo el desierto del Sahara es 20 veces más grande que España. El Magreb completo ocupa cerca de 20 millones de kilómetros cuadrados.

A los países citados yo añado buena parte de Malí, por la razón de que al menos todo el norte maliense es desértico y en él han prosperado tribus –los famosos Tuaregs- nómadas, presentando semejanzas geográficas, étnico lingüísticas y culturales con los países aludidos.

Como se puede comprobar, no es tan sencillo delimitar el Magreb y menos sencillo aún describir lo que hay en ese espacio, su historia, su diversidad étnica, cultural, tribal, etcétera. La razón de estas dificultades hay que buscarla en el periodo de la colonización africana por parte de algunos países europeos. Las potencias occidentales fueron ocupando regiones y territorios ignorando en buena medida la riqueza histórica y humana de las poblaciones sometidas al poder del llamado “primer mundo”. La posterior ´descolonización` no resultó un proceso homogéneo y respetuoso con los pueblos sometidos. En todo ese tiempo se cometieron todo tipo de barbaridades, entre ellas el saqueo sistemático de bibliotecas enteras con manuscritos de un valor incalculable, la destrucción de modos de vida ancestrales en virtud de los criterios impuestos desde las cancillerías europeas, por ejemplo, trazando fronteras artificiales con escuadra y cartabón sobre un mapa para delimitar los países, lo cual alteró, entre otras muchas actividades, el nomadismo, piedra angular de las culturas beduinas, o las prácticas de piedad populares, como las peregrinaciones a las tumbas de los santos sufíes, o la destrucción sistemática de madrazas y otros espacios de enseñanza. En fin, el rosario de desastres es enorme.

            Fruto de aquellas arbitrariedades basadas en la prepotencia y dominio político y militar de los países europeos, el Magreb fue hundiéndose en la inestabilidad, la corrupción estructural de la sociedad, la pérdida de las diferentes identidades culturales, la homogeneización artificial de costumbres, las ambiciones políticas de una nueva generación de líderes locales formados casi todos en centros universitarios occidentales, el crecimiento de la población bajo criterios de alcanzar una prosperidad “a la europea”, el surgimiento de nuevos conflictos territoriales, como el famoso del Sahara Occidental y los Saharauis, devenido así desde la salida de España de su “provincia sahariana” en 1976, etcétera.

            Es todavía ahora, en pleno siglo XXI, cuando el Magreb sigue sumido en un conjunto de problemas que se han enquistado y que han impedido en gran medida un desarrollo social acorde con los nuevos tiempos. A pesar de ello, la población magrebí ha experimentado extraordinarios avances en numerosos ámbitos de la vida, variando de unos países a otros.

            Pero todo ello, en mi opinión, palidece ante un hecho que con frecuencia pasa desapercibido para los analistas occidentales y también para buena parte de los magrebíes. Me refiero a la “dimensión mística del Magreb”, expresión con la que defino el componente más importante de las culturas que se desarrollaron en el África del Norte.

            El misticismo, entendido al modo occidental, es un don de Dios que se recibe en gran medida por la vía ascética, es decir, renunciando a los “placeres del mundo”. Se trata de un ámbito minoritario producido en el cristianismo monástico y el eremitismo, especialmente a partir del siglo IV de nuestra era con el surgimiento de los llamados “Padres del Desierto”.

            En el Lejano Oriente, el misticismo se cultiva en una suerte de ascetismo y estudio de la mente mediante ejercicios de meditación intensa, yoga, contemplación, hasta que surge la iluminación. Son los caminos propios del hinduismo y el budismo.

            En el Magreb, como en buena parte del Medio Oriente, la mística se desarrolla apegada a la tierra, al nomadismo, al espacio geográfico, en un ascetismo compartido por la familia, el clan, la tribu. Donde iban las familias llevaban consigo la dimensión mística fraguada en los grandes espacios abiertos del desierto, los valles o las montañas. No se entendía una tribu sin sus místicos, hombres considerados santos, virtuosos, capaces de obrar prodigios, ´milagros`, un misticismo surgido en el islam temprano, tomando como ejemplo y guía las prácticas meditativas del profeta Mohammed, la paz sea con él.

