Roma (Agencia Fides) – El lunes 29 de septiembre de 2025, el Dicasterio para la Comunicación anunció el tema elegido por el Papa León XIV para la 60ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: «Cuidar las voces y los rostros humanos».
Ante la rápida expansión de la tecnología de la inteligencia artificial y los riesgos que conlleva, no es de extrañar que la Iglesia católica sienta la urgencia de abordar sus posibles desarrollos potencialmente peligrosos.
Esta urgencia está claramente presente en las preocupaciones del papa León XIV desde el comienzo de su pontificado. Incluso su elección del nombre como obispo de Roma indica un paralelismo deliberado con el pontificado de su predecesor León XIII. De hecho, León XIV ha comparado esta «revolución industrial» en la era de la inteligencia artificial con la que tuvo lugar durante el pontificado del papa León XIII, quien «en su histórica encíclica Rerum Novarum abordó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial». Hoy, según el actual pontífice, la Iglesia se enfrenta a otra revolución industrial «en el campo de la inteligencia artificial, que plantea nuevos retos para la defensa de la dignidad humana, la justicia y el trabajo».
El papa León XIV no duda en expresar su cautela con respecto a la IA. Durante una entrevista con la periodista de Crux, Elise Ann Allen, el Papa reveló que se había solicitado autorización para crear una versión artificial de él «para que cualquiera pudiera acceder a este sitio web y tener una audiencia personal con el Papa». El papa León rechazó categóricamente la idea. Destacó la importancia del vínculo humano orgánico, explicando que «nuestra vida humana tiene sentido no gracias a la inteligencia artificial, sino gracias a los seres humanos y al encuentro, al estar juntos, al crear relaciones y al descubrir en esas relaciones humanas también la presencia de Dios. Será muy difícil descubrir la presencia de Dios en la IA. En las relaciones humanas podemos encontrar al menos los signos de la presencia de Dios».
Esto no significa que debamos negar el valor de la tecnología en la difusión del Evangelio. El recientemente canonizado Carlo Acutis utilizó la tecnología como medio para evangelizar. En 2005, el joven adolescente desarrolló un sitio web para documentar los diversos milagros eucarísticos que habían tenido lugar en todo el mundo, convencido de que las pruebas científicas a favor de estos milagros atraerían a las personas a la fe católica. Carlo Acutis es un excelente ejemplo de cómo debe utilizarse la tecnología, es decir, como un medio para hacer el bien.
Sin embargo, hay que ser consciente de los límites de la IA y tener en cuenta que se trata simplemente de una herramienta, una herramienta que no puede ni podrá sustituir nunca a los seres humanos a través de los cuales Dios obra. Como ha señalado el Dicasterio para la Comunicación, «aunque estas herramientas ofrecen eficiencia y un amplio alcance, no pueden sustituir las capacidades exclusivamente humanas de empatía, ética y responsabilidad moral. La comunicación pública requiere juicio humano, no solo patrones de datos. El reto es garantizar que la humanidad siga siendo el agente rector. El futuro de la comunicación debe garantizar que las máquinas sean instrumentos al servicio y en conexión con la vida humana, y no fuerzas que erosionen la voz humana».
Algunos entusiastas de la IA sostienen que, gracias a su rápida evolución, podría llegar a ser lo suficientemente inteligente como para explicar la doctrina católica y responder a las objeciones típicas, refiriéndose a los Doctores de la Iglesia, siempre que se programe con los datos adecuados para ello. Sin embargo, entender la misión de la Iglesia de difundir el Evangelio como una cuestión de gestión del flujo de información en forma de discurso computarizado significaría ignorar por completo el significado del Evangelio.
Comunicar la Verdad es sin duda esencial para la misión de la Iglesia, ya que acerca a las personas a Dios, pero esto debe hacerse por amor y a través del amor, porque Dios es amor. Dios Padre manifestó su amor por su creación encarnándose en carne humana, como nos recuerda el Evangelio de Juan: «El Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros» (Jn 1,14); «Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). De la Encarnación se puede aprender a comprender mejor la misión de la Iglesia.
