Cristianismo

Del sacrificio a la liberación: el «Cordero de Dios» en la teología contemporánea.

Introducción: un símbolo en disputa.

Pocas expresiones del Nuevo Testamento han generado tanta densidad teológica como el título «Cordero de Dios» (Jn 1,29). Desde los primeros siglos, la Iglesia lo ha interpretado como una síntesis de la misión de Jesús: su entrega, su fidelidad al Padre, su victoria sobre el mal, la redención por la sangre vertida en la cruz.

Sin embargo, en la teología contemporánea han surgido propuestas que buscan desvincular deliberadamente este símbolo de toda dimensión sacrificial. La más representativa es la de Fray Marcos Rodríguez Robles, O.P., dominico español cuyas homilías alcanzan audiencia mundial en Internet. Para Fray Marcos, «Jesús es el cordero que eliminó del mundo la opresión. Es el mejor resumen de toda la actuación de Jesús. Solo actuando como cordero, se puede conseguir ese objetivo». Pero esta lectura desplaza completamente la comprensión sacrificial tradicional. Según su interpretación, «Jesús quita el pecado del mundo no muriendo en la cruz sino viviendo el servicio a todos y en el amor incondicionado».

Esta reinterpretación —aunque sugerente y moralmente provocadora— plantea preguntas fundamentales sobre la fidelidad al texto bíblico, la continuidad con la tradición patrística y la complejidad simbólica que el evangelio de Juan deliberadamente entrelaza. El presente artículo examina críticamente esa tendencia, situándola en el contexto más amplio de la teología liberadora contemporánea y explorando si la purificación del símbolo necesariamente implica su vaciamiento.


El «cordero de Dios» en la tradición cristiana: un símbolo polifónico.

Raíces bíblicas y resonancias múltiples.

El símbolo del cordero en la Escritura no es unívoco, sino que resuena con múltiples sentidos que Juan deliberadamente activa:

El cordero pascual: signo de liberación y memoria de la alianza sellada en Egipto (Ex 12). Evoca la salida de la esclavitud, pero también el sacrificio que selló el pacto.

El siervo sufriente: «como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante el que la esquila, no abrió su boca» (Is 53,7). Esta figura une sufrimiento y entrega silenciosa, pero no la presenta como mera pasividad sino como acto de solidaridad redentora.

El sacrificio cotidiano del templo: expresión diaria de entrega y alabanza, que mantiene viva la relación de alianza entre Dios e Israel.

El Cordero victorioso del Apocalipsis: «Entonces vi un Cordero de pie, como degollado, pero en pie» (Ap 5,6). Imagen paradójica: muerte y victoria simultáneas, vulnerabilidad y poder.

El evangelio de Juan juega deliberadamente con estas resonancias. No presenta una única imagen, sino un entramado simbólico que pretende expresar la totalidad del misterio cristiano. La tradición patrística lo entendió así. San Agustín afirma: «El Cordero es inocente, el Cordero es manso, el Cordero es sacrificado». Nótese que Agustín no opone estas cualidades, sino que las une como aspectos de una única realidad.

La dimensión sacrificial: donación, no violencia impuesta.

Crucial es entender que el sacrificio bíblico —en su forma más auténtica— no es violencia impuesta por un Dios sediento de sangre, sino donación libre y acto de comunión. San Ireneo lo formula con precisión teológica: «Cristo se ofreció a sí mismo, no porque Dios necesitara sacrificios, sino para recapitular en sí todas las cosas».

El sacrificio, en la Biblia, es entrega: la oblación sin mancha que reconcilia. San Pablo subraya esto cuando escribe que «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio agradable a Dios» (Ef 5,2). Aquí no aparece coacción divina, sino respuesta amorosa.

La tradición nunca interpretó el sacrificio como exigencia de una divinidad violenta. Más bien, comprendió que en el acto sacrificial se expresa la supremacía del amor que se entrega. La cruz no es castigo infligido a una víctima inocente, sino acto de fidelidad radical al proyecto redentivo del Padre.


La propuesta de Fray Marcos: luces y sombras.

Aciertos que conviene reconocer.