            Un misticismo practicado “hacia dentro”, y un misticismo “practicado hacia fuera”. Esta fue la gran diferencia del Magreb que se ha mantenido, no sin desviaciones y contaminaciones externas, hasta nuestros días.

            Esta peculiaridad de las tribus magrebíes permitió que después de una historia de encuentros y desencuentros, colonización y descolonización, el Magreb siga atrapando y cautivando al viajero en la actualidad, pues toda la grandeza de sus gentes y de sus pueblos se debe precisamente al componente místico y religioso que los vertebró y que de alguna forma impregnan el cotidiano vivir.

            En definitiva, el devenir histórico del Magreb presenta un amplio abanico de ´historias` paralelas, periodos oscuros, olvidos, reconstrucciones interesadas, conclusiones occidentalizadas, desconocimiento de hechos que marcaron profundamente la idiosincrasia ancestral de sus gentes… la tarea de reconstrucción de los hechos es ingente y, me temo, casi imposible de realizar.

            No es objeto de este ensayo entrar en la discusión de tales cuestiones, puesto que ni soy historiador ni lo pretendo y la extensión necesaria para tratar dichas cuestiones implicaría la escritura y edición de varios volúmenes. Por otra parte, mi interés es el ámbito religioso, no tanto en su vertiente teológica sino en los aspectos cotidianos de una práctica que, como decía más arriba, han sido la argamasa para edificar el imponente espacio social magrebí. Tampoco es baladí el empeño.

            El hispanófono que pretenda desenmarañar la historia religiosa del Magreb, como es mi caso, se llevará una severa frustración inicial: la poca bibliografía[1] existente en idioma español. Tendrá que rebuscar en libros de historia general, de antropología y sociología, la mayoría de ellos demasiado especializados en sus áreas de estudio. Acudirá a revistas especializadas en arabismo, en africanismo, en ciencias políticas. Tal vez visite algunos archivos y bibliotecas, y acabará por sumergirse en el ámbito del sufismo magrebí, corriente mística del islam; pero no el único tipo de misticismo existente en estas tierras. Si desea ir más allá, necesitará leer textos académicos escritos por autores franceses, verdaderos especialistas en estos temas y quizá en Europa los que mayor empeño han tenido en estudiar a fondo la historia y la religión de los pueblos magrebíes. Lo tenían más fácil al ser Francia potencia colonial poderosa en todo el norte y oeste de África. Ellos acapararon las fuentes informativas, localizaron los grandes centros intelectuales y sustrajeron manuscritos y un material precioso que ha sido compartido con cuentagotas, ejerciendo una influencia importante hasta nuestros días. Pero aun así se abre una amplia falla entre la labor académica occidental y la evolución real de los hechos. Para profundizar aún más en tales cuestiones, habrá que acudir a investigadores locales, ninguneados casi siempre en las instituciones universitarias europeas hasta hace pocos años, hoy empiezan a ser reconocidos y algunos de ellos son profesores[2] de universidades acreditadas, forman parte de grupos de investigación y publican artículos científicos en las revistas más acreditadas de cada especialidad.

            Sin embargo, y para desesperación del interesado, a pesar de leer toda la producción bibliográfica[3] existente sobre la materia, quedará preso de cierta impotencia. ¿Cómo es posible que después de leer montañas de documentos, libros, incluso de haber viajado a tal o cual país del Magreb, siga escapándoseme la esencia de la espiritualidad magrebí? –Esto mismo me preguntaba yo hace más de quince años. Leía, hablaba con eruditos de Mauritania o Marruecos, frecuentaba amistades con ulemas, imames, o con gente corriente y normal imbuida de cierto conocimiento natural y, sin embargo, no lograba penetrar en lo más profundo de la identidad magrebí.

