El espacio místico del Magreb

Hablar del Magreb es harto complicado. ¿A qué nos referimos con este término? ¿Se trata de un espacio geográfico? ¿Un país? ¿Un conjunto de países? ¿Una definición geopolítica?

El Magreb es todo eso y mucho más; pero si buscamos información en Internet y nos asomamos a fotografías satelitales veremos un inmenso espacio ocre. A vista de pájaro el Magreb es desierto, o así lo parece. Y ciertamente el desierto abarca una buena parte del territorio. Al acercar el campo de visión percibimos una realidad que va perfilándose en un mosaico cromático en el que adivinamos montañas, ríos, valles, ciudades, pueblos, …

El primer contacto del ciudadano occidental con el Magreb suele producirse viajando como turista a alguno de los países que reciben el sobrenombre de ´magrebíes`. Así, resulta habitual visitar Marruecos o Túnez, y menos corriente acercarse a Argelia, Libia (hoy muy difícil debido a la guerra que sufre) o Mauritania. Con ello acabo de citar los cinco países que según la división administrativa actual configuran ese espacio del norte de África. Pero claro, lo administrativo y político no implica un ajuste perfecto con la realidad humana y social, es más, a veces se vertebra un marco geopolítico sin tener en cuenta la diversidad antropológica e histórica.  En cualquier caso, el viajero que decide visitar alguno de esos países tendrá siempre una visión muy parcial.

Estamos hablando de un espacio gigantesco. Solo el desierto del Sahara es 20 veces más grande que España. El Magreb completo ocupa cerca de 20 millones de kilómetros cuadrados.

A los países citados yo añado buena parte de Malí, por la razón de que al menos todo el norte maliense es desértico y en él han prosperado tribus –los famosos Tuaregs- nómadas, presentando semejanzas geográficas, étnico lingüísticas y culturales con los países aludidos.

Como se puede comprobar, no es tan sencillo delimitar el Magreb y menos sencillo aún describir lo que hay en ese espacio, su historia, su diversidad étnica, cultural, tribal, etcétera. La razón de estas dificultades hay que buscarla en el periodo de la colonización africana por parte de algunos países europeos. Las potencias occidentales fueron ocupando regiones y territorios ignorando en buena medida la riqueza histórica y humana de las poblaciones sometidas al poder del llamado “primer mundo”. La posterior ´descolonización` no resultó un proceso homogéneo y respetuoso con los pueblos sometidos. En todo ese tiempo se cometieron todo tipo de barbaridades, entre ellas el saqueo sistemático de bibliotecas enteras con manuscritos de un valor incalculable, la destrucción de modos de vida ancestrales en virtud de los criterios impuestos desde las cancillerías europeas, por ejemplo, trazando fronteras artificiales con escuadra y cartabón sobre un mapa para delimitar los países, lo cual alteró, entre otras muchas actividades, el nomadismo, piedra angular de las culturas beduinas, o las prácticas de piedad populares, como las peregrinaciones a las tumbas de los santos sufíes, o la destrucción sistemática de madrazas y otros espacios de enseñanza. En fin, el rosario de desastres es enorme.

            Fruto de aquellas arbitrariedades basadas en la prepotencia y dominio político y militar de los países europeos, el Magreb fue hundiéndose en la inestabilidad, la corrupción estructural de la sociedad, la pérdida de las diferentes identidades culturales, la homogeneización artificial de costumbres, las ambiciones políticas de una nueva generación de líderes locales formados casi todos en centros universitarios occidentales, el crecimiento de la población bajo criterios de alcanzar una prosperidad “a la europea”, el surgimiento de nuevos conflictos territoriales, como el famoso del Sahara Occidental y los Saharauis, devenido así desde la salida de España de su “provincia sahariana” en 1976, etcétera.

            Es todavía ahora, en pleno siglo XXI, cuando el Magreb sigue sumido en un conjunto de problemas que se han enquistado y que han impedido en gran medida un desarrollo social acorde con los nuevos tiempos. A pesar de ello, la población magrebí ha experimentado extraordinarios avances en numerosos ámbitos de la vida, variando de unos países a otros.

            Pero todo ello, en mi opinión, palidece ante un hecho que con frecuencia pasa desapercibido para los analistas occidentales y también para buena parte de los magrebíes. Me refiero a la “dimensión mística del Magreb”, expresión con la que defino el componente más importante de las culturas que se desarrollaron en el África del Norte.

            El misticismo, entendido al modo occidental, es un don de Dios que se recibe en gran medida por la vía ascética, es decir, renunciando a los “placeres del mundo”. Se trata de un ámbito minoritario producido en el cristianismo monástico y el eremitismo, especialmente a partir del siglo IV de nuestra era con el surgimiento de los llamados “Padres del Desierto”.

            En el Lejano Oriente, el misticismo se cultiva en una suerte de ascetismo y estudio de la mente mediante ejercicios de meditación intensa, yoga, contemplación, hasta que surge la iluminación. Son los caminos propios del hinduismo y el budismo.