Fray Marcos acierta en varios puntos que se deben tener en cuenta. Primero, denuncia imágenes distorsionadas de Dios que han circulado en ciertos discursos cristianos: un Dios juez implacable que demanda deuda de sangre, un sistema de culpa y expiación violenta, una espiritualidad basada en el miedo. Estas caricaturas son, efectivamente, infieles al Dios de Jesús.

Segundo, su insistencia en la dimensión liberadora de Jesús es valiosa. Tiene razón al subrayar que Jesús enfrentó la opresión: la de Roma, la de la casta sacerdotal, la de los escribas que usaban la Ley como instrumento de dominio. «En tiempo de Jesús, esta opresión inhumana y deshumanizadora era ejercida no solo por Roma, la potencia ocupante, sino por la casta sacerdotal y los letrados». Y «Jesús vivió esta libertad durante su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles».

Tercero, su llamado a la praxis de liberación como consecuencia del evangelio es profundamente evangélico. Si Jesús liberó, los cristianos deben liberar. «Si de verdad quiero seguir a Jesús, tengo que seguir suprimiendo el pecado del mundo. Hoy Jesús no puede quitar la injusticia, somos nosotros los que tenemos que eliminarla».

Tres reducciones que empobrece el símbolo.

Sin embargo, Fray Marcos efectúa tres reducciones que, aunque coherentes internamente, amputan la complejidad del texto joánico.

a) Reducir el «pecado del mundo» exclusivamente a opresión social.

Para Fray Marcos, «En el evangelio de Juan, «pecado del mundo» tiene un significado muy preciso. Se trata de la opresión que un ser humano ejerce sobre otro». Incluso: «El único pecado que existe es la opresión»; pero en Juan, el pecado tiene también una dimensión más profunda: la ceguera espiritual, el rechazo de la luz, la negación de Dios mismo. «La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas» (Jn 3,19). Aquí el pecado es epistémico y ontológico, no meramente social, aunque la opresión es ciertamente una manifestación del pecado. La opresión es una consecuencia del pecado radical: la soberbia que busca dominar. No es su definición total. Un ser humano puede ser espiritualmente oprimido por el miedo, la ignorancia de sí mismo, la idolatría, sin ser necesariamente víctima de opresión social física. Ambas dimensiones son reales en Juan, y su evangelio las entrelaza.

b) Reducir el «cordero» a un símbolo ético de no-violencia.

Según Fray Marcos, el cordero significa únicamente una actitud: «Ser cristiano significa repetir las actitudes y manera de actuar de Jesús. Por más que nos empeñemos no existe otro camino. Ser libre, ser fuerte, no dejarse dominar, sin emplear la violencia, he ahí el secreto del que quiera ser cristiano de verdad».

Esto es verdadero, pero incompleto. El símbolo joánico no se agota en la ética de la no-violencia. Tiene resonancias que van más allá:

  • Pascuales: el Cordero que fue sacrificado es el que abre el camino de la nueva alianza.
  • Cultuales: la entrega continua en el servicio divino, la glorificación de Dios.
  • Escatológicas: el Cordero que reina en la Jerusalén celestial (Ap 21,22-23).

Ignorar estas capas es amputar el símbolo de su densidad. Juan no escribió un tratado ético, sino una cristología mística que articula múltiples niveles de significado.

c) Oponer sacrificio y amor como categorías antagónicas.

La conclusión lógica de Fray Marcos es esta: si el «sacrificio violento» es falso, entonces la cruz no es sacrificio en absoluto. «El modo de ‘quitar’ este pecado no es una muerte vicaria expiatoria externa»; sin embargo, la tradición bíblica no contrapone sacrificio y amor. Al contrario: el sacrificio auténtico es precisamente la expresión suprema del amor que se entrega. La oposición rígida entre sacrificio y amor es una construcción moderna, alimentada por cierta lectura ilustrada que ve el sacrificio solo como violencia arcaica. Para la Biblia, el sacrificio es el gesto de amor, la donación sin reservas. Cuando Pablo escribe que «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio agradable a Dios», une indisociablemente amor, entrega y sacrificio. No son términos contradictorios, sino aspectos de una única realidad: la libertad absoluta que se dona.