            La dificultad de esta falta de entendimiento profundo radica en la transmisión cultural donde predomina la expresión oral por encima de la escrita, así como las reservas para hablar de ciertos temas con desconocidos y los pactos de silencio. En efecto, muchos de los hechos que han acontecido en el Magreb se han transmitido oralmente de generación en generación, principalmente en las tribus nómadas. Aunque disponían de la escritura en árabe o en otros idiomas locales, empleada casi siempre para hacer bellas copias caligrafiadas del Sagrado Corán, o de los Hadices, o de la Jurisprudencia, la poesía o las narraciones de los hechos eran orales, dando pie a hermosos estilos de narración oral, acompañados por instrumentos musicales sencillos o por las palmadas de los asistentes. Así, no es de extrañar que una buena parte de la producción intelectual no haya quedado reflejada en libros y documentos.

            Poco a poco fui introduciéndome en la sociedad magrebí, siempre de una forma limitada, pues son tantas las tribus, los idiomas y dialectos, los pueblos que necesariamente uno tiene que elegir el lugar geográfico y el ámbito social en el que pretende indagar. Este es un problema típico para los antropólogos, condicionados por su propia cultura y por sus estudios previos. En mi caso, y como ya he referido en el prólogo, el ´salto` no fue antropológico sino religioso en primer lugar y sentimental después, ya que el ser admitido por la tariqa sufí como un hermano más conllevó en mí el deseo de conocer mejor aquello en lo que me había metido, y ya se sabe, una cosa conduce a la otra y de forma particular se acaba en el lugar que te reserva el destino, como suele decirse. Ese lugar fue Dakhla, ciudad situada al sur, fundada por los españoles con el nombre de “Villa Cisneros”. Allí recalé y desde allí inicié la segunda parte de mi exploración espiritual que conllevaba, por supuesto, abrirme a la realidad sahariana en todos sus ámbitos para, empapándome de esa cultura maravillosa, atisbar y conocer también otras culturas magrebíes como la bereber y sus manifestaciones religiosas. Constituyó el inicio de un camino que no ha acabado aún y que me ha permitido solucionar en buena parte el problema que exponía más arriba.

            Gracias a Dios siempre tuve una visión holística a la hora de abordar la investigación de los asuntos que me interesaba. Esto me permitió construir un discurso coherente partiendo de la realidad que estaba viviendo. No se trataba solo de una “observación participante”, técnica empleada en antropología, ni de ´triangular` los resultados de diversas observaciones y fenómenos, sino que partiendo del día a día involucrado en muy diferentes actividades fui saboreando y valorando los numerosos matices de las sociedades magrebíes, ya digo, no de forma completa; pero sí lo suficientemente amplia como para hacerme una idea cabal de aquello que me interesaba, que no era otra cosa que la dimensión espiritual tamizada por mi propia experiencia religiosa y por cierta visión poética de lo que se me ha presentado a lo largo de mi vida.

            Finalmente, después de lecturas, conversaciones, viajes y experiencias diversas en aquella región del mundo, me quedo con la dimensión religiosa que da pie al misticismo fraguado en la tradición sufí, cuya raíz es muy anterior al islam y se alimenta de distintas fuentes mistéricas y filosóficas, si bien esta particularidad solo tiene un interés histórico, puesto que lo importante es el hecho experiencial, quiero decir, el anonadamiento místico que puede tener diversas vías de entrada y no necesariamente teístas, como así queda patente en las tradiciones religiosas orientales.

            En cualquier caso, lo sustancial es ese caminar con la certeza de transitar por un espacio definido que cada buscador matizará en función de su procedencia geográfica y cosmovisión religiosa.

            He tenido la oportunidad de abundar en este crisol espiritual que es el sufismo y, siendo consciente de mis limitaciones como hombre, he podido saborear algo de ese espacio que constituye el horizonte de mi vida.


[1] Constituye una base importante de información el libro escrito por Julio Caro Baroja titulado “Estudios Saharianos”, después de su estadía en el Sahara Occidental desde noviembre de 1952 hasta febrero de 1953, si bien solo se refiere al territorio que en aquellos constituía la provincia española.