            En el Magreb, como en buena parte del Medio Oriente, la mística se desarrolla apegada a la tierra, al nomadismo, al espacio geográfico, en un ascetismo compartido por la familia, el clan, la tribu. Donde iban las familias llevaban consigo la dimensión mística fraguada en los grandes espacios abiertos del desierto, los valles o las montañas. No se entendía una tribu sin sus místicos, hombres considerados santos, virtuosos, capaces de obrar prodigios, ´milagros`, un misticismo surgido en el islam temprano, tomando como ejemplo y guía las prácticas meditativas del profeta Mohammed, la paz sea con él.

            Un misticismo practicado “hacia dentro”, y un misticismo “practicado hacia fuera”. Esta fue la gran diferencia del Magreb que se ha mantenido, no sin desviaciones y contaminaciones externas, hasta nuestros días.

            Esta peculiaridad de las tribus magrebíes permitió que después de una historia de encuentros y desencuentros, colonización y descolonización, el Magreb siga atrapando y cautivando al viajero en la actualidad, pues toda la grandeza de sus gentes y de sus pueblos se debe precisamente al componente místico y religioso que los vertebró y que de alguna forma impregnan el cotidiano vivir.

            En definitiva, el devenir histórico del Magreb presenta un amplio abanico de ´historias` paralelas, periodos oscuros, olvidos, reconstrucciones interesadas, conclusiones occidentalizadas, desconocimiento de hechos que marcaron profundamente la idiosincrasia ancestral de sus gentes… la tarea de reconstrucción de los hechos es ingente y, me temo, casi imposible de realizar.

            No es objeto de este ensayo entrar en la discusión de tales cuestiones, puesto que ni soy historiador ni lo pretendo y la extensión necesaria para tratar dichas cuestiones implicaría la escritura y edición de varios volúmenes. Por otra parte, mi interés es el ámbito religioso, no tanto en su vertiente teológica sino en los aspectos cotidianos de una práctica que, como decía más arriba, han sido la argamasa para edificar el imponente espacio social magrebí. Tampoco es baladí el empeño.

            El hispanófono que pretenda desenmarañar la historia religiosa del Magreb, como es mi caso, se llevará una severa frustración inicial: la poca bibliografía[1] existente en idioma español. Tendrá que rebuscar en libros de historia general, de antropología y sociología, la mayoría de ellos demasiado especializados en sus áreas de estudio. Acudirá a revistas especializadas en arabismo, en africanismo, en ciencias políticas. Tal vez visite algunos archivos y bibliotecas, y acabará por sumergirse en el ámbito del sufismo magrebí, corriente mística del islam; pero no el único tipo de misticismo existente en estas tierras. Si desea ir más allá, necesitará leer textos académicos escritos por autores franceses, verdaderos especialistas en estos temas y quizá en Europa los que mayor empeño han tenido en estudiar a fondo la historia y la religión de los pueblos magrebíes. Lo tenían más fácil al ser Francia potencia colonial poderosa en todo el norte y oeste de África. Ellos acapararon las fuentes informativas, localizaron los grandes centros intelectuales y sustrajeron manuscritos y un material precioso que ha sido compartido con cuentagotas, ejerciendo una influencia importante hasta nuestros días. Pero aun así se abre una amplia falla entre la labor académica occidental y la evolución real de los hechos. Para profundizar aún más en tales cuestiones, habrá que acudir a investigadores locales, ninguneados casi siempre en las instituciones universitarias europeas hasta hace pocos años, hoy empiezan a ser reconocidos y algunos de ellos son profesores[2] de universidades acreditadas, forman parte de grupos de investigación y publican artículos científicos en las revistas más acreditadas de cada especialidad.

            Sin embargo, y para desesperación del interesado, a pesar de leer toda la producción bibliográfica[3] existente sobre la materia, quedará preso de cierta impotencia. ¿Cómo es posible que después de leer montañas de documentos, libros, incluso de haber viajado a tal o cual país del Magreb, siga escapándoseme la esencia de la espiritualidad magrebí? –Esto mismo me preguntaba yo hace más de quince años. Leía, hablaba con eruditos de Mauritania o Marruecos, frecuentaba amistades con ulemas, imames, o con gente corriente y normal imbuida de cierto conocimiento natural y, sin embargo, no lograba penetrar en lo más profundo de la identidad magrebí.

            La dificultad de esta falta de entendimiento profundo radica en la transmisión cultural donde predomina la expresión oral por encima de la escrita, así como las reservas para hablar de ciertos temas con desconocidos y los pactos de silencio. En efecto, muchos de los hechos que han acontecido en el Magreb se han transmitido oralmente de generación en generación, principalmente en las tribus nómadas. Aunque disponían de la escritura en árabe o en otros idiomas locales, empleada casi siempre para hacer bellas copias caligrafiadas del Sagrado Corán, o de los Hadices, o de la Jurisprudencia, la poesía o las narraciones de los hechos eran orales, dando pie a hermosos estilos de narración oral, acompañados por instrumentos musicales sencillos o por las palmadas de los asistentes. Así, no es de extrañar que una buena parte de la producción intelectual no haya quedado reflejada en libros y documentos.

