África

M’bera: cartografía del exilio en la arena del Sahel

Preludio: el desierto como espejo del alma

Nota: Escribo este artículo sin la posibilidad de llegar al campamento. Advertencias sobre la inseguridad del territorio, mafias de contrabando y trata de de personas que pululan el desierto impunemente, la corrupción institucional en Mauritania, aconsejaban cancelar el viaje desde la capital Noaukchott. Solo miembros de Naciones Unidas, ONGs custodiadas, periodistas protegidos y grupos militares pueden llegar hasta M´bera. En cualquier caso, la información que viene a continuación se basa en informes de personas que han abandonado el campamento hacia tierras del norte magrebí.

Hay lugares en este mundo donde la tierra misma parece haber olvidado la promesa de la vida. M’bera es uno de ellos: una herida de arena en el sudeste de Mauritania, a más de 1.200 kilómetros de Nouakchott, donde el horizonte se difumina entre el cielo y la polvareda, y donde el silencio del desierto se rompe solo con el llanto de los niños y las oraciones vespertinas.

No es simplemente un campo de refugiados. Es una ciudad involuntaria, nacida del éxodo maliense de 2012, cuando la violencia yihadista y el golpe de estado convirtieron el norte de Malí en un infierno de sangre y fuego. Lo que comenzó como refugio temporal para unos miles se ha transformado en una metrópoli de la desesperación: entre 160.000 y 288.000 almas registradas según las fuentes —ACNUR habla de 160.000 en sus documentos oficiales de 2026, mientras que ALIMA reporta 288.000— atrapadas entre la memoria de un hogar perdido y la incertidumbre de un futuro que nunca llega.

La geografía de la espera

M’bera está situado cerca de Bassikounou, en la región de Hodh el-Chargui, a escasos 60 kilómetros de la frontera con Malí. Es tierra árida, semidesértica, donde el agua es un milagro y la sombra un lujo. Solo el 0.4% de la tierra mauritana es cultivable. Aquí no hay árboles que ofrezcan cobijo, no hay ríos que canten esperanza. Solo tiendas de campaña que con los años se han vuelto casas, calles de arena que son laberintos sin salida, y el sol despiadado que golpea desde un cielo demasiado azul.

La población es abrumadoramente musulmana —más del 95%— con una minoría cristiana mínima compuesta por trabajadores humanitarios y malienses cristianos. Son en su mayoría tuaregs, songhai, fulani, árabes del norte de Malí, gente de las arenas y los oasis que huyó dejando atrás todo: rebaños, cultivos, ancestros enterrados en tierra sagrada.

Los arquitectos de la supervivencia

La gestión del campo recae sobre ACNUR, representado por Elizabeth Eyster desde febrero de 2022, una estadounidense formada en Ginebra que coordina un vasto ecosistema humanitario: UNICEF, el Programa Mundial de Alimentos, la Unión Europea —que en 2025 aportó 4 millones de euros—, ONGs como Médicos Sin Fronteras, Save the Children, Acción Contra el Hambre y ALIMA, junto con la Media Luna Roja Mauritana y organizaciones religiosas como los Padres Blancos, las Misioneras de Nuestra Señora de África y Cáritas.

Pero la verdad es que ninguna organización, por bien intencionada que sea, puede borrar lo fundamental: M’bera ha superado su capacidad en más de 40.000 personas. Es un campo diseñado para 75.000 que ahora alberga a cuatro veces esa cifra. El hacinamiento no es metáfora, es realidad física: familias de ocho durmiendo en tiendas para cuatro, letrinas compartidas por cientos, puntos de agua donde la fila comienza antes del amanecer.

Las sombras que acechan: Malí al borde del colapso

Para comprender M’bera hay que mirar hacia el norte, hacia Malí, donde en 2025-2026 se está librando una guerra que podría cambiar la faz del Sahel.

JNIM: el avance imparable de Al Qaeda

El Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), afiliado a Al Qaeda y liderado por Iyad Ag Ghaly, ha transformado la insurgencia en guerra económica. Desde septiembre de 2025, JNIM ha bloqueado el suministro de combustible a Bamako, la capital maliense, atacando convoyes de camiones cisterna procedentes de Senegal y Costa de Marfil. Malí, país sin litoral que recibe el 95% de su combustible de estos vecinos, se ha quedado sin gasolina. Los apagones se multiplican, la gente espera horas para comprar unos litros, el transporte colapsa.

