Cristianismo

La llamada: Vocación cristiana y martirial

EL PRIMER TEMBLOR

Hay momentos en los que algo en nosotros comienza a moverse sin que sepamos por qué. No es una idea que podamos nombrar, ni un propósito que hayamos trazado deliberadamente, ni un plan que nuestro intelecto haya diseñado. Es algo más sutil, más luminoso y a la vez más inquietante. Es un temblor suave que recorre las capas más profundas de nuestro ser, una vibración que no amenaza con violencia, pero que tampoco nos deja en la quietud. Es un movimiento casi imperceptible, como cuando el agua comienza a hervir desde sus estratos más oscuros, antes de que el vapor se eleve.

Esta inquietud carece de forma al principio. No tiene rostro ni nombre. No conocemos su origen porque no procede de la lógica de nuestros días, de nuestras preocupaciones cotidianas, de nuestros cálculos habituales. Y sin embargo, hay algo en ella que nos habla de un encuentro. De una presencia. De una mirada que nos busca desde antes de que nosotros empecemos a buscar. Es como si alguien gritara nuestro nombre desde la otra orilla de un río que aún no hemos cruzado.

En la tradición cristiana, esta inquietud tiene un nombre específico: vocación. Y no es simplemente una invitación a la santidad personal, a la contemplación o al retiro del mundo. Es una llamada específica a ser enviados. *Missio* en latín. Misión. Porque la vocación cristiana más radical es siempre una vocación misionera: ser enviado al mundo, no para conquistarlo o dominarlo, sino para transformarlo desde adentro, para anunciar el Evangelio con la palabra y, si es necesario, con la sangre.

El temblor que sentimos es el primer gesto de respuesta a una invitación que viene del corazón mismo de Dios. No es una invitación a la comodidad. Es Cristo mismo quien llama, como llamó a sus apóstoles: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.» Pero también: «Os doy poder para hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo.» Y añade, con una honestidad brutal: «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre.» Esta es la llamada completa. No una llamada a la seguridad, sino a la aventura. No a la supervivencia cómoda, sino a la entrega total.

El temblor que sientes es el primer síntoma de que has sido elegido para algo que trasciende tu propia vida. Para ser instrumento de redención en lugares donde el mal parece tener la última palabra. Para llevar la luz de Cristo a territorios sumidos en la oscuridad espiritual. Para abrazar a los rechazados. Para predicar a los perseguidos. Para morir, si es necesario, para que otros vivan.

LA VOZ QUE LLAMA

La vocación misionera no desciende como una orden dictatorial desde un Dios lejano y amenazante. Viene de Aquel que es cercano, que camina con los pobres, que toca a los leprosos, que comparte mesa con los pecadores. Es la voz del Resucitado, quien después de su Victoria sobre la muerte, dio a sus discípulos el mandato definitivo: «Id a todas las naciones y predicad el Evangelio a toda criatura.»

Este mandato no es suave ni opcional. Es imperativamente claro: *id*. No esperes. No busques comodidad primero. No asegura tu futuro. Simplemente: ve. Y sabes, cuando escuchas este mandato en lo profundo de tu ser, que viene de Uno que conoce el precio que tendrás que pagar. Porque Él lo pagó primero.

La paradoja es extraordinaria: la llamada misionera viene del Dios transcendente, completamente otro, completamente santo. Y sin embargo, viene también del Dios que se encarnó, que vivió entre los pobres, que comió con publicanos, que tocó a los enfermos, que lloró con los que lloran. Viene de Aquel que es simultáneamente el Juez del universo y el Siervo de todos. El Rey eterno y el que lava los pies.

Cuando recibas esta vocación misionera —ya sea a vivir en una comunidad religiosa dedicada a la misión, ya sea a trabajar en las entrañas de la pobreza mundial, ya sea a predicar el Evangelio en territorios hostiles—, sabes que Él conoce cada paso que darás. Conoce los peligros. Conoce el sufrimiento. Conoce incluso la posibilidad de que tu sangre sea derramada. Y aun así, te llama. Porque confía en ti. Porque ve en ti una capacidad de amor tan grande que mereces ser vaciado en la ofrenda más radical.