            Poco a poco fui introduciéndome en la sociedad magrebí, siempre de una forma limitada, pues son tantas las tribus, los idiomas y dialectos, los pueblos que necesariamente uno tiene que elegir el lugar geográfico y el ámbito social en el que pretende indagar. Este es un problema típico para los antropólogos, condicionados por su propia cultura y por sus estudios previos. En mi caso, y como ya he referido en el prólogo, el ´salto` no fue antropológico sino religioso en primer lugar y sentimental después, ya que el ser admitido por la tariqa sufí como un hermano más conllevó en mí el deseo de conocer mejor aquello en lo que me había metido, y ya se sabe, una cosa conduce a la otra y de forma particular se acaba en el lugar que te reserva el destino, como suele decirse. Ese lugar fue Dakhla, ciudad situada al sur, fundada por los españoles con el nombre de “Villa Cisneros”. Allí recalé y desde allí inicié la segunda parte de mi exploración espiritual que conllevaba, por supuesto, abrirme a la realidad sahariana en todos sus ámbitos para, empapándome de esa cultura maravillosa, atisbar y conocer también otras culturas magrebíes como la bereber y sus manifestaciones religiosas. Constituyó el inicio de un camino que no ha acabado aún y que me ha permitido solucionar en buena parte el problema que exponía más arriba.

            Gracias a Dios siempre tuve una visión holística a la hora de abordar la investigación de los asuntos que me interesaba. Esto me permitió construir un discurso coherente partiendo de la realidad que estaba viviendo. No se trataba solo de una “observación participante”, técnica empleada en antropología, ni de ´triangular` los resultados de diversas observaciones y fenómenos, sino que partiendo del día a día involucrado en muy diferentes actividades fui saboreando y valorando los numerosos matices de las sociedades magrebíes, ya digo, no de forma completa; pero sí lo suficientemente amplia como para hacerme una idea cabal de aquello que me interesaba, que no era otra cosa que la dimensión espiritual tamizada por mi propia experiencia religiosa y por cierta visión poética de lo que se me ha presentado a lo largo de mi vida.

            Finalmente, después de lecturas, conversaciones, viajes y experiencias diversas en aquella región del mundo, me quedo con la dimensión religiosa que da pie al misticismo fraguado en la tradición sufí, cuya raíz es muy anterior al islam y se alimenta de distintas fuentes mistéricas y filosóficas, si bien esta particularidad solo tiene un interés histórico, puesto que lo importante es el hecho experiencial, quiero decir, el anonadamiento místico que puede tener diversas vías de entrada y no necesariamente teístas, como así queda patente en las tradiciones religiosas orientales.

            En cualquier caso, lo sustancial es ese caminar con la certeza de transitar por un espacio definido que cada buscador matizará en función de su procedencia geográfica y cosmovisión religiosa.

            He tenido la oportunidad de abundar en este crisol espiritual que es el sufismo y, siendo consciente de mis limitaciones como hombre, he podido saborear algo de ese espacio que constituye el horizonte de mi vida.


[1] Constituye una base importante de información el libro escrito por Julio Caro Baroja titulado “Estudios Saharianos”, después de su estadía en el Sahara Occidental desde noviembre de 1952 hasta febrero de 1953, si bien solo se refiere al territorio que en aquellos constituía la provincia española.

[2] Por ejemplo, Rahal Boubrik, profesor de la Universidad Mohamed V de Rabat (Marruecos) y colaborador de varias instituciones académicas de Europa, está desempeñando una fabulosa labor científica. Autor de numerosas obras en las que trata los aspectos religiosos en el Magreb.

[3] La persona interesada puede acudir a revistas como “Hesperis”, “Ibla” o “Revue Africaine”, entre otras.

San Carlos de Foucauld y Marruecos

El sabor de viajar

San Carlos de Foucauld sólo pasó un año en Marruecos. Pero lo que experimentó dejó una profunda huella en él. Cuando realizó su viaje de exploración a Marruecos, de junio de 1883 a mayo de 1884 , tenía apenas 25 años.

El relato de su viaje publicado en su libro «Reconnaissance au Maroc»¹ le valió la medalla de oro de la Société de Géographie de París.

Para entender “de dónde venía” y con qué ánimo inició su viaje, debemos recordar sus primeros años:

En 1881, siendo un joven oficial de 22 años, fue enviado con su regimiento a Argelia. Pero él valora su independencia y no quiere doblegarse ante los demás. Fue expulsado del ejército por indisciplina y mala conducta grave.

Unos meses más tarde, a petición propia, fue readmitido en el ejército, pero finalmente dimitió definitivamente en 1882. El 18 de febrero de 1882 le escribió a Gabriel Tourdes, un amigo de la escuela secundaria:

«…Odio la vida de guarnición: encuentro el trabajo aburrido en tiempos de paz, que es lo habitual (…) por eso hacía tiempo que había decidido abandonar mi carrera militar un día u otro. En ese estado de ánimo preferí irme inmediatamente: ¿qué sentido tenía arrastrar durante unos años más, sin ningún objetivo, una vida en la que no encontraba ningún interés? Prefiero disfrutar mi juventud viajando; «De esta manera al menos me educaré y no perderé el tiempo»  ²

Su estancia en el desierto argelino comenzó a cambiar su vida y le dio el gusto por la aventura. Diez años después, en una carta fechada el 21 de febrero de 1892 a su amigo Henri Duveyrier, escribió:

«…Pasé siete u ocho meses en una tienda de campaña en el Sahara de Orán, lo que me dio un gusto muy fuerte por los viajes, que siempre me habían atraído. Renuncié en 1882 para satisfacer libremente este deseo de aventura”. ³

¿Por qué Marruecos?