Es guerra de asedio medieval ejecutada con tácticas del siglo XXI. JNIM no solo busca territorio: busca demostrar que el gobierno militar es incapaz de proteger a su población. Y lo está logrando. En julio de 2025, JNIM lanzó ataques simultáneos en siete ciudades de la región de Kayes, en el oeste de Malí —zona que antes se consideraba segura. En agosto, ocupó Farabougou, ciudad estratégica del corredor Bamako-Segou. En septiembre, atacó la academia militar y el aeropuerto de Bamako, matando a más de 77 personas.

El grupo controla ya 11 de las 13 regiones de Burkina Faso, tiene presencia operativa en las cercanías de Niamey (Níger), y se expande hacia el sur, amenazando Costa de Marfil, Benín y Togo. Analistas internacionales advierten: Malí podría caer, como cayó Afganistán ante los talibanes, como cayó parte de Siria ante grupos yihadistas. Y si Malí cae, el efecto dominó podría alcanzar toda África Occidental.

Wagner y el Africa Corps: mercenarios del fracaso

Desde 2021, la junta militar de Malí —que llegó al poder mediante golpes de estado sucesivos— contrató al Grupo Wagner, mercenarios rusos, para combatir a los yihadistas. Los resultados han sido catastróficos.

Entre 2022 y 2023, Wagner y las fuerzas malienses mataron a 2.194 civiles en ataques dirigidos, el 77% del total de muertes civiles por violencia selectiva en Malí. Superaron en mortandad a los propios grupos yihadistas. La mayoría de víctimas eran fulani, etnia acusada sistemáticamente de colaborar con JNIM.

Human Rights Watch documentó en 2025 ejecuciones sumarias, desapariciones forzadas, quema de aldeas. En enero de 2025, soldados malienses y Wagner entraron en la aldea de Kobou y ejecutaron a tres hombres fulani, dos de ellos atados y con los ojos vendados. Quemaron 30 casas. En marzo, en Kourma, arrestaron a 12 fulani en un mercado de ganado; nunca más se supo de ellos. En mayo, en Diafarabé, ejecutaron a 22 hombres cuyos cuerpos aparecieron en fosas comunes. En octubre, en Kamona, mataron a 21 hombres y quemaron diez casas.

Wagner perdió su mayor batalla en julio de 2024 cerca de Tin Zaouatene, cuando rebeldes tuaregs y JNIM aniquilaron una columna completa, causando entre 20 y 80 bajas. En junio de 2025, Wagner anunció su retirada de Malí tras la muerte de su fundador Yevgeny Prigozhin. Fue reemplazado por el Africa Corps, grupo paramilitar bajo control directo del Kremlin, igual de violento e igual de ineficaz.

La realidad es brutal: los mercenarios rusos no han derrotado a JNIM. Lo han fortalecido. Cada masacre de civiles fulani genera nuevos reclutas para la yihad. Cada aldea quemada es un argumento para la insurgencia. El coronel Assimi Goïta, que se autoproclamó presidente en julio de 2025 con mandato renovable indefinidamente, gobierna un país al borde del abismo.

Las consecuencias para M’bera

Esta violencia escalada explica el flujo continuo de refugiados hacia M’bera. Solo en la primera semana de diciembre de 2025, llegaron 778 nuevos refugiados por la frontera de Fassala. Entre octubre y noviembre, más de 1.000. Los desplazamientos no cesan porque la guerra no cesa.

Y los refugiados que llegan en 2026 traen consigo traumas frescos: han visto las masacres, han huido de los bombardeos con drones turcos Bayraktar que Malí usa indiscriminadamente, han caminado días por el desierto esquivando patrullas y minas. Llegan destruidos, física y espiritualmente.

Pero además, los grupos armados operan cerca de M’bera. JNIM tiene presencia en la zona fronteriza. Hay riesgo de infiltración, de reclutamiento forzado de jóvenes sin futuro. Los mercenarios rusos del Africa Corps realizan incursiones transfronterizas. La violencia que expulsó a estas personas de sus hogares acecha también en el exilio.