«No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma —dice Jesús—. Temed más bien a quien puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.» Esta no es una amenaza. Es una liberación. Porque una vez que entiendes esto, ya no le tienes miedo a nada en este mundo. Ya puedes ir a predicar el Evangelio a los perseguidores. Ya puedes abrazar a los enfermos de lepra que nadie toca. Ya puedes dar tu vida sin que nadie pueda quitártela verdaderamente, porque tu vida ya no te pertenece.

LA LUZ DEL MARTIRIO

En los primeros siglos de la Iglesia, cuando preguntaban a los cristianos si renunciarían a su fe para salvar sus vidas, muchos respondían con una claridad que asombraba a sus torturadores: «No puedo renunciar. He probado el agua viva. He conocido a Cristo. Aunque me despedaces, mi alma es suya.»

El martirio no era un accidente en la vida de la primitiva Iglesia. Era la consecuencia natural de proclamar un Evangelio de amor radical en un mundo que no lo comprendía. Y hoy, en el siglo veintiuno, cuando miles de cristianos siguen siendo perseguidos, torturados y asesinados por su fe en continentes como África, Asia y Oriente Medio, el martirio no es un recuerdo antiguo. Es una realidad actual.

La luz que ilumina la vocación misionera incluye, entonces, la posibilidad real del martirio. No es una posibilidad remota o teórica. Es una probabilidad concreta. Cuando San Pablo escribía: «Ahora me alegro por sufrir por vosotros y completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia», no estaba siendo poético. Estaba describiendo una realidad que vivía diariamente: el riesgo constante de la muerte por fidelidad a Cristo.

Pero aquí está lo extraordinario: el martirio, en la teología cristiana, no es derrota. Es victoria. No es el final del testimonio. Es su culminación más poderosa. Porque la sangre del mártir grita más alto que cualquier sermón. El cuerpo del mártir predica más elocuentemente que cualquier palabra. La muerte del mártir por fe siembra semillas que germinarán en cientos de conversiones.

Por eso Tertuliano escribió: «La sangre de los mártires es semilla de cristianos.» Porque vieron hombres y mujeres que amaban a su Dios más que a la vida misma. Que podían ser torturados y seguir perdonando. Que podían estar siendo quemados vivos y cantar himnos de alabanza. Y ese testimonio cambió el mundo antiguo más que cualquier ejército.

LA LLAMADA A LOS DESFAVORECIDOS

Si hay algo que caracteriza la vocación misionera cristiana es su opción por los pobres. No es accidental. No es un apoyo secundario a la predicación del Evangelio. Es el corazón del Evangelio mismo. Jesús lo dijo claramente: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para evangelizar a los pobres. Me ha enviado a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista.»

La vocación misionera te llama específicamente a ir hacia los que el mundo ha desechado. A los leprosos de nuestro tiempo: los contagiados por el VIH/SIDA que son rechazados por sus propias familias. A los ciegos de nuestro tiempo: los que viven en la ignorancia espiritual, en territorios donde nunca han escuchado el nombre de Cristo. A los lisiados: los marginados por la pobreza extrema, los que no tienen ni siquiera lo básico para sobrevivir.

Cuando Santa Teresa de Calcuta vio a un hombre moribundo siendo tirado a la basura en las calles de Calcuta, algo sucedió en su corazón. Vio el rostro de Cristo en ese rostro desfigurado. Y dedicó el resto de su vida a recoger a los desechados del mundo para ofrecerles, al menos en la muerte, la dignidad de ser tocados con amor. Eso es misión. Eso es vocación cristiana misionera.

La vocación misionera te envía a los guetos de Nueva York, a los barrios de chabolas en Sao Paulo, a los campamentos de refugiados en Somalia, a las minas de Zambia donde niños pequeños trabajan en condiciones inhumanas. Te envía donde el dolor es más profundo, donde la esperanza ha sido abandonada, donde la Iglesia necesita estar corpóreamente presente, no simplemente predicando desde púlpitos lejanos, sino viviendo la cruz al lado de los crucificados.