Primero planeó un largo viaje hacia Oriente, queriendo atravesar todo el norte de África, Arabia Saudita y llegar hasta Jerusalén, donde pensaba encontrarse con un médico que había conocido en el sur de Orán.

Le pide a su amigo del instituto, Gabriel Tourdes, que le consiga un montón de libros para prepararse para este viaje.  «…entiendes que sería una pena hacer viajes tan bonitos, estúpidamente y como un simple turista: quiero hacerlos en serio… 4

Pero de repente cambia de plan: ya no quiere ir hacia el este, sino en dirección opuesta:

A Marruecos para un viaje de exploración.

¿Por qué este cambio? Encontramos su gusto por la aventura, su carácter orgulloso con este proyecto extremadamente ambicioso de hacer algo que nadie antes que él ha podido hacer.

Tal vez es que después de una juventud y una carrera muy problemática, tiene sed de llenar un vacío con una experiencia fuerte, sed de tomar riesgos ilimitados, sed de triunfar en su proyecto personal. Por fin sed de lo absoluto.

Y ya veremos, ¡era absolutamente necesario llegar hasta el final! A su hermana Marie, que en enero de 1884 estaba preocupada y le pedía que volviera a Francia, le respondió: «Cuando uno se va diciendo que va a hacer algo, no debe volver sin haberlo hecho» 5

Una aventura peligrosa

Explorar Marruecos, un país hasta entonces en gran parte desconocido, no era posible para un europeo sin arriesgar su vida. Sólo ciertas zonas eran accesibles a los europeos.

Por un lado estaba el “Bled al Maghzen”, un país con poblaciones sometidas al sultán, y por otro lado el “Bled es-Siba”, un país donde la autoridad del sultán era cuestionada por tribus rebeldes que representaban 5/6 del país.

Preparándose para el viaje

A partir de junio de 1882, es decir a la edad de 24 años, San Carlos de Foucauld se preparó en la Biblioteca de Argel, ayudado por los mejores especialistas de la época, como Mac Carthy y el gran explorador Henri Duveyrier, durante un año para este viaje de exploración con estudios incansables en varios campos científicos como la geografía, la geología, la cartografía, la historia y también estudió árabe y hebreo (pero no bereber).

El que una vez fue considerado un holgazán se hizo un horario de trabajo del que dice: «…lo sobrecargué horriblemente: marca el comienzo del trabajo a las 7 de la mañana y el final a la medianoche, con dos descansos de media hora para las comidas – todo lo demás está dividido en pequeñas lecciones: el árabe tiene sus horarios, la historia, la geografía, etcétera. En cuanto a la correspondencia, … la relegé pues, en el momento en que la obra estaba terminada, a la medianoche. Pero cuando llego a esas horas, …tengo mucho sueño…” 6

Hay pues un cierto exceso, un rasgo de su personalidad que conservará toda su vida y que se convertirá en un «exceso en el amor».

San Carlos de Foucauld financió este proyecto personal enteramente con su fortuna personal y la de su familia, o más bien con lo que le quedaba de ella, pues en su juventud ya había dilapidado buena parte de su herencia, lo que le valió el asesoramiento de un abogado.

También tendrá algunas preocupaciones financieras a lo largo del camino debido a los sucesivos vuelos. Al llegar al Gran Sur, tendrá que dar un gran rodeo hasta Mogador (Essaouira) para conseguir algo de dinero, y luego, a la vuelta, a causa del pillaje de dos hombres que debían escoltarle, se verá obligado a vender sus mulas para poder llegar hasta la frontera argelina.

Viaja disfrazado de judío con un guía judío marroquí

La población que encontró en Marruecos era mayoritariamente musulmana, pero también había numerosas comunidades judías.

Debido al peligro que este viaje representaba para él como europeo, San Carlos de Foucauld había decidido disfrazarse de rabino judío, presentándose bajo el nombre de Joseph Alemán y hacerse acompañar por el rabino Mardoqueo Aby Serour.

Mardoqueo era un judío marroquí nacido en 1826 en Tintazart, cerca de Aqqa, en el sur de Marruecos, y por tanto tenía unos 57 años. Fue un viajero muy experimentado y famoso sobre todo por su viaje a Tombuctú.

Pero a menudo es el propio Carlos quien decide el camino a seguir, asumiendo enormes riesgos, contra el consejo de su guía. Así que en varias ocasiones casi perdió la vida allí.

Y la mayoría de las veces utiliza «yo» en su relato y muy raramente «nosotros», ¡como si estuviera viajando solo!

Si tuvo éxito en su exploración fue también gracias a los conocimientos de su guía y es sorprendente observar que sólo lo menciona siete veces en su libro «Reconnaissance au Maroc» y habla de sí mismo en otros lugares en términos bastante despectivos. En aquella época, antes de su conversión, ¡no se trataba de ser un “hermano universal”!

Su método de trabajo

Desde junio de 1883 a mayo de 1884 recorrió 3.000 km a pie, principalmente y a veces a lomo de mula, de los cuales 2.250 km eran completamente desconocidos.

Demostró capacidad para realizar observaciones muy precisas del terreno, la cultura, la organización política de Marruecos, competencia en diferentes temas y una gran resistencia durante este año en Marruecos.

