Antropología médica

Superstición, pensamiento mágico y desarrollo: un obstáculo silencioso

Uno de los aspectos menos estudiados del desarrollo social y el crecimiento económico en África es la influencia de las supersticiones en la toma de decisiones colectivas. Hoy, quizás con más fuerza que en el pasado reciente, persisten creencias alimentadas por la incertidumbre y la pobreza que generan una profunda dependencia de lo que podríamos llamar el universo de lo «mágico»: adivinos, prácticas de brujería, rituales propiciatorios y toda suerte de charlatanería.

En muchos contextos africanos —y, significativamente, también en Occidente— se explica una parte importante de la realidad mediante la intervención de entidades sobrenaturales, ataques rituales o el llamado «mal de ojo». Este fenómeno no es ajeno ni siquiera a los países islámicos, pese a que el Islam, en sus textos fundacionales y en su tradición jurídica, ha combatido históricamente la adivinación, la brujería y la superstición como formas de politeísmo encubierto.

La cuestión central, sin embargo, es el impacto que estas cosmovisiones tienen sobre la economía y la gobernanza. Cuando la relación entre causa y efecto se interpreta al margen de los criterios científicos, se instala lo que Paulo Freire denominó «conciencia mágica»: una percepción del mundo en la que los fenómenos no responden a causas comprensibles ni a acciones transformadoras, sino a fuerzas ocultas e incontrolables. En ese terreno, resulta extremadamente difícil articular políticas de modernización, planificación a largo plazo o cultura de la responsabilidad colectiva.

Este problema se manifiesta de forma especialmente clara en el campo de la salud pública. No es inusual encontrar personas con formación universitaria que, frente a la enfermedad, recurren simultáneamente al médico y al curandero, sin percibir necesariamente contradicción entre ambos. El paciente puede comprender la explicación racional de la etiología de su dolencia y, al mismo tiempo, confiar en que un ritual o una intervención sobrenatural completará —o anulará— el tratamiento recibido. Esta doble adscripción no siempre es ignorancia: a veces es estrategia de supervivencia, a veces es identidad cultural, a veces es genuina disonancia cognitiva. Pero en cualquier caso, puede comprometer seriamente los resultados clínicos y las campañas de salud comunitaria.

El desarrollo económico de comunidades en las que lo irracional ocupa un lugar central en la toma de decisiones suele verse lastrado por elecciones que ignoran sistemáticamente las cadenas causales que ofrecen la ciencia y el empirismo. Esto no agrava la pobreza solo materialmente: también erosiona la confianza en las instituciones, en la planificación y en la acción colectiva racional.

Es necesario matizar, sin embargo, que la superstición no es patrimonio exclusivo del Sur Global. En los países ricos proliferan también pensamiento mágico, pseudociencias y movimientos que rechazan la evidencia científica. La diferencia está en que, al menos hasta ahora, las decisiones estructurales en materia económica, sanitaria, educativa e inversora siguen basándose —con sus contradicciones— en criterios contrastables. Que algunos actores políticos intenten introducir elementos irracionales en el discurso público es, precisamente, uno de los síntomas más preocupantes del momento presente.

Cualquier estrategia seria de reducción de la pobreza y desarrollo social en África deberá integrar esta dimensión: no para imponer una mirada etnocéntrica que descalifique las culturas locales, sino para comprender cómo operan estas creencias, qué necesidades cubren y cómo pueden construirse puentes entre los saberes tradicionales y las herramientas del conocimiento científico. Ese es, quizás, uno de los grandes desafíos pendientes.

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