[2] Por ejemplo, Rahal Boubrik, profesor de la Universidad Mohamed V de Rabat (Marruecos) y colaborador de varias instituciones académicas de Europa, está desempeñando una fabulosa labor científica. Autor de numerosas obras en las que trata los aspectos religiosos en el Magreb.

[3] La persona interesada puede acudir a revistas como “Hesperis”, “Ibla” o “Revue Africaine”, entre otras.

Al hilo del nuevo día

Sonrisa iluminada,
como el sol al amanecer.
Me pierdo en un abrazo
donde el tiempo se detiene
y las preocupaciones se disipan.
Me fundo en el instante,
como el río que abraza la orilla.
En cada latido, un eco de vida.
Cada susurro, un canto de esperanza.
Me ignoro en mi finitud,
como las estrellas que brillan
sin pensar en su ocaso,
dejando huellas de luz
en el vasto universo.
Aquí, ahora, la eternidad se encuentra,
en la calidez de un gesto,
en la magia de un vínculo.

La abolición de la pena de muerte

Hace unos cinco siglos, la enseñanza del Concilio Tridentino reconocía la legalidad de la pena de muerte, considerando que los jueces que dictaban tales sentencias eran «ejecutores de la ley de Dios». Hoy en día, la Iglesia considera que esta medida es contraria a la fe cristiana, como se afirma en el documento Spes non confundit, en el que el Papa Francisco pidió la abolición de la pena de muerte, describiéndola como «una medida que contradice la fe cristiana y destruye toda esperanza de perdón y renovación». Los siglos transcurridos desde entonces han sufrido transformaciones sociales, políticas y culturales y la legalidad afectó gradualmente a la educación eclesiástica. Hace mucho tiempo, la Iglesia no se oponía categóricamente a la pena de muerte, como es evidente en sus antiguas enseñanzas. Sin embargo, a partir del siglo XX, la orientación eclesiástica comenzó a tomar un camino claro en la oposición a esta práctica, ya que todos los papas de ese siglo expresaron su rechazo a la pena de muerte, considerándola una violación de la dignidad humana, independientemente del delito cometido, y subrayando la posibilidad de arrepentimiento y salvación para todo ser humano.

El Papa Francisco vino a perpetuar esta gran transformación, con un decreto de 2018 que modifica el Catecismo de la Iglesia Católica, relacionado con la pena de muerte: «La Iglesia, a la luz del Evangelio, sabe que la pena de muerte es inaceptable, porque es un atentado contra la santidad y la dignidad de la persona humana, y está firmemente comprometida a trabajar por su abolición en todo el mundo». Durante su pontificado, el Papa reiteró esta posición en muchas ocasiones, a través de discursos, llamamientos directos, mensajes de video y llamadas telefónicas con jefes de Estado. También fue a través del documento papal que proclamaba el Jubileo de la Esperanza, que, al igual que durante el Jubileo de la Misericordia en 2016, incluía un llamamiento explícito a los gobernantes del mundo para que suspendieran las ejecuciones durante el Año Santo. Algunos países respondieron rápidamente a este llamado, encabezados por Estados Unidos, donde el presidente saliente Joe Biden, tras una llamada telefónica con el Papa, convirtió 37 condenas a muerte en cadenas perpetuas.

Aunque la posición del Papa Francisco parece decisiva, es la culminación de un largo proceso iniciado por sus predecesores, en el que se revisó la enseñanza de la Iglesia y se refinaron sus frases, lo que llevó a lo que se puede describir como la «culminación madura» de esta posición. El Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 todavía permitía la pena de muerte en casos extremos, declarando: «El Catecismo tradicional de la Iglesia reconocía el derecho y la autoridad del Estado legítimo para imponer penas proporcionadas a la gravedad del delito, incluida la pena de muerte en los casos los más peligrosos».