Anotaba sus observaciones en un pequeño cuaderno de 5 cm cuadrados con un lápiz de 2 cm de largo, tomando la precaución de caminar delante o detrás de sus compañeros.

………….

1 Vizconde Charles de Foucauld, Reconocimiento en Marruecos, L’Harmattan 1998

2 Charles de Foucauld, Cartas a un amigo del instituto, Nouvelle Cité 1982, p.118

3 Antoine Chatelard, Charles de Foucauld, El camino de Tamanrasset, París, Karthala 2002, p.308

4 Charles de Foucauld, Cartas a un amigo del instituto, pág. 119

5 René Bazin, Charles de Foucauld, explorador en Marruecos, ermitaño en el Sahara, París, Plon, 1921, p. 72

6 Charles de Foucauld, Cartas a un amigo del instituto, p.125

Conversación con un erudito musulmán

Polvo, arena en suspensión, calor… así fui recibido al llegar a la ciudad de Dakhla un buen día de marzo en el vetusto avión comercial, más bien avioneta de 15 plazas, con origen en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Un sudor intenso recorría mi piel, mezclado con el de los pasajeros que -casi apretujados en rudos asientos de cuero- íbamos en la cabina de la aeronave.

Llegar a esta bella capital de provincias, constituía el final de una ruta que había empezado meses atrás, cuando me invitaron a pasar unos días en la ciudad marroquí de Meknés. Allí pude conocer un erudito especializado en historia quien me habló de las singularidades del Sahara, más allá de las cuestiones políticas acontecidas en la región durante las últimas décadas tras la famosa “Marcha Verde” protagonizada por los marroquíes y el posterior abandono del territorio por parte de España.

Sidi Mohamed era un hombre mayor que conservaba una lucidez increíble. Hablaba con naturalidad media docena de idiomas, había viajado por medio mundo pues tuvo un negocio textil con el que continuó uno de sus hijos, era de los pocos hombres de su generación con estudios universitarios, en concreto una licenciatura en filología árabe, había escrito unos cuantos libros de filosofía islámica y, en definitiva, se trataba de un hombre sabio, según el sentir popular y académico de su país; pero, más allá de su curriculum vital, Sidi Mohamed era, ante todo, un místico. Buena prueba de ello se sustentaba sobre un numeroso grupo de hombres y mujeres que conformaban una tariqa, es decir, una cofradía religiosa. Así, se había granjeado fama de santidad a pesar de que él renegase de tales calificativos. En cualquier caso, su tariqa, siendo pequeña respecto a otras mucho más grandes y antiguas, tenía una vitalidad tremenda.

Coincidí con Sidi Mohamed en un zoco del barrio antiguo de la ciudad. Yo estaba curioseando en un puesto ambulante y él llevaba un rato hablando con el comerciante. Al verme allí me saludó y rápidamente entabló conversación conmigo. Me dijo que estaba esperándome, ante lo cual, completamente asombrado, le pregunté que cómo era posible si no nos conocíamos. Lo que siguió fue un silencio prolongado con una invitación posterior a acompañarle a su casa. Mi situación de invitado en casa de unos amigos me hizo rechazar amablemente la invitación; pero él insistió, de tal forma que al final acepté; pero, eso sí, con la consideración de avisarlos por teléfono.

La casa estaba a las afueras de la ciudad, no muy lejos del zoco, así que fuimos caminando. El día no propiciaba un lento y plácido paseo conversando. Por el contrario, fuimos a buen paso. Un cielo con grandes nubarrones presagiaban tormenta.

Ya en el interior me di cuenta de las dimensiones del edificio, con patio interior incluido y algunos jardines. Más que una casa se trataba de un conjunto de edificios separados unos de otros. Había gente por todas partes que saludaban a Sidi Mohamed casi con reverencia. Me condujo a una estancia enmoquetada y con ningún mueble, salvo los cojines en el suelo para recostarse. Una pequeña mesa en el centro de la estancia tenía varios jarrones con zumos diversos y una cesta repleta de frutos secos y dátiles.

Sidi Mohamed me cumplimentó y mientras preparaba él mismo el té, se entretuvo contándome sus viajes por España, Francia, Italia y otros países europeos, en busca de tejidos, telas, etc. Conocía Europa mucho mejor que yo.

En ese encuentro aprendí varias cosas que me hicieron mucho bien; pero sobre todo lo más importante fue una amistad naciente que fuimos cultivando con el paso de los años, a pesar de la diferencia de edad, pues él ya era abuelo, de barba blanca y arrugas pronunciadas en su rostro. No sabría decir su edad y tampoco me atreví a preguntarle nunca.

Lo primero que tienes que saber -me dijo, es que el islam va más allá de dogmas y rituales, se trata de una cosmovisión que impregna cada acto del musulmán. Esto le diferencia de otras religiones, incluso del cercano cristianismo, pues la vida ordinaria del creyente es confirmar en su interior la certeza de la unicidad de Dios, Allah para nosotros, de una forma absoluta y radical. Esto tiene implicaciones para nuestra vida; pero de ello sabrás más cuando te impregnes de la profundidad del desierto.

¿Y por qué piensa que iré al desierto? He venido aquí como invitado a pasar unos días y conocer Marruecos. Volveré a España dentro de una semana para continuar con mi vida -le dije totalmente convencido.