Y aquí comienza el verdadero sacrificio. Porque no es simplemente sufrir. Es abrazar el sufrimiento porque comprendes que los pobres no tienen derecho a sufrir solos. Que Cristo está ahí, en medio de ellos. Que tu presencia, tu abrazo, tu lágrima con ellos es la presencia de Cristo mismo. Como dijo el profeta: «¿No es compartir tu pan con el hambriento, llevar a casa a los pobres sin abrigo, cuando ves al desnudo cubrirlo y no volverte de tu propia carne?»

LA BATALLA ESPIRITUAL

La vocación misionera es, en última instancia, una vocación a la batalla. No una batalla contra carne y sangre, sino contra los poderes de las tinieblas. Contra las estructuras de opresión que mantienen esclavizados a los pobres. Contra la corrupción que roba el alimento de los niños. Contra la ignorancia espiritual que deja a las almas sin esperanza de salvación.

San Pablo lo dice así: «Nuestra lucha no es contra carne ni sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de estas tinieblas, contra fuerzas espirituales de maldad en los lugares celestiales.» El misionero que comprende esto no es ingenuo. Sabe que irá a lugares donde el mal tiene sus raíces profundas. Sabe que habrá resistencia. Sabe que el enemigo lucha para preservar su dominio.

Pero también sabe algo que el mundo no conoce: que la batalla ya fue ganada. Que en la Cruz, Cristo venció al pecado y a la muerte. Que la resurrección es la victoria definitiva. Por lo tanto, aunque el misionero enfrente oposición feroz, enfrente amenazas de muerte, enfrente prisión y tortura, lucha desde la perspectiva de quien ya conoce el final de la historia.

Esto libera al misionero de la cobardía. Porque ¿qué puede temer quien sabe que Cristo ha triunfado? ¿Qué puede intimidar a quien ha muerto ya a sí mismo? ¿Qué puede silenciar a quien ha ofrecido su lengua, sus manos, su cuerpo completo a la proclamación del Evangelio?

Hay misioneros protestantes en países islámicos extremistas. Hay sacerdotes católicos en regiones controladas por cárteles de droga. Hay religiosas predicando en territorios donde convertirse al cristianismo es punible con muerte. Y permanecen. No porque sean inconscientes del peligro. Sino porque han contado el costo y han decidido que la gloria de Cristo vale la pena el precio. Que la salvación de una sola alma vale más que sus vidas.

CUANDO LA SANGRE SE CONVIERTE EN TESTIMONIO

La historia de la Iglesia misionera es la historia de hombres y mujeres que fueron dispuestos a derramar su sangre por la fe. Jim Elliot, misionero evangélico a Ecuador, fue asesinado junto con sus compañeros por los indígenas aucas a quienes intentaba evangelizar. Su esposa Elisabeth no huyó. Continuó la obra y eventualmente predicó a quienes habían matado a su marido, viéndolos convertirse al Evangelio de Aquel cuya sangre fue derramada por todos.

Óscar Romero, Arzobispo de San Salvador, fue asesinado mientras celebraba misa por su defensa de los pobres y perseguidos. Sabía que la muerte era probable. Incluso predijo su propio martirio: «Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.» Y así fue. Su sangre no fue el fin de su testimonio. Fue el comienzo de una nueva era de conciencia en la Iglesia latinoamericana sobre la opción preferencial por los pobres.

En Burundi, Rwanda, Nigeria, Pakistan, Siria y Oriente Medio, Malí, Libia, … cristianos siguen siendo asesinados por su fe. Iglesias son quemadas. Comunidades son expulsadas de sus tierras. Pero en cada caso, la Iglesia no desaparece. Se multiplica. Porque la sangre de los mártires es verdaderamente semilla. Porque cuando alguien ve a un cristiano morir cantando, sonriendo, perdonando a sus verdugos, algo en el corazón humano se conmueve. Algo reconoce la presencia de lo divino.

