Diálogo Interreligioso

Reencuentro en el Magreb

Viajar a África no es simplemente desplazarse en el mapa. Es regresar. Es un movimiento que, después de mucha dedicación continua a estas tierras, adquiere la naturaleza de un reencuentro profundo con lo que ha sido parte constitutiva de mi vida profesional, espiritual y humana.

En su día decidí que mi compromiso intelectual y existencial no podía ejercerlo en mi país. Desde entonces, estas regiones del Magreb —especialmente Sahara, Mauritania y Malí— han sido un espacio de aprendizaje recíproco, de construcción de puentes que desafían las fronteras impuestas. No ha sido una dedicación turística ni filantrópica en el sentido superficial. Ha sido, más bien, una presencia sostenida: estableciendo relaciones genuinas, acompañando procesos, contribuyendo a la formación de estudiantes, construyendo proyectos que trascienden las modas y los intereses habituales.

Durante estos años, he alternado mi estancia allí con trabajo no presencial, pero la continuidad es constante. Porque entendí hace tiempo que la verdadera dedicación no se mide solo por la presencia física, sino por la coherencia de un compromiso que permanece siempre presente.

Mauritania y Malí: Territorios de complejidad profunda

Regreso a territorios que conozco bien, pero que nunca dejan de sorprenderme por su complejidad. Mauritania, atravesada por sus propias fracturas sociales y políticas, por la tensión persistente entre las estructuras de poder tradicionales y las aspiraciones de cambio de sus ciudadanos. Malí, especialmente, ha experimentado transformaciones drásticas en los últimos veinticinco años. Cuando comencé mi trabajo, esa nación vivía bajo presiones distintas a las actuales. Hoy, Malí se debate entre los intentos de reconstrucción nacional y la realidad de un territorio parcialmente controlado por grupos armados, entre la búsqueda de estabilidad política y golpes de Estado que interrumpen esa búsqueda.

Ambos países comparten una realidad sociopolítica que no puede ignorarse: fragilidad institucional, competencias por el poder, gobiernos que oscilan entre la aspiración democrática y la tentación autoritaria. En Malí, los cambios políticos de los últimos años han sido turbulentos. Dos golpes de Estado consecutivos han reorganizado el mapa del poder, y aunque hay intentos de retorno a la normalidad constitucional, la incertidumbre persiste. Las instituciones educativas han sufrido interrupciones; las universidades han sido cerradas intermitentemente; el espacio para la palabra académica ha sido, con frecuencia, disputado.

Mauritania, por su parte, vive su propia inestabilidad. Las tensiones étnicas, la cuestión del sistema de castas —una realidad que muchos prefieren no nombrar directamente pero que sigue estructurando la sociedad—, y las competiciones por recursos en un territorio árido crean un clima donde la gobernanza es constantemente retada. Los cambios de gobierno, la alternancia entre civiles y militares en el poder, reflejan una democracia aún en construcción, frágil, vulnerable a los vientos de la geopolítica regional.

En el corazón de la crisis: Seguridad, yihadismo y fragmentación territorial

No puedo hablar de Mauritania y Malí sin nombrar directamente lo que define sus paisajes actuales: la presencia de grupos armados de orientación yihadista, las mafias del narcotráfico que usan estos territorios como corredores, el tráfico de personas que convierte a estos países en espacios de tránsito para migrantes desesperados. En Malí, el norte ha estado bajo presión constante de grupos vinculados a Al-Qaeda y a DAESH. El centro del país, tradicionalmente más estable, ahora también experimenta incursiones y violencia. Las comunidades locales viven en una tensión permanente: entre la presencia del Estado débil, la presencia de los grupos armados, y la presencia de fuerzas militares extranjeras que llegaron en busca de estabilidad pero cuya efectividad es cuestionada.

Mauritania, aunque ha logrado mantener una relativa estabilidad territorial comparada con su vecino, no es ajena a estas presiones. El sur y el este del país han experimentado incursiones de estos grupos, y la amenaza del terrorismo ha crecido en los últimos años. El tráfico de drogas desde América Latina, transitando por el Atlántico hacia África Occidental, ha convertido a Mauritania en un nodo crítico de una ruta criminal que corrompe instituciones, financia conflictos, y desvía recursos públicos hacia bolsillos privados.