Él reflexionó un momento, se levantó, llamó a alguien que acudió en un instante. Le dijo algo en el idioma local del que yo apenas balbuceaba unas cuantas palabras.

Mira -se volvió hacia mí mientras salía el hombre que había entrada instantes antes en el salón- nada es casual. Cuando te dije en el zoco que te esperaba fue porque así era. Sabía que pronto coincidiría con un occidental. Por otro lado,  estás en casa de los hijos de Yassín, una familia amiga de la mía desde hace generaciones, y él me advirtió sobre tu llegada a la ciudad, tus estudios, tu trabajo, en fin… esas cosas que suelen describir a la persona.

¿Entonces no se trataba de adivinación o brujería? -Le pregunté casi con alivio.

Se produjo un silencio que dio pie a una sonora carcajada. -No, para nada. Esta ciudad no es muy grande y las noticias vuelan, más si viene un extranjero a casi de Yassín. Mira, -me dijo enfatizando las palabras- adivinadores y brujos y brujas hay, claro que sí, la mayoría gente alejada del islam pues el profeta Mohamed, la paz sea con él, nos señaló muchas veces el pecado ya señalado en el Sagrado Corán para esas personas que se dedican a prácticas consideradas prohibidas o poco recomendables, así como para los que consultan a tales personas. No. En esta casa no entran esas prácticas ocultistas y satánicas. Nosotros somos más prosaicos y dejamos la superstición fuera de nuestras vidas.

Me habían dicho que en el Magreb son comunes esas cosas -le dije con un punto de atrevimiento.

Sí, ¿en dónde no? -respondió; pero no por ello dejan de ser algo malo. Lo mejor es estar alejados de quien lo practica.

Lo segundo que tienes que hacer -continuó hablando, cambiando totalmente de tema- es, como te he dicho antes, viajar por el desierto. Esto es importante.

¿Por qué? -Le interrumpí

 Allí lo sabrás. Tu vete cuanto antes. Encontrarás beduinos auténticos.

En fin, la conversación continuó al menos una hora más hasta el momento de rezar el salat, la oración ritual, tras cuya llamada Sidi Mohamed se fue. Como yo no sabía que hacer salí de la habitación y pregunté a una mujer que por donde se salía. Esperé unos quince minutos por si regresaba mi anfitrión y al no hacerlo decidí volver al piso que había alquilado

Al día siguiente tenía muy fresca la conversación del día anterior. Después del desayuno quise pasar la mañana en mi habitación repasando notas que había traído y escribiendo aquellas cosas de las que me acordaba.  Sidi Mohamed me dio algunas indicaciones muy interesantes y había despertado en mí la curiosidad por ese Sahara no ajeno a los españoles dado que un territorio nada despreciable fue provincia española.

El espacio místico del norte de África

Hablar del Magreb es complicado. ¿A qué nos referimos con este término? ¿Un espacio geográfico? ¿Un país? ¿Un conjunto de países? ¿Una definición geopolítica?

El Magreb es todo eso y mucho más; pero si buscamos información en Internet y nos asomamos a fotografías satelitales veremos un inmenso espacio ocre. A vista de pájaro el Magreb es desierto, o así lo parece. Y ciertamente el desierto abarca una buena parte del territorio. Al acercar el campo de visión percibimos una realidad que va perfilándose en un mosaico cromático en el que adivinamos montañas, ríos, valles, ciudades, pueblos, …

El primer contacto del ciudadano occidental con el Magreb suele producirse viajando como turista a alguno de los países que reciben el sobrenombre de ´magrebíes`. Así, resulta habitual visitar Marruecos o Túnez y menos corriente acercarse a Argelia, Libia o Mauritania. Con ello acabo de citar los cinco países que según la división administrativa actual configuran ese norte de África; pero claro lo administrativo y político no implica un ajuste perfecto con la realidad humana y social, es más, a veces se vertebra un marco geopolítico sin tener en cuenta la diversidad antropológica e histórica.  En cualquier caso, el viajero que decide visitar alguno de esos países tendrá siempre una visión muy parcial.

Estamos hablando de un espacio gigantesco. Solo el desierto del Sahara es casi veinte veces más grande que España. El Magreb completo ocupa cerca de 20 millones de kilómetros cuadrados.

A los países citados yo añado buena parte de Malí, por la razón de que al menos todo el norte maliense es desértico y en él han prosperado tribus –los famosos Tuaregs- nómadas, presentando semejanzas geográficas, étnico lingüísticas y culturales con los países aludidos.

Como se puede comprobar, no es tan sencillo delimitar semejante espacio y menos sencillo aún describir lo que hay, su historia, su diversidad étnica, cultural, tribal, etcétera. La razón de estas dificultades tenemos que buscarla en el periodo de la colonización africana por parte de algunos países europeos. Las potencias occidentales fueron ocupando regiones y territorios ignorando en buena medida la riqueza histórica y humana de las poblaciones sometidas al poder del llamado “primer mundo”. La posterior ´descolonización` no resultó un proceso homogéneo y respetuoso con los pueblos sometidos. En todo ese tiempo se cometieron todo tipo de barbaridades, entre ellas el saqueo sistemático de bibliotecas enteras con manuscritos de un valor incalculable, la destrucción de modos de vida ancestrales en virtud de los criterios impuestos desde las cancillerías europeas, por ejemplo, trazando fronteras artificiales con escuadra y cartabón sobre un mapa para delimitar los países, lo cual alteró, entre otras muchas actividades, el nomadismo, piedra angular de las culturas beduinas, o las prácticas de piedad populares, como las peregrinaciones a las tumbas de los santos sufíes, o la destrucción sistemática de madrazas y otros espacios de enseñanza. En fin, el rosario de desastres es casi ilimitado.