Las redes del mal: mafias, trata y corrupción

M’bera no es solo un campo de refugiados. Es también un nodo en las rutas del crimen organizado saheliano.

Las mafias de la migración

Las redes de tráfico de personas han convertido M’bera en punto de partida de rutas clandestinas hacia Europa. Los traficantes cobran entre 500 y 2.000 dólares por persona para llevarlas a Nouakchott, de ahí a la costa atlántica, Marruecos y, si sobreviven, España.

El viaje es una lotería mortal. Los refugiados son hacinados en camionetas Toyota sin ventilación, atraviesan el desierto durante días con agua insuficiente. Muchos mueren de deshidratación, asfixia, o son abandonados cuando ya no pueden pagar. Las mujeres jóvenes sufren violaciones sistemáticas. Los niños son separados de sus familias, vendidos como mano de obra esclava o esclavos sexuales.

Las mafias cuentan con complicidad. Guardias del campo, funcionarios mauritanos, incluso algunos miembros de organizaciones humanitarias reciben sobornos. Convoyes enteros salen del perímetro de M’bera bajo la noche estrellada.

Narcotráfico: la autopista saheliana

El Sahel se ha convertido en corredor del narcotráfico entre América Latina y Europa. Avionetas con cocaína colombiana y peruana aterrizan en pistas clandestinas del desierto mauritano y maliense. Desde ahí, la droga viaja hacia el Magreb y el Mediterráneo.

M’bera no es centro directo de este comercio, pero su ubicación y la debilidad del control estatal lo convierten en punto de paso. Refugiados desesperados son reclutados como «mulas» para transportar pequeñas cantidades a cambio de dinero o documentos falsos. La violencia asociada —asesinatos, ajustes de cuentas— contamina la región.

Trata de personas: esclavitud en el siglo XXI

La trata tiene múltiples caras en M’bera:

Explotación laboral: Hombres y niños son enganchados con promesas de trabajo en minas artesanales de oro o canteras, donde trabajan en condiciones de esclavitud.

Explotación sexual: Mujeres y niñas son captadas por redes que las trasladan a burdeles en Nouakchott, Casablanca, o ciudades del Golfo Pérsico.

Esclavitud tradicional: Mauritania abolió oficialmente la esclavitud, pero persiste en zonas rurales. Familias refugiadas de los haratines (descendientes de esclavos) son especialmente vulnerables.

Los traficantes identifican a los más vulnerables: viudas, menores no acompañados, personas con discapacidad. Los secuestran o convencen con mentiras. Una vez capturados, son mercancía.

Violencia de género: el silencio que grita

La violencia contra mujeres y niñas es endémica pero invisible. Violación, abuso sexual, violencia doméstica, matrimonio forzado son realidades cotidianas raramente denunciadas. Las normas culturales, la vergüenza y el miedo condenan al silencio.

Las letrinas comunitarias, lejos de las tiendas y sin luz nocturna, son escenarios de agresiones. Las mujeres que van solas al pozo o a recoger leña son acosadas. En algunos casos, miembros de organizaciones humanitarias han sido señalados por abusos a cambio de raciones, agua o documentación: el fenómeno llamado «sexo por supervivencia».

Corrupción: el cáncer que todo lo devora

La corrupción permea todo:

Desvío de ayuda: Raciones de alimentos, mantas, medicamentos son sustraídos y vendidos en el mercado negro. Funcionarios locales, guardias, empleados de ONGs roban mercancía. Los refugiados reciben menos de lo que les corresponde.

Registro fraudulento: Refugiados fantasma permanecen en las listas para cobrar múltiples raciones. Los muertos siguen registrados como vivos. Los nombres se duplican.

Extorsión: Los refugiados pagan sobornos para acceder a servicios básicos: mejor lugar en la fila de alimentos, atención médica prioritaria, documentación, permisos de movimiento.

Complicidad con mafias: Funcionarios mauritanos y personal de seguridad colaboran con traficantes, facilitando pasos, proporcionando información, recibiendo pagos.

Opacidad financiera: Los fondos humanitarios carecen de transparencia completa. La subcontratación a organizaciones locales crea espacios grises donde el dinero se evapora. Proyectos que nunca se ejecutan, facturas infladas, contratos amañados.