Reencuentros en tiempos de incertidumbre

A pesar de —o quizás precisamente por causa de— esta realidad compleja, regreso para reencontrarme entre otras personas con antiguos alumnos que se han convertido en profesionales, en pensadores, en agentes de cambio en sus comunidades. Muchos de ellos viven en contextos donde ejercer su profesión exige coraje cotidiano. Los maestros mantienen las aulas abiertas pese a la inseguridad. Los activistas por derechos humanos documentan abusos sabiendo que hacerlo puede traerles consecuencias. Los periodistas buscan verdad en espacios donde la verdad es peligrosa. Los universitarios continúan estudiando en instituciones que frecuentemente cierran, en naciones donde el acceso a la educación de calidad es un lujo.

Algunos de estos antiguos alumnos son ahora docentes universitarios ellos mismos, sosteniendo universidades que luchan por mantener estándares académicos en medio de crisis. Otros trabajan en organizaciones de derechos humanos, en organismos de desarrollo, en espacios donde intentan reconstruir tejido social. Algunos han emigrado, forzados por la inseguridad o la falta de oportunidades, pero mantienen conexiones con sus comunidades de origen.

Verlos es constatar que la siembra produjo fruto en terreno extraordinariamente difícil, que las palabras pronunciadas en aulas hace años echaron raíces capaces de resistir sequías y tormentas políticas. Es un acto de humildad reconocer que ellos, no yo, son quienes viven la realidad cotidiana de estas naciones en crisis.

También regreso para abrazar a compañeros que fueron mis colegas en esa aventura común, amigos que entendieron, como yo, que la educación tiene una responsabilidad que va más allá de los títulos y los créditos. Personas que han continuado ejerciendo su labor incluso cuando las instituciones se vuelven inestables, cuando las condiciones de trabajo se deterioran, cuando la presión política intenta colonizar el aula. Veremos juntos cómo el tiempo ha moldeado nuestros proyectos y nuestros sueños, y cómo esos sueños persisten pese a —o porque— los obstáculos se han multiplicado. Por supuesto, no puedo dejar de lado la crisis humanitaria que viven muchos malienses, refugiados en campos situados en Mauritania ni la parte importante de acompañamiento espiritual. Muchos de ellos son cristianos perseguidos también por su condición religiosa.

Retomar lo iniciado: Programas de educación y solidaridad en contextos frágiles

No se trata de proyectos nuevos, sino de la continuidad de lo que comenzamos hace años. Hay programas asistenciales en marcha, iniciativas de apoyo a emigrantes subsaharianos, redes de colaboración que necesitan reactivación y revitalización. Mi visita es un acto de responsabilidad: reconocer que no puedo simplemente abandonar lo que ayudé a construir, especialmente cuando esos proyectos cobran aún más urgencia en contextos de crisis.

Los emigrantes subsaharianos que atraviesan Mauritania y Malí están entre los más vulnerables del planeta. Algunos son desplazados internos escapando de conflictos armados. Otros son migrantes económicos cuyas comunidades de origen no pueden ofrecerles futuro. Muchos son víctimas de tráfico de personas, embaucados por promesas, explotados sistemáticamente. Mi responsabilidad con estos programas asistenciales es aún más acuciante ahora que el fenómeno migratorio se ha entrelazado con la inseguridad regional de formas que generan sufrimiento exponencial.

Y aquí es donde la virtualidad se convierte en aliada estratégica. La tecnología que antes no existía ahora permite algo que antes era imposible: mantener una presencia coherente sin estar físicamente presente de manera permanente, especialmente crucial en regiones donde la inseguridad puede hacer que los viajes frecuentes sean inviables o peligrosos.

Educación como acto de resistencia y continuidad

Se me ha propuesto retomar algunas clases utilizando el aula virtual de la universidad. Pero esto no será un simulacro de educación a distancia. Serán seminarios reales, encuentros donde la profundidad del diálogo sea posible pese a la distancia que nos separa. Algunas sesiones serán completamente virtuales, permitiendo que estudiantes en Mauritania, Mali y otros lugares puedan participar desde la relativa seguridad de conexiones en línea. Otras sesiones se realizarán de forma presencial cuando viaje al Magreb, creando así un híbrido que permite la continuidad sin la ilusión de que la tecnología puede reemplazar completamente el encuentro cara a cara.

En contextos donde las universidades son cerradas periódicamente por inestabilidad, donde los estudiantes pierden semestres completos, donde la educación es constantemente interrumpida por realidades políticas que escapan a su control, esta presencia educativa continua adquiere una dimensión casi política: es un acto de afirmación de que el conocimiento importa, de que la formación de pensamiento crítico importa, de que hay una comunidad de aprendizaje que persiste más allá de los colapsos institucionales.