            Fruto de aquellas arbitrariedades basadas en la prepotencia y dominio político y militar de los países europeos, el Magreb fue hundiéndose en la inestabilidad, la corrupción estructural de la sociedad, la pérdida de las diferentes identidades culturales, la homogeneización artificial de costumbres, las ambiciones políticas de una nueva generación de líderes locales formados casi todos en centros universitarios occidentales, el crecimiento de la población bajo criterios de alcanzar una prosperidad “a la europea”, el surgimiento de nuevos conflictos territoriales, como el famoso del Sahara Occidental y los saharauis, devenido así desde la salida de España de su “provincia sahariana” en 1976, etcétera.

            Es todavía ahora, en pleno siglo XXI, cuando el Magreb sigue sumido en un conjunto de problemas que se han enquistado y que han impedido en gran medida un desarrollo social acorde con los nuevos tiempos. A pesar de ello, la población magrebí experimentó extraordinarios avances en numerosos ámbitos de la vida, variando de unos países a otros.

            Todo ello, en mi opinión, palidece ante un hecho que con frecuencia pasa desapercibido para los analistas occidentales y también para buena parte de los magrebíes. Me refiero a la “dimensión mística del Magreb”, expresión con la que defino el componente más importante de las culturas que se desarrollaron en el África del Norte.

            El misticismo, entendido al modo occidental, es un don de Dios que se recibe en gran medida por la vía ascética, es decir, renunciando a los “placeres del mundo”. Se trata de un ámbito minoritario producido en el cristianismo monástico y el eremitismo, especialmente a partir del siglo IV de nuestra era con el surgimiento de los llamados “Padres y Madres del Desierto”.

            En el Lejano Oriente, el misticismo se cultiva en una suerte de ascetismo y estudio de la mente mediante ejercicios de meditación intensa, yoga, contemplación, hasta que surge la iluminación. Son los caminos propios del hinduismo y el budismo.

            En África del Norte, como en buena parte del Medio Oriente, la mística se desarrolla apegada a la tierra, al nomadismo, al espacio geográfico, en un ascetismo compartido por la familia, el clan, la tribu. Donde iban las familias llevaban consigo la dimensión mística fraguada en los grandes espacios abiertos del desierto, los valles o las montañas. No se entendía una tribu sin sus místicos, hombres considerados santos, virtuosos, capaces de obrar prodigios, ´milagros`, un misticismo surgido en el islam temprano, tomando como ejemplo y guía las prácticas meditativas del profeta Mohammed.

            Un misticismo practicado “hacia dentro”, y un misticismo “practicado hacia fuera”. Esta fue la gran diferencia del Magreb que se ha mantenido, no sin desviaciones y contaminaciones externas, hasta nuestros días.

            Esta peculiaridad de las tribus magrebíes permitió que después de una historia de encuentros y desencuentros, colonización y descolonización, el Magreb siga atrapando y cautivando al viajero en la actualidad, pues toda la grandeza de sus gentes y de sus pueblos se debe precisamente al componente místico y religioso que los vertebró y que de alguna forma impregnan el cotidiano vivir.

            En definitiva, el devenir histórico del Magreb presenta un amplio abanico de ´historias` paralelas, periodos oscuros, olvidos, reconstrucciones interesadas, conclusiones occidentalizadas, desconocimiento de hechos que marcaron profundamente la idiosincrasia ancestral de sus gentes… la tarea de reconstrucción de los hechos es ingente y, me temo, casi imposible de realizar.

            No pretendo discutir tales cuestiones, puesto que implicaría la escritura y publicación de varios libros. Por otra parte, mi interés es el ámbito socio religioso, no tanto en su vertiente teológica sino en los aspectos cotidianos de una práctica que, como decía más arriba, han sido la argamasa para edificar el imponente espacio social magrebí, así como una definición muy concreta de entender y gestionar el ámbito de la salud y la enfermedad.

            El hispanófono que pretenda desenmarañar la historia religiosa del Magreb, como es mi caso, se llevará una severa frustración inicial: la poca bibliografía[1] existente en idioma español. Tendrá que rebuscar en libros de historia general, de antropología y sociología, la mayoría de ellos demasiado especializados en sus áreas de estudio. Acudirá a revistas especializadas en arabismo, en africanismo, en ciencias políticas. Tal vez visite algunos archivos y bibliotecas y acabará por sumergirse en el ámbito del sufismo magrebí, corriente mística del islam; pero no el único tipo de misticismo existente en estas tierras. Si desea ir más allá, necesitará leer textos académicos escritos por autores franceses, verdaderos especialistas en dichas materias y quizá en Europa los que mayor empeño han tenido en estudiar a fondo la historia y la religión de los pueblos magrebíes. Lo tenían más fácil al ser Francia potencia colonial poderosa en todo el norte y oeste de África. Ellos acapararon las fuentes informativas, localizaron los grandes centros intelectuales y sustrajeron manuscritos y un material precioso que ha sido compartido con cuentagotas, ejerciendo una influencia importante hasta nuestros días. Aun así, se abre una amplia falla entre la labor académica occidental y la evolución real de los hechos. Para profundizar más en tales cuestiones, habrá que acudir a investigadores locales, ninguneados casi siempre en las instituciones universitarias europeas hasta hace pocos años, hoy empiezan a ser reconocidos y algunos de ellos son profesores[2] de universidades acreditadas, forman parte de grupos de investigación y publican artículos científicos en las revistas más acreditadas de cada especialidad.

