Durante los últimos meses han aumentado las críticas al papa Francisco y a la Iglesia, o más bien, a las declaraciones de algunos obispos. Esto no es pecado. La crítica siempre es buena; pero muchas veces se critica con mordacidad, se hacen comentarios subidos de tono e insultos, incluso se niega la validez del papa actual. Se critica también al sacerdote de turno: que si la forma de celebrar, que si las casullas utilizadas (por ejemplo en Notre Dame), que si se canta, que si no se canta, que si las homilías de fulanito son aburridas (y a veces lo son), etc. Por supuesto, la crítica es libre, faltaría más. Al subir al altar, la visibilidad del presbítero ante la comunidad es mayor; sin embargo eso no implica la invalidez de la celebración, por mal que se haga, errores que se cometan o casullas coloridas que se empleen. Comulgar es compartir con los demás el misterio de nuestra fe ofrecido durante la Eucaristía. Lo importante como creyentes es dar testimonio de esa fe y compromiso evangélico fuera del templo. Y seguir caminando…