Enseñar en seminarios presenciales durante mis visitas tiene una función específica: recuperar esa energía que solo nace cuando nos miramos a los ojos, cuando podemos escuchar no solo las palabras sino el tono, la duda, la perplejidad, el peso de vivir en sociedades sometidas a presión constante. El seminario presencial es intenso, concentrado; es el espacio donde la discusión antropológica, teológica o literaria se vuelve una experiencia viva, quizás una fuente de esperanza en contextos donde escasea.

Las clases virtuales, por su parte, permitirán una regularidad que de otro modo sería imposible. Semana tras semana, los estudiantes tendrán acceso a una educación continua, a diálogos que pueden desarrollarse sin prisa, con el cuidado que requieren los temas que nos importan. La pantalla tiene sus limitaciones, pero también sus ventajas: permite que cada voz sea escuchada, que la reflexión sea más pausada, que quienes viven bajo presión tengan espacios donde la presión se suspende momentáneamente.

El programa asistencial: Solidaridad en tiempos de crisis

Junto a profesionales comprometidos y al concurso de instituciones como la Media Luna Roja reactivaremos y expandiremos el programa de apoyo para emigrantes subsaharianos. Los números siguen siendo crudos: cientos de miles en tránsito, en peligro, sin amparo. Pero detrás de cada número hay un rostro que mi compromiso debe honrar.

En Mauritania y Malí, donde las rutas de migración se cruzan con las rutas del narcotráfico y donde los grupos armados han aprendido a financiarse mediante la extorsión de migrantes, este trabajo es particularmente urgente. Los emigrantes no son solo víctimas económicas; muchos son víctimas de violencia física, de abuso sexual, de esclavitud en condiciones que apenas se diferencia de la esclavitud histórica. El hecho de que Mauritania tenga un problema particularmente agudo con formas contemporáneas de esclavitud hace que la solidaridad con los más vulnerables sea especialmente crítica.

Esta no es caridad que se ejerza desde la distancia. Es solidaridad que se construye juntos, que requiere presencia, que exige que yo esté allí para comprender qué está sucediendo realmente, cuáles son las nuevas formas que adopta la vulnerabilidad, cómo se pueden reinventar las respuestas en un contexto que cambia constantemente.

Testimonio cristiano en la continuidad: Fe encarnada y mística

He vivido estos años como cristiano que busca encarnarse, que rehúsa separar la fe de la praxis. Mi testimonio no es predicación de púlpito, sino presencia que habla. En contextos donde el Islam es la tradición religiosa dominante, compañeros musulmanes han visto cómo intento vivir la fe con coherencia, sin imposición, con respeto profundo hacia sus propias convicciones.

La fe cristiana que me ha sostenido en este viaje prolongado es una fe encarnada, mística en el sentido más hondo: la convicción de que Dios no habita solo en los templos sino en los rostros de los marginados, en la vulnerabilidad de quienes migran, en la resistencia silenciosa de quienes persisten pese a la adversidad. Es una mística que reconoce la presencia del Espíritu Santo en lugares donde los poderes estructurales dicen que solo hay abandono y fracaso.

Durante años he buscado la contemplación no como escape del mundo, sino como profundización en él. La oración que me sostiene no es oración que me aleja de la realidad política, social y económica de los países que visito, sino oración que me mantiene despierto a esa realidad, que me quiebra el corazón de maneras necesarias, que me convoca continuamente a la coherencia entre lo que creo y lo que hago. Es la contemplación activa de quien no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento que ve, ante la injusticia que documenta, ante la dignidad que persiste en los lugares más olvidados.

La dimensión mística de mi compromiso se expresa en pequeños actos: en la quietud de estar presente con un estudiante que ha experimentado trauma, en el silencio compartido con un colega que comprende sin palabras, en la vulnerabilidad de admitir mis propias dudas y limitaciones ante comunidades que merecen honestidad. Estos años me han enseñado que la mística no es espiritualidad etérea desconectada de la materia. Es precisamente lo opuesto: es la capacidad de ver a Cristo en el migrante exhausto, en el profesor que continúa enseñando bajo amenaza, en el corazón del pobre que persiste en su dignidad.

La Eucaristía, en este contexto, se convierte en acto político y espiritual simultáneamente: cada vez que parto el pan, recuerdo que el cuerpo de Cristo está presente en los cuerpos hambrientos, en los cuerpos maltratados, en los cuerpos de quienes la historia ha querido invisibilizar. La liturgia cristiana, para mí, no es fuga hacia lo trascendente sino encuentro con lo más profundamente real. Es en la mesa del Señor donde comulgo con la realidad de un mundo quebrado, donde me permito ser quebrantado junto con él, donde la esperanza no es negación de la realidad sino resurrección dentro de la realidad.

