El mismo umbral
Cuaresma y Ramadán, 18 de febrero de 2026
Hay fechas que el calendario carga sin saberlo. Días que se abren como heridas limpias en el tejido del tiempo ordinario.
El 18 de febrero de 2026 fue uno de esos días.
Ese mismo miércoles, mientras en millones de cabezas se depositaba un poco de ceniza — recuerda que eres polvo y al polvo volverás — la luna nueva era avistada en el horizonte y el Ramadán comenzaba su silencio luminoso. Dos tradiciones, dos formas de escuchar, dos modos de ayunar. Un mismo umbral.
No es la primera vez que esto ocurre. Pero cada vez que ocurre, algo tiembla en quien lo observa con atención. No como curiosidad cultural. Como señal.
El desierto lo sabe.
He vivido en tierras donde el ayuno no es metáfora sino cuerpo: el cuerpo que espera, que arde, que aprende a sostenerse con menos. En el Sahara, el hambre tiene textura. La sed también. Y en ese doble vacío — el del estómago y el del alma — algo se abre que no se puede abrir de otra manera. Como una grieta en la piedra por donde entra exactamente la cantidad de luz que se necesita.
La Cuaresma nació también del desierto. Cuarenta días en la arena, sin agua suficiente, sin sombra asegurada. La tentación no como combate dramático sino como el murmullo constante de lo que te ofrece un atajo: convertir las piedras en pan, abreviar el camino, negociar la hondura.
El Ramadán también es desierto. El hambre desde el amanecer hasta que la oscuridad devuelve el derecho a comer. No como castigo. Como vaciamiento deliberado para que algo distinto pueda entrar. Los sufíes lo saben desde hace siglos: el corazón solo se ensancha cuando primero se vacía.
Hay algo que estas dos tradiciones comparten que suele perderse en las explicaciones: ambas saben que el tiempo puede curvarse.
El tiempo ordinario es horizontal, avanza en línea recta de un lunes al siguiente. Pero hay momentos — y estas semanas son uno de ellos — en que el tiempo se dobla sobre sí mismo y toca algo vertical. Algo que no transcurre sino que es. La eternidad no como lejanía sino como presencia que pulsa debajo de los días.
La Cuaresma llama a eso conversión. El Ramadán lo llama taqwa — esa conciencia íntima, casi táctil, de estar siendo observado desde dentro. No por un juez. Por una Presencia que conoce cada grieta.
Distintas palabras para un mismo gesto: girar. Darse la vuelta. Volver a mirar lo que uno había decidido ya no mirar.
Vivimos un tiempo que teme el silencio como quien teme una enfermedad. Que llena cada pausa con ruido, cada vacío con contenido, cada hambre con cualquier cosa que la detenga antes de que pueda enseñarle algo.
Cuaresma y Ramadán son, entre otras cosas, una resistencia a eso. Una interrupción pactada. Un no dicho al paso automático de los días.
Pero no un no triste. No la austeridad como castigo.
Los que ayunan saben — y esto es algo que solo se sabe desde dentro — que hay una alegría específica en el vaciamiento voluntario. Una ligereza que aparece cuando se deja caer algo que se cargaba sin darse cuenta. Una claridad que llega cuando el ruido cesa, no porque el mundo se haya vuelto más amable, sino porque uno ha dejado de pedirle al mundo que lo llene.
El 18 de febrero de 2026, dos lunas — la lunar del islam y la litúrgica del cristianismo — comenzaron a la vez su tiempo de espera.
No hace falta buscarle un significado doctrinal. Basta con dejarse afectar por la imagen: millones de seres humanos, desde tradiciones distintas, con lenguas distintas, con nombres distintos para Dios, comenzando el mismo día a vaciarse. A escuchar. A caminar más despacio por el interior de sus propias vidas.
El bosque no sabe de fronteras entre denominaciones. La raíz que busca agua en la oscuridad no pregunta si el agua es cristiana o musulmana.
Quizás lo que este umbral compartido nos dice — suavemente, sin pancartas — es que el hambre de lo sagrado es anterior a los nombres que le hemos dado. Y que cuando dos tradiciones ayunan a la vez, algo en la tierra, silenciosamente, respira.