La vocación misionera, entonces, no te garantiza seguridad. Te garantiza lo opuesto: el riesgo. La posibilidad real de sufrir. La probabilidad de ser incomprendido, perseguido, tal vez martirizado. Pero también te garantiza algo que el mundo no puede dar: una vida de significado infinito. Una vida que trasciende la muerte. Una vida cuyas consecuencias eternas nadie puede medir completamente.

EL SIERVO QUE ENTREGA TODO

La vocación misionera te llama no simplemente a ir a lugares lejanos y predicar. Te llama a vivir el Evangelio con tu cuerpo, con tu sangre, con tu muerte si es necesario. Es la encarnación del amor de Cristo en tu propia carne.

Maximiliano Kolbe, sacerdote franciscano, fue deportado a Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando los nazis decidieron ejecutar por hambre a diez hombres como castigo por una fuga, Maximiliano se ofreció voluntariamente en lugar de un hombre con familia. Pasó sus últimos días en un búnker sin comida, orando por sus verdugos, cantando himnos. Su muerte fue un sermón sin palabras que proclamó el amor de Cristo más elocuentemente que cualquier predicación.

Esto es lo que la vocación misionera te pide: la disponibilidad completa. No simplemente tu tiempo. No simplemente tu dinero. Tu cuerpo. Tu sangre. Tu vida. Estar dispuesto a que tu cuerpo sea un sacrificio vivo presentado ante Dios. Como San Pablo escribió: «Os ruego pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.»

El siervo que recibe esta vocación misionera aprende que poseer es menos importante que compartir. Que vivir es menos importante que servir. Que la propia vida es menos importante que la redención de otros. Se vuelve como el grano de trigo que Jesús describió: «A menos que el grano de trigo caiga en tierra y muera, queda solo. Pero si muere, lleva mucho fruto.»

LA COMUNIDAD DE LOS MÁRTIRES

La vocación misionera nunca es solitaria, aunque el misionero a menudo se encuentre solo. Porque forma parte de una comunidad que trasciende el tiempo: la Comunión de los Santos. Todos los que han muerto predicando el Evangelio están presentes. Todos los que sufrieron por la fe interceden. La nube de testigos rodea al misionero moderno.

Cuando una hermana misionera trabaja en una clínica sin recursos en el Congo, no está sola. Los mártires de Uganda, de Corea, de China están con ella. Cuando un sacerdote enfrenta persecución en Pakistán, la nube de testigos cristianos a lo largo de veinte siglos lo rodea, lo fortalece, lo consuela. Porque la fe que profesa es la misma fe por la que murieron miles.

La Iglesia reconoce esto en el concepto de la suffragium: la intercesión de los vivos por los difuntos y la intercesión de los santos difuntos por los vivos. El misionero que sufre no sufre desaparecido. Su sufrimiento es unido al sufrimiento de todos los santos. Su oración es potenciada por la oración de toda la nube de testigos. Su sacrificio es incorporado al sacrificio único y perpetuo de Cristo en la Cruz.

EL COSTO Y LA RECOMPENSA

No se trata de esconder el costo. Jesús fue claro: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.» El costo es real. Es el costo de ser sacado de tu comunidad, de tu familia, de la seguridad que conoces. Es el costo de vivir entre gente que sufre profundamente. Es el costo de enfrentarte a poderes que no quieren que el Evangelio se propague. Es el costo de potencialmente perder tu vida.

Pero Jesús también promete la recompensa: «El que pierda su vida por causa de mí y del Evangelio, la hallará.» No es una recompensa material. No son riquezas, honor ni poder. Es algo infinitamente más valioso: la certeza de que tu vida cuenta eternamente. La paz que sobrepasa todo entendimiento, incluso en medio del sufrimiento. La alegría de saber que estás colaborando en la redención del mundo. La promesa de la vida eterna en el seno de Dios.

Muchos misioneros que han pasado años en condiciones de extrema dificultad testifican esto: «Aunque perdería mi salud, aunque nunca viera a mi familia de nuevo, aunque supiera que moriré en este lugar, no cambiaría nada. Porque he encontrado la vida verdadera. He encontrado a Cristo. He experimentado la gracia de ser instrumento de su salvación.»