La deriva teológica contemporánea: entre la purificación necesaria y los riesgos reales.

La lectura de Fray Marcos forma parte de una tendencia más amplia en la teología actual: la búsqueda de reinterpretar el cristianismo desde categorías éticas y existenciales contemporáneas. Esta corriente incluye aspectos de la teología de la liberación, críticas a la «teoría de la expiación» (atonement theory), y esfuerzos por recuperar un Jesús más «histórico» y menos «mitológico».

Méritos de esta reorientación.

Esta tendencia tiene méritos innegables. Recupera la dimensión histórica y política del evangelio, mostrando que Jesús no fue un maestro puramente espiritual, sino alguien que confrontó estructuras de poder. Critica imágenes de Dios que han generado sufrimiento psicológico y espiritual en comunidades vulnerables. Subraya la importancia de la praxis de Jesús, no solo su enseñanza doctrinal. Abre espacios para que la fe sea relevante a las luchas concretas por justicia.

Riesgos teológicos innegables.

Sin embargo, estos riesgos son reales:

Primero, reducir la salvación a un ejemplo moral. Si la cruz es solo un modelo de sacrificio ético (vivir sin violencia), entonces la salvación se diluye en imitación. Se pierde lo que el Nuevo Testamento llama «poder» (dynamis): la capacidad transformadora de la muerte y resurrección, que actúa más allá de la mera decisión voluntaria del creyente.

Segundo, desvincular la misión de Jesús de su relación filial con el Padre. Esto es particularmente problemático en Juan, donde la relación Padre-Hijo es central. Juan 1,29 no aísla al Cordero como figura desencarnada, sino que lo presenta como aquel que «quita el pecado del mundo» precisamente porque es el Hijo del Padre, portador del Espíritu. Reducir esto a ética de liberación fragmenta la cristología joánica.

Tercero, perder la densidad simbólica que ha sostenido la fe durante dos milenios. Los símbolos no son convenciones arbitrarias intercambiables. Tienen una potencia generadora de sentido que la razón ética, aunque importante, no agota. Un creyente que recurre a la cruz como misterio de amor, no como proposición moral, accede a una realidad que trasciende su comprensión racional.

La teología no puede limitarse a traducir el evangelio en categorías éticas modernas. Debe —sí— purificar el lenguaje, corregir distorsiones, pero sin renunciar a escuchar la complejidad del texto, incluso cuando desafía la sensibilidad actual.


La relación Padre-Hijo en Juan: una brecha nunca cerrada.

Fray Marcos apenas aborda la teología trinitaria y la relación íntima entre Jesús y el Padre que estructura todo el evangelio de Juan. Pero es precisamente aquí donde emerge la insuficiencia de la lectura puramente liberadora.

En Juan, el Cordero no es simplemente una figura ética, sino el Logos encarnado, la Palabra que procede del Padre. Su sacrificio no es un acto aislado de resistencia ética, sino la manifestación de la gloria del Padre. «Juan propone a Jesús preexistente, portador del Espíritu e Hijo de Dios. No se puede decir más».

Cuando Jesús se entrega, no lo hace solo por los oprimidos, sino para «recapitular todas las cosas» en sí mismo (Ef 1,10), para manifestar quién es Dios. La cruz, en esta perspectiva, no es únicamente un gesto político de solidaridad, sino un acto cosmológico que tiene implicaciones ontológicas.

Una lectura que omita esto puede ser generosamente ética, pero es teológicamente incompleta.


Una vía integradora: purificar sin vaciar.

¿Cuál es la alternativa? No volver a modelos teológicos que han generado imágenes tóxicas de Dios (el juez vengador, el Padre que demanda castigo), ni tampoco reducir el símbolo a su dimensión ética.

La respuesta está en purificar el lenguaje sacrificial sin eliminarlo.

El sacrificio no es violencia impuesta, sino donación libre. Jesús no es víctima pasiva coercionada por un Padre violento, sino agente libre que ama hasta el extremo (Jn 13,1).

La cruz no es exigencia divina brutal, sino fidelidad radical de Jesús al amor. Es el punto donde la entrega sin límite choca con la violencia del poder, y esa colisión genera salvación no por magia, sino porque la lógica del amor trasciende la lógica del poder.