Hoy, la historia ha ido pasando la página poco a poco, y la Iglesia está a la vanguardia de la abolición de este castigo, en defensa de la dignidad humana y de la santidad de la vida. Esa fue solo una fórmula inicial que fue superada menos de cinco años después. El texto oficial adoptado en latín es el de 1997, que finalmente fue refrendado por el Papa Juan Pablo II a través de la Carta Apostólica Laetamur Magnopere «La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, una vez establecida de manera concluyente la identidad y la responsabilidad del perpetrador, el uso de la pena de muerte, si es el único medio practicable para defender la vida humana de la agresión del agresor injusto», afirma. El texto añade: «Pero si hay suficientes medios incruentos para defender la vida de las personas y garantizar la seguridad de la sociedad, la autoridad debe bastar con estos medios, porque son más compatibles con el bien común en sus circunstancias reales, y más coherentes con la dignidad de la persona humana. Hoy en día, con las posibilidades de que dispone el Estado para reprimir eficazmente el delito y hacer que el criminal sea incapaz de hacer daño sin privarlo permanentemente de la oportunidad de arrepentirse, los casos que requieren la ejecución del delincuente se han convertido en una necesidad absoluta extremadamente rara, si no prácticamente inexistente».

Por tanto, se puede considerar que el Papa Juan Pablo II tiene la primera «nueva sensibilidad» dentro de la Iglesia hacia el tema de la pena de muerte. El Papa, que hizo del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural la piedra angular de su enseñanza, en su mensaje de Navidad de 1998 pidió «la abolición de la pena de muerte de una vez por todas», lo reiteró claramente en enero de 1999 durante su visita pastoral a los Estados Unidos, donde afirmó: «La dignidad de la vida humana nunca debe ser negada, incluso a aquellos que han cometido un gran mal», dijo, describiendo la ejecución como una práctica «cruel e inútil».

Hizo lo mismo el Papa Benedicto XVI, quien subrayó en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica de 2002 que «el castigo impuesto debe ser proporcional a la gravedad del delito», añadiendo que, dado que «los casos que requieren la pena de muerte como necesidad absoluta se han vuelto raros o incluso inexistentes», las autoridades deben recurrir a medios que sean «más adecuados a las circunstancias realistas del bien común» y que «respeten más la dignidad humana» y, lo que es más importante, que «no priva al ofensor definitivamente de la oportunidad de arrepentirse». Tres Papas, un pensamiento unificado: la dignidad humana por encima de todo, la justicia inseparable de la misericordia y de la esperanza de cambio.

Fuente: https://www.vatican.va/

Foresta

En mayo de 2025 -Dios mediante- verá la luz mi último poemario. Comparto una primera presentación:

En el principio fue el silencio, y en el silencio nacieron las palabras. Como semillas arrojadas a tierra fértil, estos poemas germinaron en el espacio sagrado donde la contemplación y la naturaleza se entrelazan con los misterios eternos.

Foresta no es solo un libro; es una invitación a caminar descalzo por senderos de meditación que nos devuelven a nuestra esencia más primitiva y divina. Entre estas páginas, el lector encontrará refugio bajo el dosel de metáforas que conectan el cielo con la tierra, lo visible con lo invisible.

La tradición contemplativa cristiana siempre ha encontrado en la naturaleza un libro abierto donde leer los designios del Creador. Los místicos, desde San Francisco hasta Thomas Merton, han visto en cada criatura un reflejo de lo divino, en cada árbol una parábola viva. Esta facultad meditativa nos libera de nuestra naturaleza puramente animal, permitiéndonos discernir la realidad de las cosas y ponernos en contacto con Dios.

Mientras avanzamos por el siglo XXI, la inculturación de la espiritualidad cristiana continúa su diálogo con las diversas expresiones culturales que enriquecen nuestra comprensión de lo sagrado. Foresta se suma a esta conversación milenaria, aportando voces que resuenan desde el corazón del bosque hasta las profundidades del alma.