He aprendido a rezar de nuevas maneras en esas tierras. La oración comunitaria en templos improvisados, la oración en soledad bajo cielos que parecen infinitos, la oración de intercesión por nombres específicos de personas concretas cuyas vidas he tocado y me han tocado. La oración que brota del cuerpo cuando las palabras se agotan. La oración de lamento que el salmista conocía bien, donde es permitido decirle a Dios: «¿Dónde estás?» sin que eso sea considerado falta de fe, sino profundidad de fe.

Diálogo inter-religioso como práctica espiritual profunda

En Mauritania y Malí, donde el Islam es profundamente estructurador de la identidad nacional y de la vida cotidiana, donde la religión y la política están frecuentemente entrelazadas de formas complejas, este diálogo inter-religioso adquiere una importancia particular y espiritual. Mi presencia como cristiano que dialoga con respeto, que reconoce la dignidad de la fe musulmana mientras sostiene coherentemente la mía propia, es en sí misma un acto político en contextos donde la polarización religiosa es real.

Pero más profundamente, es un acto espiritual de una magnitud que apenas puedo articular. He aprendido de compañeros musulmanes cómo la oración, la disciplina espiritual, el ayuno vivido con intención profunda, pueden transformar la relación que uno tiene con el propio cuerpo, con el tiempo, con Dios. He visto la devoción sincera de hermanos y hermanas que se postran en oración hacia La Meca, y en esa devoción he reconocido la misma sed que existe en mi propio corazón cristiano: la sed de encontrarse con lo Transcendente, de entregar la propia vida a algo mayor que uno mismo, de ser transformado por el Absoluto.

El Corán y la Biblia conversan en mis reflexiones. Los sufíes musulmanes y los místicos cristianos dicen cosas notablemente similares sobre la necesidad de morir a uno mismo, de vaciarse para llenarse de Dios, de reconocer que toda sabiduría viene de lo Alto. He rezado en mezquitas con respetuoso silencio, participando en la presencia, incluso recitando en árabe y entendiendo el salat (oración islámica) en el lenguaje más profundo del corazón. He participado en conversaciones sobre la naturaleza de la compasión divina con imames y maestros que me han interpelado como cristiano, que me han mostrado aspectos de la misericordia de Dios que no había considerado suficientemente.

He escuchado a imames predicar sobre la justicia social de maneras que me han cortado el aliento, que me han humillado, que me han llevado a preguntarme si como cristiano estaba viviendo el Evangelio con la radicalidad que la Umma (comunidad) musulmana vive su compromiso con la justicia. He compartido comidas durante el Ramadán, he ayunado junto con amigos musulmanes, he experimentado la solidaridad de quien sostiene juntos el hambre como disciplina espiritual compartida.

Esta apertura espiritual no debilita mi fe cristiana; la profundiza y la desafía continuamente. No porque todas las religiones sean idénticas —sé que hay diferencias teológicas profundas que no pueden ser minimizadas— sino porque reconozco que el Espíritu de Dios sopla donde quiere, que la búsqueda humana de lo divino es una realidad universal, y que los que sinceramente buscan a Dios en sus propias tradiciones pueden convertirse en mis maestros y profetas.

Creo que el Dios cristiano que amo es lo suficientemente grande como para ser buscado en múltiples lenguas, en múltiples tradiciones, en múltiples corazones. No niego que Cristo es el camino, la verdad y la vida. Pero tampoco puedo negar que he visto la vida de Cristo reflejada en rostros musulmanes, en gestos de compasión que emergen del Corán, en la santidad que brota del corazón dedicado a Dios, sea cual sea la forma que adopta esa dedicación.

El diálogo que he construido durante estas décadas es frágil y precioso: frágil porque siempre está expuesto a malentendidos, especialmente en tiempos cuando el yihadismo ha contaminado muchas conversaciones sobre religión, cuando el fundamentalismo de cualquier signo pretende monopolizar el significado de la fe; precioso porque ha permitido que personas de tradiciones distintas se escuchen con genuina apertura, recordándose mutuamente que la fe puede ser un puente más que una barrera.

Retorno para reafirmar que ese diálogo no fue un episodio, sino una apuesta continua y profundamente espiritual por la posibilidad de que la fe nos acerque más que nos aleje, particularmente importante en regiones donde fuerzas destructivas usan la religión como combustible para el conflicto. La mística inter-religiosa que he vivido es testimonio silencioso de que otra forma de estar juntos es posible, que Dios es más grande que nuestras divisiones, que la búsqueda honesta de lo Divino puede generar comunidad.