Salud materno-infantil: nacer y morir en el desierto

La salud materno-infantil en M’bera representa uno de los mayores escándalos humanitarios del Sahel.

Las madres que mueren pariendo

La tasa de mortalidad materna es alarmantemente alta. Las mujeres dan a luz en condiciones higiénicas deplorables, muchas sin asistencia cualificada. Las complicaciones —hemorragias, infecciones, eclampsia— son frecuentes y mortales. La clínica básica carece de quirófanos para cesáreas de emergencia. La derivación al hospital regional puede tardar horas en caminos intransitables.

La anemia severa por desnutrición y paludismo debilita a las gestantes. Muchas llegan al parto exhaustas, sin reservas físicas. La falta de planificación familiar resulta en embarazos demasiado cercanos, múltiples partos que agotan el cuerpo femenino, embarazos en adolescentes cuyas pelvis no están desarrolladas.

Muchas mujeres han sufrido mutilación genital femenina (MGF) en sus comunidades de origen, práctica arraigada en el norte de Malí. Esto complica los partos, causando desgarros, hemorragias y fístulas obstétricas que dejan a las mujeres con incontinencia permanente y exclusión social.

Los niños que no llegan a crecer

La mortalidad infantil es devastadora. Los niños menores de cinco años mueren de diarrea aguda por agua contaminada, neumonía por hacinamiento, malaria endémica y, sobre todo, desnutrición aguda severa.

Datos de MSF de años anteriores muestran que casi uno de cada cinco niños (17%) sufría desnutrición, y el 4.6% padecía la forma más severa, en peligro inminente de muerte. La mortalidad en menores de dos años superaba niveles de emergencia, siendo dos o tres veces más alta que en otras zonas de Mauritania.

En 2025, el Programa Mundial de Alimentos advierte que más de 590.000 personas en Mauritania enfrentan inseguridad alimentaria aguda durante la temporada de escasez (junio-agosto), representando el 12% de la población con desnutrición aguda. De estas, 154.000 viven en Hodh Ech Chargui y 118.000 en M’bera.

El kwashiorkor y el marasmo son visibles en cuerpos hinchados o esqueléticos de niños que parecen ancianos prematuros. Las clínicas distribuyen Plumpy’Nut (pasta de maní fortificada), pero la demanda supera la oferta. Los niños mueren esperando.

Las enfermedades prevenibles por vacunación —sarampión, tétanos neonatal, tos ferina— cobran vidas porque las campañas no alcanzan a todos. Solo el 70% de niños menores de cinco años han sido vacunados contra el sarampión. La tuberculosis infantil, favorecida por hacinamiento, se extiende silenciosamente. La meningitis, epidémica en el «cinturón de la meningitis» del Sahel, mata rápidamente.

El hambre organizada

La dependencia total de ayuda humanitaria hace que cualquier interrupción se traduzca en hambruna inmediata. El PMA distribuye raciones mensuales de cereales, aceite y legumbres, pero la cantidad es insuficiente y la calidad deficiente.

Las sequías recurrentes en el Sahel, agravadas por el cambio climático, destruyen cualquier intento de agricultura o pastoreo. Los refugiados no pueden cultivar en este desierto. No pueden criar ganado sin pastos ni agua. Son completamente dependientes de una cadena logística frágil que atraviesa cientos de kilómetros de caminos precarios.

Cuando los camiones no llegan —por inseguridad, por recortes presupuestarios, por desvíos de mercancía— la gente simplemente pasa hambre. Los niños desarrollan kwashiorkor en semanas. Los ancianos mueren calladamente en sus tiendas.

El trauma invisible: las heridas del alma

El trauma psicológico es la epidemia invisible de M’bera. Casi todos los refugiados han vivido violencia extrema: masacres, violaciones, decapitaciones. Han caminado días por el desierto viendo morir a sus hijos. Han perdido todo: hogar, familia, identidad, futuro.

Los servicios de salud mental son prácticamente inexistentes. No hay psicólogos suficientes, no hay terapia grupal, no hay medicación psiquiátrica. El trauma se manifiesta en violencia doméstica, abuso de sustancias, suicidios, psicosis. Los niños crecen con pesadillas, hipervigilancia, incapacidad de confiar.

La cultura del estoicismo y la vergüenza asociada a la enfermedad mental impiden buscar ayuda. La gente sufre en silencio, hasta que explota o se apaga.