            Sin embargo, y para desesperación del interesado, a pesar de leer toda la producción bibliográfica[3] existente sobre la materia, quedará preso de cierta impotencia: ¿Cómo es posible que después de leer montañas de documentos, libros, incluso de haber viajado a tal o cual país del Magreb, siga escapándoseme la esencia de la espiritualidad magrebí? –Esto mismo me preguntaba yo hace más de veinte años. Leía, hablaba con eruditos de Mauritania o Marruecos, frecuentaba amistades con ulemas, imames, o con gente corriente y normal imbuida de cierto conocimiento natural y, sin embargo, no lograba penetrar en lo más profundo de la identidad magrebí.

            La dificultad de esta falta de entendimiento profundo radica en la transmisión cultural donde predomina la expresión oral por encima de la escrita, así como las reservas para hablar de ciertos temas con desconocidos, además de los pactos de silencio. En efecto, muchos de los hechos que han acontecido en el Magreb se han transmitido oralmente de generación en generación, principalmente en las tribus nómadas. Aunque disponían de la escritura en árabe o en otros idiomas locales, empleada casi siempre para hacer bellas copias caligrafiadas del Sagrado Corán, o de los Hadices, o de la Jurisprudencia, la poesía o las narraciones de los hechos eran orales, dando pie a hermosos estilos de narración oral, acompañados por instrumentos musicales sencillos o por las palmadas de los asistentes. Así, no es de extrañar que una buena parte de la producción intelectual no haya quedado reflejada en libros y documentos.

            Poco a poco fui introduciéndome en la sociedad magrebí, siempre de una forma limitada, pues son tantas las tribus, los idiomas y dialectos, los pueblos que necesariamente uno tiene que elegir el lugar geográfico y el ámbito social en el que pretende indagar. Este es un problema típico para los «investigadores de campo», condicionados por su propia cultura y por sus estudios previos. En mi caso, el ´salto` no fue científico sino religioso en primer lugar y científico después, ya que el ser admitido por una cofradía sufí como un hermano más conllevó en mí el deseo de conocer mejor aquello en lo que me había metido, y ya se sabe, una cosa conduce a la otra y de forma particular se acaba en el lugar que te reserva el destino, como suele decirse. Ese lugar fue Dakhla, ciudad situada al sur, fundada por los españoles con el nombre de “Villa Cisneros”. Allí recalé y desde allí inicié la segunda parte de mi exploración espiritual y el abordaje desde una perspectiva científica que conllevaba, por supuesto, abrirme a la realidad sahariana en todos sus ámbitos para, empapándome de esa cultura maravillosa, atisbar y conocer también otras culturas magrebíes como la bereber y sus manifestaciones religiosas. Constituyó el inicio de un camino que transité durante muchos años.

            Siempre he trabajado en aspectos donde confluían distintas orientaciones, especialidades y puntos de vista. En antropología, epidemiología y salud pública el abordaje de un problema es multidisciplinar, requiere el concurso de visiones diferentes que acaban por complementarse con teorías y propuestas. Esta forma de trabajar me había preparado para poder integrar distintos saberes: antropología, sociología, epidemiología, biología, historia… De todo ello tuve que tirar con la intención de construir un discurso coherente partiendo de la realidad que estaba viviendo. No se trataba de una “observación participante”, técnica empleada por los antropólogos, ni de ´triangular` los resultados de diversas observaciones y fenómenos, sino que partiendo del día a día involucrado en actividades de colaboración asistenciales, educativas y de promoción sociolaboral con organizaciones locales desde bases biopolíticas y solidarias, fui saboreando y valorando los muy numerosos matices de las sociedades magrebíes, ya digo, no de forma completa; pero sí lo suficientemente amplia como para hacerme una idea cabal de aquello que me interesaba, que no era otra cosa que la dimensión espiritual tamizada por mi propia experiencia religiosa, filosófica y científica, y por cierta visión poética de las situaciones que se me han presentado a lo largo de la vida.


[1] Constituye una base importante de información el libro escrito por Julio Caro Baroja titulado “Estudios Saharianos”, después de su estadía en el Sahara Occidental desde noviembre de 1952 hasta febrero de 1953, si bien solo se refiere al territorio que en aquellos años constituía la provincia española.

[2] Por ejemplo, Rahal Boubrik, profesor de la Universidad Mohamed V de Rabat (Marruecos) y colaborador de varias instituciones académicas de Europa, está desempeñando una fabulosa labor científica. Autor de numerosas obras en las que trata los aspectos religiosos en el Magreb.

[3] Los interesados/as pueden acudir a revistas como “Hesperis”, “Ibla” o “Revue Africaine”, entre otras.