En su Summa Theologiae, Santo Tomás de Aquino plantea la cuestión de la adecuación de la Encarnación: ¿es justo que Dios se encarne y era necesario para la restauración del género humano? Tomás responde que «parece muy apropiado que las cosas invisibles de Dios se den a conocer a través de las cosas visibles» (III, qu.1, a. 1). En otras palabras, dado que la naturaleza humana es tanto cuerpo como espíritu, el hombre adquiere el conocimiento de las «cosas invisibles de Dios» a través de lo visible. Así, al encarnarse, Dios manifiesta su amor por la humanidad, actuando como modelo perfecto que los seres humanos pueden imitar en el amor a Dios y al prójimo. De hecho, cómo observa Tomás de Aquino, entre otras razones enumeradas, la Encarnación de Dios era necesaria para el hombre «en lo que respecta al bien actuar, en el que con la encarnación Dios mismo se ha convertido en nuestro modelo» (III, q.1, a. 2). Así como Jesús no solo proclamó la Verdad, sino que vivió en consecuencia en el Amor, los misioneros deben difundir el Evangelio tanto con sus palabras como con sus acciones. De hecho, como subraya Tomás de Aquino en su obra Summa Contra Gentiles, «nada nos lleva a amar más a alguien que experimentar que él nos ama». Pues bien, Dios no podía mostrar más eficazmente su amor a los hombres que queriendo unirse al hombre con una unión personal: porque es propio del amor unir, en la medida de lo posible, al que ama con el amado» (Libro IV, Capítulo 54, a. 4).
La Encarnación de Dios fue la forma más eficaz de expresar su Amor, subrayando la importancia de la voz y la acción humanas en la difusión de la Palabra. Dios Padre no se limitó a las tablas de piedra entregadas a Moisés para revelarse a sí mismo y su Ley, sino que se encarnó entre sus hijos, del mismo modo que los cristianos no deben sustituir las relaciones personales con los demás por un robot dotado de inteligencia artificial para difundir la Palabra. Las relaciones solo pueden establecerse entre individuos, no con máquinas, y la Encarnación de Dios demuestra claramente su deseo de establecer una relación con su creación. De hecho, como escribe Tomás de Aquino: «Para que se estableciera una amistad más familiar entre el hombre y Dios, era conveniente que Dios se hiciera hombre, porque también naturalmente el hombre es amigo del hombre; “para que mientras conocemos a Dios visiblemente, seamos atraídos al amor de las cosas invisibles” [Misa del día de Navidad]» (Summa Contra Gentiles, Libro IV, Capítulo 54, a. 5).
Así como Dios buscó una relación de amor y amistad a través de su encarnación, los cristianos deben buscar el amor y la amistad con sus vecinos. Sin embargo, la inteligencia artificial no puede amar, no puede dar testimonio de la Verdad a través de sus funciones computacionales. Dios obra a través de los seres humanos para tocar los corazones, no a través de la IA, y si esta última sirve para difundir el Evangelio, es solo en la medida en que su uso está gobernado por la razón y la buena voluntad del hombre.
Por lo tanto, la conservación de las voces y los rostros humanos es esencial en la misión de la Iglesia de difundir la Buena Nueva, ya que el amor de Dios se expresa mejor a través de nuestras relaciones con los demás, como lo demuestra la Encarnación. Sin embargo, vale la pena señalar que Dios también se encarnó en relación con «la plena participación en la divinidad, que es la verdadera bienaventuranza del hombre y el fin de su vida. Y esa plena participación nos es conferida por la humanidad de Cristo» (Summa Theologiae III, q. 1, q. 2).
Como escribió San Atanasio, «Él se hizo hombre para que nosotros fuéramos divinizados» (Sobre la encarnación del Verbo, a. 54). Por la misma razón, Dios actúa a través de los seres humanos. Y como afirma Tomás de Aquino, esto «no se debe a la insuficiencia del poder de Dios, sino a la inmensidad de su bondad, por la cual quiso comunicar a las criaturas su propia semejanza, no solo comunicándoles la existencia, sino también confiriéndoles su ser como causa de otras cosas» (Summa Contra Gentiles, Libro III, Capítulo 70, Respuesta 2).
Por lo tanto, la conservación de las voces y los rostros humanos es tanto más necesaria no solo para que las almas sean amadas y salvadas, sino también para que los misioneros cristianos puedan participar en el designio divino de Dios para ellas.
(Por Marie Symington |Agencia Fides 17/11/2025)