Esta no es la desesperanza del fanatismo. Es la alegría profunda de quien ha encontrado la perla de gran precio. Es la satisfacción del corazón que sabe que está en el lugar exacto donde debe estar. Es la certeza de que aunque la muerte viniera mañana, tu vida habrá valido la pena. Habrá importado. Habrá cambiado eternidades.

EL INICIO DEL VIAJE MISIONERO

Y quien se atreve a escuchar esa vocación misionera —aunque sea en la más profunda incertidumbre, aunque le tiemble el corazón ante la magnitud de lo que se le pide, aunque vea claramente que puede significar su muerte—, quien suspende el escepticismo habitual para permitir que Dios hable directamente a su alma, quien se ofrece voluntariamente para ser enviado donde hay mayor necesidad…

Ese ha comenzado el viaje más importante de su vida. No necesita saber exactamente dónde irá. No necesita tener un plan. No necesita garantías de seguridad ni de éxito. Ha respondido afirmativamente a la llamada, y eso es suficiente. Ha dicho sí a la invitación del Dios que conoce el futuro. Ha puesto su mano en el arado y no mira atrás.

La vocación misionera no es un llamado a la muerte, aunque la muerte sea una posibilidad real. Es un llamado a la vida verdadera. Es ser enviado como cordero en medio de lobos, sí, pero también siendo envuelto en la protección del Buen Pastor. Es sufrir, sí, pero sabiendo que tu sufrimiento participa en la redención del mundo. Es posiblemente morir, pero sabiendo que esa muerte no será el final, sino el comienzo de la vida eterna.

El mundo mira al misionero y ve locura. Ve sacrificio innecesario. Ve una vida desperdiciada. Pero el cielo ve a un hijo o hija de Dios que ha comprendido el propósito más noble que una vida humana puede tener: colaborar en la salvación de sus hermanos. Participar activamente en la victoria de Cristo sobre el mal. Ser instrumento vivo de la redención divina.

En los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, después de ofrecerse completamente al Señor, hay una petición final: «Toma, Señor, todo mi ser. Tómalo en tu mano. Dirige mi vida hacia donde tú quieras, aunque sea a las misiones más peligrosas, aunque signifique enfrentar la muerte. Yo confío en ti. Tú sabes lo que es mejor para mi alma y para la redención del mundo. Tu voluntad se haga, no la mía.»

***

Si sientes ese temblor. Si en lo más profundo de tu ser resuena esa llamada a ser enviado. Si alguna vez has mirado a los pobres y sentido que algo en ti moría de compasión. Si has leído la historia de los mártires y algo en tu corazón ha gritado: «¡Yo también! ¡Quiero vivir así! ¡Quiero amar así! ¡Quiero morir así si es necesario!»

No cierres tu corazón. No rechaces esa llamada por miedo. No te persuadas a ti mismo de que es imposible, imprudente, innecesaria. Esa vocación misionera que sientes es la voz viva de Dios. Es el Espíritu Santo tocándote. Es el Resucitado extendiéndote su mano.

Busca un director espiritual. Ora. Ayuna. Abre tus manos y tu corazón. Pregunta a Dios si quiere enviarte. Porque tal vez fue por eso que naciste. Tal vez fue para esto que te dio la vida. Tal vez hay alguien en un país lejano, en un campo de refugiados, en una montaña remota, cuya conversión depende de tu fidelidad a esta llamada.

La muerte es una certeza para todos. Todos moriremos. La pregunta no es si morirás. La pregunta es: ¿morirás habiéndole fallado a Dios por miedo? ¿O morirás habiendo dado todo, sufrido todo, arriesgado todo por la gloria de su nombre y la salvación de sus hijos?

Los mártires que rodean el trono de Dios no están lamentándose. No están diciendo: «Desearía haber jugado seguro.» Están cantando: «¡Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza!»

¿Querrías estar en esa multitud?

Entonces responde a la llamada.

Autor.

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