Destellos de esperanza: proyectos y resistencia

A pesar de todo, hay intentos de dignificar la vida en M’bera:

En 2025, el PMA lanzó el proyecto piloto «École Modèle» (Escuela Modelo) para mejorar las condiciones educativas, con enfoque en igualdad de género, nutrición escolar, desarrollo de habilidades para adolescentes.

La organización KLABU, en alianza con el programa «Right to Run» de la marca On, inauguró un clubhouse deportivo modular diseñado por el prestigioso estudio MVRDV, abierto diariamente para que la comunidad se reúna a través del deporte y el movimiento.

M’bera cuenta con escuelas, mercados, un centro de conectividad, incluso un banco. Hay más de 20 organizaciones comunitarias creadas por los propios refugiados. La ambición oficial es transformar el campo en asentamiento urbano regular.

Pero estas iniciativas, por valiosas que sean, no ocultan la realidad: M’bera ha superado su capacidad en más de 40.000 personas. El retorno a Malí es improbable mientras la guerra continúe. Y la guerra se intensifica.

Epílogo: la pregunta sin respuesta

M’bera es un espejo. Refleja la fragilidad extrema del Sahel, pero también la resiliencia inquebrantable del espíritu humano. Refleja el fracaso de la comunidad internacional para resolver conflictos que se enquistan durante décadas. Refleja la corrupción que devora la ayuda destinada a los más vulnerables. Refleja la violencia estructural de un sistema que condena a millones de personas a vivir en campos que se convierten en ciudades, en limbo permanente entre la memoria de un hogar perdido y la imposibilidad de un futuro digno.

Aquí, en medio del desierto, donde el sol calcina y el viento arrastra arena que borra las huellas, más de 160.000 (o 288.000, según la fuente) seres humanos resisten. Rezan y están esperanzados. Los cristianos no revelan su condición, se mimetizan entre la mayoría musulmana. Paren niños en tiendas de campaña. Envían a sus hijos a escuelas improvisadas. Comercian en mercados de arena. Se casan, ríen, lloran, sueñan.

Pero también mueren. De malaria, de diarrea, de neumonía, de desnutrición, de parto complicado. Mueren silenciosamente, sin que el mundo preste atención, porque su muerte no es noticia. Mueren mientras las organizaciones internacionales publican informes sobre «resiliencia» y «empoderamiento», mientras los fondos se desvían a bolsillos privados, mientras los traficantes los reclutan para rutas mortales hacia Europa.

La pregunta que M’bera nos hace es simple y terrible: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo estas personas tendrán que vivir en tiendas de campaña en medio del desierto? ¿Hasta cuándo los niños seguirán muriendo de enfermedades prevenibles? ¿Hasta cuándo la comunidad internacional mirará hacia otro lado?

No tengo respuesta. Nadie la tiene. Solo sé que mientras escribo esto, en alguna tienda de M’bera, una mujer está pariendo sin ayuda. Un niño está muriendo de diarrea. Un joven está siendo reclutado por traficantes que le prometen un futuro. Un anciano mira el horizonte preguntándose si volverá a ver su tierra antes de morir.

Y el desierto guarda silencio.

Como siempre.


Bibliografía actualizada (2025-2026)

ACNUR (2025). Mauritania Operational Update. Ginebra.

ALIMA (abril 2025). Humanitarian Emergency in Mauritania: Without support, we will no longer be able to save lives.

Human Rights Watch (julio 2025). Mali: Army, Wagner Group Disappear, Execute Fulani Civilians.

Africa Center for Strategic Studies (septiembre 2025). JNIM Attacks in Western Mali Reshape Sahel Conflict.

The Soufan Center (noviembre 2025). Mali on the Brink of Collapse as Jihadists Threaten to Overrun the Country.

ACLED (2025). Conflict intensifies and instability spreads beyond Burkina Faso, Mali, and Niger.

World Food Programme (2025). Mauritania Country Brief.

European Civil Protection and Humanitarian Aid Operations (2025). Mauritania Factsheet.

Human Rights Watch (diciembre 2025). World Report 2026: Mali.

The Sentry (agosto 2025). Investigative Report Details «Meltdown» of Russia’s Wagner Group in Mali.

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