Cristianismo

El silencio como morada interior

Cuando medito y dejo que los pensamientos pasen por mi mente como partículas de polvo arrastradas por el viento del desierto, el silencio se convierte en un invitado familiar y querido, en una presencia que reconozco como propia.

Es difícil describir todo lo que ese estado de quietud me transmite. Ante todo, el aparente «no hacer»: quedar ajeno al tiempo, suspendido en un umbral donde el ruido del mundo pierde su poder sobre nosotros. Pero un día comprendí que había algo más: el tomar conciencia de mi propia realidad más profunda, esa vivencia interior que Jesús nombra como el «Reino de Dios» que llevamos dentro. No como metáfora ni como promesa aplazada, sino como territorio vivo, habitable ahora mismo.

No es fácil llegar a ese lugar. Y duele —duele de verdad— comprobar cómo nuestra conexión con la Creación puede desvanecerse con tanta facilidad, sofocada por el ruido, por las prisas, por el miedo a encontrarnos con nosotros mismos. Por eso el silencio resulta desgarrador para tantas personas, incluso para quienes se consideran creyentes comprometidos: no porque el silencio sea vacío, sino porque en él ya no hay donde esconderse.

Cada tradición espiritual tiene su geografía propia. El hinduismo y el budismo han cartografiado con gran finura esos estados interiores que en Occidente apenas nombramos: la «iluminación», el «despertar», la extinción del ego que creíamos ser. Son palabras distintas para señalar la misma orilla. Y precisamente por eso, cambiar de tradición religiosa sin haber tocado ese fondo no produce ninguna transformación esencial: es sustituir unos dogmas por otros, unas liturgias por otras. Al cabo de unos años, los nuevos dogmas asumidos se convierten también en losas, más pesadas aún por las dificultades del idioma y las diferencias culturales que nunca terminamos de integrar del todo. Lo que dejamos atrás nos persigue; lo nuevo no acaba de arraigar. Se siente como una batalla silenciosa entre aferrarse a lo conocido y aceptar que estamos en caminos distintos que, sin embargo, convergen en el mismo horizonte.

La clave, creo, no está en el sistema que elijamos sino en la disposición con la que nos ponemos en camino. El «Reino de Dios» no se conquista con devociones mecánicas ni con el cumplimiento escrupuloso de normas eclesiásticas. Se abre, más bien, cuando tenemos la honestidad de reconocer lo que somos, la valentía de querer ir más allá de nuestra propia superficie, y la confianza —frágil y real como toda confianza— en el Jesús de Nazaret que dijo que ese reino ya estaba aquí, entre nosotros, dentro de nosotros. Todo lo demás, como él mismo enseñó, no deja de ser ruido de fondo.

Seguimos caminando. Con amor y paz.

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