En las horas de la tarde, cuando el sol comienza a descender y las sombras se alargan, el tiempo parece detenerse. En esos momentos, me pregunto hacia dónde soplará el viento del amor. Miro al horizonte y veo una tierra quemada, azotada por el sufrimiento de la irracionalidad. ¡Qué desperdicio de humanidad!
Me siento como un intruso, ajeno a las emociones superficiales. No puedo cambiar un poco de felicidad por vida, ya que mi viaje está casi terminado y tengo el equipaje listo en la estación de término. He llegado más o menos entero, con algunos tropiezos en el camino. También he sido pícaro, quizá con una picardía inocente. En este día que me queda, puedo decir que siempre amé, que nunca ejercí violencia, ni siquiera en mi defensa; sin embargo, personas queridas sufrieron y no pude evitarlo, o no supe cómo hacerlo.
Mi casa quedó cerrada hace años. Fui itinerante, viajero continuo, con el Evangelio como bandera.
Sin entender, acusamos. Sin saber, juzgamos según la conveniencia del momento. Somos criaturas osadas. Incluso muchos hombres religiosos te ignoran con frecuencia. ¿Dónde queda el amor? ¿Dónde queda la gratitud?
Mi mundo se apaga lentamente; pero el tiempo permanece. Quiero morir en el amor. Quiero ser amor.