Que estos versos sean como gotas de rocío sobre hojas secas, como rayos de sol filtrándose entre ramas entrelazadas. Que cada poema sea un claro en el bosque donde el lector pueda detenerse, respirar profundamente y experimentar esa comunión sagrada que trasciende palabras y conceptos.

Bienvenidos a este bosque de símbolos, a esta catedral vegetal donde la poesía y la oración se confunden en un mismo aliento creador.

Ramadán

El pasado 1 de marzo comenzó el mes de Ramadán, obligatorio durante 29 ó 30 días para todos los musulmanes. Se trata de un tiempo de ayuno, oración y meditación.

Si el ayuno permite que el organismo elimine todo lo que es inútil para el cuerpo y contribuye a prevenir enfermedades, es también la oportunidad de hacer un balance existencial y aprender mucho sobre el autocontrol, la solidaridad y la auto disciplina.

El ayuno también fomenta la fraternidad. La abundancia de alimentos, bebidas y los muchos pequeños placeres terrenales a menudo hacen olvidar que algún día pueden escasear. Se ordenó el mes de Ramadán para despertar conciencia y un recordatorio.

Es un llamamiento al altruismo y a la solidaridad. Feliz y bendecido mes a todos los musulmanes.

Sobre el silencio

El poder del silencio reside en el hecho de que le da al hombre una voluntad que se endurece con el tiempo, lo hace fácilmente capaz de estar intensamente presente en sí mismo y de dejar de desperdiciar su energía sumergiéndose en los rostros de las personas y en las conversaciones aburridas, recurriendo a hablar constantemente de todo. El silencio recorre al hombre dentro de sí mismo, penetrando en él para descubrir sus capas profundas y explorar su interior más íntimo. Este silencio reduce la ansiedad existencial, el vacío espiritual y la sensación de falta de sentido. El silencioso está ocupado consigo mismo, el que habla mucho está ocupado con los demás, el que está ocupado consigo mismo deja de herir a los demás, y rara vez recurre a la violencia para resolver sus conflictos y gestionar sus problemas. Cuanto más chismorrean las sociedades, más violencia simbólica, verbal y física tienen, y más bajos son sus logros individuales y su producción social.

Lo que una persona aprende del silencio en la mayoría de las situaciones no se aprende del habla. El silencio refleja el estado de tranquilidad que muchas personas religiosas, especialmente indias y asiáticas, toman como una forma de trascender el yo y elevarse a una etapa existencial más plena. El patrocinio de los eruditos de estas religiones enfatiza el silencio de acuerdo con un programa que se repite a diario. El hombre es un ser perseguido por secretos, el silencio sugiere a quienes lo rodean que es un ser humano que almacena secretos, lo que lo convierte en un aura que atrae fuertemente a quienes tratan con él- El poder del carácter y la influencia no siempre se manifiestan por lo que se dice sino a menudo por lo que no se revela.

El silencio despierta la posibilidad de saborear la estética de la naturaleza y nos hace sentir la pureza de las cosas antes de que se agoten por la contaminación, la manipulación y el sabotaje humanos. Nos salva del ruido de los chismes de la mayoría de los seres humanos, de su preocupación diaria por hablar y de perder el tiempo. Uno de los frutos del silencio es controlar el equilibrio del tiempo, desarrollar las habilidades para gestionar la vida de manera realista, controlar las prioridades, poner lo más importante por encima de lo demás, cuidar de las necesidades básicas, ampliar la paz interior y reducir el estrés.

Muchos jubilados sin cometidos en la ciudad se van al campo para sumergirse en la tranquilidad del silencio, la alegría de leer la naturaleza y contemplarla, escuchar el lenguaje de la tierra y hablar de su generosidad ilimitada, comprender la forma de cuidarla. La tierra nos invita a escuchar los significados de la Creación. Quien quiera continuar su aprendizaje hasta el último día de su vida debe escuchar la voz de la tierra.

