Hay momentos en los que algo en nosotros comienza a moverse sin que sepamos por qué. No es una idea, ni un propósito, ni un plan. Es más bien un temblor suave, una inquietud que no amenaza pero tampoco deja en paz. La llamada no llega desde fuera: emerge desde un lugar que aún no conocemos, pero que nos reconoce a nosotros. Es un despertar silencioso, una luz que no ilumina todavía, pero que anuncia que la noche ya no es absoluta.
La llamada no exige respuestas inmediatas. Solo pide atención. Es un gesto interior que dice: “Hay algo más”. No un “más” de acumulación, sino un “más” de profundidad. Un “más” que no se añade, sino que revela.
Quien escucha la llamada no se vuelve especial; se vuelve honesto. Porque reconoce que la vida que lleva no agota la vida que desea. Y esa honestidad es el primer paso del camino espiritual: admitir que no sabemos, que no basta lo que tenemos, que hay un lugar al que aún no hemos llegado.
La llamada es siempre personal, pero nunca privada. Nos toca en lo más íntimo, pero nos orienta hacia un horizonte más amplio que nosotros mismos. Es un movimiento que nos descentra para devolvernos al centro.
No se trata de entenderla, sino de acogerla. Dejar que resuene. Dejar que abra un espacio. Dejar que nos desinstale suavemente. Porque la llamada no empuja: atrae. No obliga: invita. No grita: susurra.
Y quien se atreve a escuchar ese susurro ya ha comenzado a caminar.