El riesgo como parte de una historia espiritual más larga

Sí, hay riesgos reales en esta región. Pero después de tantos años viviendo allí y recorriendo muchos de sus rincones, esos riesgos no son abstractos para mí. Los he mirado a la cara en distintos momentos, en distintas formas. He visto cómo contextos pueden deteriorarse rápidamente. He experimentado cancelaciones de viajes, cambios súbitos de planes, momentos de verdadera incertidumbre sobre la seguridad.

Espiritualmente, he aprendido a vivir con una tensión: la tensión de quien confía en la Providencia sin negar la realidad del riesgo, quien cree en el Dios que sustenta la vida sin pretender que esa fe lo hace invulnerable. He rezado muchas veces el Padrenuestro en contextos donde «el pan de cada día» adquiere un significado literal que los cristianos occidentales rara vez comprenden. He rezado «venga tu reino» en territorios donde el reino de Dios parece extraordinariamente lejano, y esa oración se convierte en acto de esperanza revolucionaria.

Mi fe no es un escudo mágico contra la violencia. Es más bien un ancla que me permite estar presente incluso cuando tengo miedo, que me permite ser útil incluso cuando la situación es desesperada, que me permite creer que la vida tiene sentido incluso cuando la muerte ronda cerca.

Pero la realidad es que Mauritania y Malí no son monolíticamente peligrosas. Son territorios complejos donde el peligro existe pero también existe la vida, la normalidad, la generosidad humana. Hay ciudades donde los cafés siguen llenos de gente. Hay aulas donde los estudiantes siguen asistiendo con regularidad. Hay vecindarios donde la comunidad continúa, donde la solidaridad entre personas es la realidad cotidiana. Hay momentos de risa genuina, de deleite en la compañía, de hospitalidad que desafía las estadísticas de violencia.

No minimizo los riesgos ni adopto una actitud de negación romántica. Simplemente, he elegido que el miedo no me robe lo que importa. Y lo que importa es que esta historia continúe, que la educación persista, que la solidaridad no abandone a los más vulnerables, que el diálogo entre culturas y religiones no muera en los conflictos que pretenden definir completamente estas regiones.

Espiritualmente, esto es lo que los antiguos llamaban «fe activa»: la capacidad de actuar como si creyera en la resurrección incluso cuando veo muerte, de sembrar como si creyera en la cosecha incluso cuando los tiempos son áridos, de amar sin garantías de reciprocidad, de confiar sin certezas.

Un viaje que es retorno

Este no es un viaje de exploración o de autodescubrimiento turístico. Es un retorno a casa, aunque esa casa sea lejos. Es recordar a todos —a mí mismo incluido— que los compromisos auténticos no se miden en épocas, sino en décadas; que la educación verdadera es una relación que continúa especialmente cuando las instituciones fallan; que la solidaridad no es un proyecto, sino una forma de estar en el mundo.

Es también un retorno contemplativo. Vuelvo a lugares que me han transformado, donde he aprendido quién soy realmente, donde mi fe ha sido refinada como por fuego. Vuelvo a encontrar a Dios en los rostros que amo, en la resistencia de quienes luchan, en la vulnerabilidad compartida, en el silencio que es más elocuente que mil palabras.

Vuelvo a Mauritania y Malí con los bolsillos llenos de historias vividas, con agendas llenas de nombres de personas que importan, con lecciones aprendidas, de presencia ininterrumpida en territorios que el mundo occidente frecuentemente ignora o reduce a titulares sobre crisis. Vuelvo para escuchar qué ha ocurrido en mi ausencia, para celebrar lo que ha crecido pese a las adversidades, para lamentar lo que se ha perdido, para documentar la resistencia silenciosa de quienes simplemente continúan viviendo, trabajando, estudiando, amando, rezando en medio de complejidades que desafían las explicaciones simplistas.

Vuelvo como peregrino que ha estado lejos pero nunca realmente ausente. Vuelvo como cristiano cuya fe ha sido profundamente enriquecida por el encuentro con hermanos musulmanes. Vuelvo como maestro que aprende de sus estudiantes. Vuelvo como testigo de que otro mundo es posible cuando te atreves a creer en él lo suficientemente como para vivir como si existiera.

Porque la palabra sin la presencia continua es apenas eco. Y algunos ecos merecen convertirse en diálogo permanente. Especialmente cuando ese diálogo ocurre en territorios donde tantas voces han sido silenciadas, donde tantas historias permanecen invisibles, donde la obstinación de continuar creyendo en la posibilidad humana, en la compasión divina, en la resurrección de lo que parecía muerto, es en sí misma un acto de esperanza mística que desafía toda lógica de este mundo.

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