El silencio se manifiesta como la manifestación más bella de la creatividad artística, literaria y científica. Las pinturas atemporales de los artistas son una expresión de silencio y reflexión profunda, por lo que las palabras de los grandes poetas se crean como si fueran cuadros pintados por un gran artista. Los inventos y los descubrimientos científicos son fruto del silencio en el que las capacidades mentales y cognitivas despiertan a sus plenas energías creativas, para ver lo que no se ve de las leyes que están ocultas a los humanos.

El silencio es una ruptura de la preocupación por el exterior y el regreso del hombre para explorar las profundidades del yo y despertar las fuentes de inspiración y eficacia en él. El silencio requiere una voluntad invencible, la voluntad de callar es más difícil que la voluntad de hablar. Refleja la capacidad del hombre para controlar sus emociones.

Cuanto más fuerte es una persona en el control de sus emociones, más capaz es de controlar sus palabras y despertar el sabio silencio. El control de los impulsos requiere una domesticación continua de la personalidad y la inteligencia para vaciar las emociones reprimidas sin dañarlo a él ni a los demás.

El silencio se ha utilizado durante mucho tiempo como castigo, en el momento en que alguien ataca al hablar dentro de la familia, en el trabajo o con algunas de las personas con las que tiene conexiones sociales, en protesta contra situaciones que le molestan. También se utiliza a veces como una actitud de negligencia e indiferencia, o de insulto y desprecio.

El hombre se distingue de los animales por el lenguaje. Somos capaces de producir conocimiento, ciencia, artes y literatura y construir civilizaciones gracias al lenguaje oral y escrito. Así como el lenguaje es una herramienta para asimilar y comunicar significados, también es una herramienta para generar significados. La función del lenguaje en la filosofía, las humanidades y la lingüística moderna ya no es sólo un recipiente para transportar significado y comunicarlo al receptor, sino también una herramienta para la producción y formación de significado. La comunicación se logra y se consagra por el lenguaje, mediante él se establecen y consolidan relaciones sociales, y así como estas relaciones construyen palabras de amor sincero, son destruidas por palabras tóxicas. Cuando las palabras envenenadas están presentes, lo prudente es alejarse en silencio.

Así como el silencio es a veces necesario para la autoeducación, hablar es una necesidad impuesta por las relaciones sociales. En ellas surge la atracción y el amor. Las palabras de amor sincero son pronunciadas por la expresión de anhelos y ansias de encontrarse.

También necesitamos llorar y declarar el dolor de maneras conocidas socialmente para desahogar el sufrimiento de perder a un ser querido y el duelo consiguiente. Hablamos de nuestras penas, dolores y preocupaciones y compartimos estados de ánimo. Ello nos reconforta y serena. Muy pocas personas pueden reprimir sus penas, a veces amargas, sin sufrir daño psicológico.

El silencio se utiliza en algunas enfermedades mentales como tratamiento, y la confesión y la invocación de lo reprimido y el inconsciente son utilizados a menudo en psicoterapia. El primer paso en el tratamiento es admitir la enfermedad. La necesidad terapéutica en el psicoanálisis requiere hablar de recuerdos dolorosos profundos, heridas olvidadas y nodos psicológicos enterrados en el subconsciente, para vaciar lo que está reprimido en lo más profundo, y romper lo que provoca depresión, tristeza y pánico, y lo que causa trastornos psicológicos. El terapeuta que se apoya en el psicoanálisis y en la interpretación de los sueños del paciente, confía en el colapso libre para evocar recuerdos dolorosos y para sacar a la luz lo que ha sido sumergido durante mucho tiempo, con el fin de liberar al paciente de lo que está oculto en las profundidades del alma.

Por último, el silencio es obligado en la oración y la meditación. Existen numerosas técnicas para conseguir ese estado de «paz mental» que aleje los ruidos producidos por nuestro pensamiento; pero en el ámbito monoteísta se apela al «don de Dios» que desciende sobre el creyente. La verdadera oración se produce en el vaciamiento absoluto del yo, un abandono que es la antesala de la contemplación total del Misterio para hacer plena la acción divina en nuestra vida.