El «cordero» no es figura de debilidad pasiva, sino de libertad que no se deja capturar por el poder. El cordero actúa sin violencia, pero no sin potencia. Su debilidad aparente es, paradójicamente, su mayor fortaleza, porque denuncia y deslegitima toda forma de dominio.

Esta lectura permite mantener la riqueza simbólica joánica —las resonancias pascuales, cultuales, escatológicas— sin recaer en imágenes que oscurezcan al Dios de Jesús.


Una pregunta teológica de fondo: ¿cómo evitar el vaciamiento?

Aquí emerge una pregunta incómoda. La propuesta integradora que ofrecemos («purificar sin vaciar») es teológicamente seductora, pero ¿realmente evita el vaciamiento?

Si decimos que el sacrificio es «donación libre» (no violencia), ¿qué distingue esto de simplemente una ética de entrega? ¿Qué garantiza que la «donación» no se diluya nuevamente en un acto puramente ético?

La respuesta está en insistir en la especificidad de la cruz como evento corporal, histórico, mortal. No es solo ejemplo ético, sino acontecimiento real donde la libertad absoluta de Jesús choca con la muerte. La resurrección no es metáfora de «espíritu inmortal», sino afirmación de que la vida prevalece sobre la muerte, que el amor es más fuerte que el poder.

Esto no es reducible a ética. Es misterio: la revelación de quién es Dios en el acto mismo donde parece derrotado. Por eso Juan no puede escribir sobre la cruz sin escribir sobre la gloria, la exaltación, la ascensión. Porque en la cruz se manifiesta la verdadera naturaleza de Dios: amor sin poder, poder sin dominio.


Conclusión: recuperar la complejidad del símbolo

El «cordero de Dios» no puede reducirse ni a un sacrificio sangriento literalmente entendido (que genera imágenes tóxicas de Dios) ni a un mero símbolo ético de no-violencia (que pierde la potencia transformadora). Es una figura que necesita articular:

  • Entrega: la disposición de darse sin reservas
  • Libertad: la agencia de Jesús, que no es víctima pasiva
  • Amor: la motivación de toda la acción
  • Fidelidad: la respuesta a la voluntad redentora del Padre
  • Transformación: el poder que transforma la realidad, no solo la intención

La teología contemporánea tiene la tarea de purificar el símbolo, no de vaciarlo. Debe limpiar los depósitos de interpretación que lo han oscurecido (el sacrificio como apaciguamiento divino, la cruz como castigo penal transferido), pero sin renunciar a la profundidad mística que Juan mismo buscaba expresar.

La propuesta de Fray Marcos es valiosa como provocación profética. Nos obliga a preguntarnos si nuestros símbolos religiosos son fieles al Dios de amor que Jesús reveló. Pero como interpretación completa, es insuficiente. Ignora demasiadas capas del texto, particularmente la relación Padre-Hijo que es el alma del evangelio de Juan.

El desafío que queda es el más difícil: mantener la profundidad del símbolo sin recaer en imágenes que oscurezcan el rostro de Dios. No es una síntesis fácil. Quizás no es una síntesis, sino una tensión permanente que la fe debe habitar: confesar que la cruz es a la vez gloria y muerte, amor y límite, poder y debilidad, misterio que trasciende toda categoría humana.

Ahí, en esa tensión irreducible, vive el Cordero de Dios.


Bibliografía

Fuentes Primarias

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Notas sobre las fuentes

Los textos de Fray Marcos Rodríguez Robles, O.P., proceden de sus homilías publicadas en la plataforma digital Fe Adulta (www.feadulta.com/es) y sus reflexiones divulgadas en redes sociales. Por la naturaleza de estos materiales, no se cita una obra monográfica única, sino un conjunto de predicaciones que expresan su pensamiento teológico de forma coherente.

Para un análisis más detallado de la teología de la liberación y sus críticas al lenguaje sacrificial, véanse especialmente los trabajos de Jon Sobrino, Gustavo Gutiérrez y, desde una perspectiva más contemporánea y crítica, los estudios de Joel B. Green sobre la teoría de la expiación.

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