Más sobre el desierto


Serenidad, tranquilidad, vivir la vida en cada momento… En el desierto se encuentra eso y mucho más; pero también mucho menos pues expulsa a todos los que no son rectos de intención. Allí encuentro la mística islámica conocida en occidente como sufismo, totalmente emparentada con la mística cristiana. Se dice de san Juan de la Cruz que tuvo un maestro sufí. Es posible. ¿Y en qué consiste esta mística? Básicamente en transforman los corazones sucios en corazones puros y a partir de ahí anhelar la unión con Dios. Un camino largo pero fructífero. ¿Y cómo transformar el mundo? Transformándose las personas. La verdadera revolución empieza con la «revolución interior». Buen día.

En el Sahara


“Nadie en su sano juicio abandonaría jamás su comodidad en Europa para visitar un lugar tan olvidado de Dios como este”, -me dijo una vez Omar, un hombre que conocí camino del desierto. Quizá había algo sensato en su declaración. ¿Qué estaba haciendo realmente allí, un lugar del que sabía muy poco pero del que había oído cosas horribles: terrorismo, esclavitud, campos minados, hambruna, inestabilidad política, guerra… Mis amigos marroquíes me habían advertido que me encontraría con una inquietante atmósfera social. Mis amigos europeos pensaron que había alcanzado un preocupante nivel de locura; sin embargo, en esas tierras difíciles, complejas y peligrosas logramos desarrollar programas educativos en salud materno infantil, cooperativas laborales, atención sanitaria, dinamización social… y lo hicimos un puñado de personas, todos de allí salvo este servidor. Un cuarto de siglo de servicio voluntario, desinteresado y solidario. Hoy estoy físicamente lejos del Sahara; pero los programas se mantienen y se están realizando iniciativas de gran calado social.

En el Sahara

El desierto atrae, cautiva, hipnotiza… Quienes han vivido en las arenas del Sahara son unánimes respecto a esa sensación no exenta de emociones positivas. Durante los años que estuve en tierras del Magreb fueron numerosas las pernoctaciones en el desierto. La noche es fascinante, con ese arco galáctico cuya contemplación nos hace tan pequeños, apenas átomos en la escala cósmica. Y, sin embargo, somos capaces de grandes cosas y también de grandes atrocidades. No hay nada más que asomarse a la actualidad informativa.

Estar en el desierto es encontrarme conmigo mismo, ver el alcance de mi voluntad, dejarme llevar por los elementos, comprobar mis limitaciones físicas y mentales… meditar y orar abandonado en la voluntad divina.

El desierto expulsa a aquellos que son egoístas, innobles, ajenos al amor.

El viejo del bastón colorado.

En días pasados presenté este libro que ya se puede leer (el enlace de descarga más abajo). Añado aquí la introducción:

Estoy en la playa, ajeno al drama cotidiano del mundo. He llegado a este lugar con la mente en paz y sereno. El mar parece un fino espejo de color turquesa donde veo reflejado el universo entero. Se respira armonía por doquier. Concentro la mirada en un grupo de aves que aún permanecen somnolientas. Son flamencos. La tarde anterior admiré su vuelo formando una pequeña constelación rosácea que iba alejándose por el este, hacia el interior del desierto, pero no llegarían muy lejos. El desierto no es apropiado para esos animales. Ahora están cercanos, ignorando mi presencia, disfrutando tal vez de un reposo nocturno que ya tocaba a su fin.

No sopla el viento, algo raro en esta región, sacudida de forma casi ininterrumpida por vientos que provienen de todas las direcciones, capaces de transportar la arena caliente hasta precipitarla con frecuencia océano adentro. En alguna ocasión me dijeron que este viento podía llevar la arena hasta el mismísimo continente europeo. Lo creo. Todo es posible para el desierto más grande del mundo. Lo sé y lo he comprobado mil veces.

Ya no piso el límite occidental para deleitarme con recuerdos de la juventud sino para despedirme de algunos familiares cuyas jaimas siempre instalan por aquí, al lado del mar y alejados de las ciudades y pequeñas poblaciones. Siguen viviendo en el desierto, aunque se han convertido en beduinos pescadores, algo no muy habitual en mi tribu; sin embargo, las costumbres cambian arreglo a los usos sociales del momento. Poco queda de mi cultura y me produce desazón, aunque nunca me he permitido enfados y disgustos. El mundo es como es. Todo acaba por cambiar. “El mundo es el disfrute del engaño”, recuerdo con frecuencia esas palabras del Sagrado Corán. Creo que conozco bien este aspecto de la Creación.

Oigo voces de turistas. Solo ellos pueden gritar tanto y me desperezan, también a los flamencos que, asustados, arman gran revuelo. Al parecer han madrugado. ¡Turistas aquí! Turistas por todas partes. Es inevitable.

He pasado la noche en vela, solo, rezando y meditando, y sufro el cansancio. No en vano la edad deja huella en el cuerpo. ¿90 años?, ¿95? No estoy seguro. Nunca supe la fecha de nacimiento. No es importante. He vivido la colonización española y la entrada de Mauritania después, y más tarde la de Marruecos. He visto mucha sangre derramada por nada, batallas libradas por un pedazo de tierra. Morir por la tierra, ¡qué absurdo! La tierra tiene un solo propietario y no es de este mundo. ¿Por qué disputarse algo que es un regalo para todos?

El día anterior uno de mis nietos me acercó en su coche hasta aquí. Habría preferido venir en mi vieja camella, pero ella y yo no estamos para muchos trotes. El nieto quiso acompañarme e insistió en quedarse. No se lo permití. Quería la soledad. Poco tiempo me queda de vida y deseo aprovecharlo.

Nunca he recibido enseñanza formal. Aprendí a leer y escribir en la madraza de mi abuelo, después dirigida por mí. Allí saboreé los secretos del islam y memoricé en solo unos meses el texto coránico, con varios estilos de recitación, así como los hadices sobre el Profeta, la paz sea con él. Con el tiempo adquirí alguna notoriedad e incluso vinieron a la madraza nuevos estudiantes y seguidores, pero nada de esto es importante ¿verdad? Lo verdaderamente importante es alabar a Dios sin parar. A ese propósito he dedicado la vida entera, y también a cuidar de la familia y del ganado. ¿Qué mejor actividad para un hombre?

Contemplo el cielo. El sol despunta y riega con sus rayos la extensa playa. Días atrás escribí un texto sencillo donde plasmé algunas reflexiones que me parecieron oportunas hacer. Uno de mis hijos las leyó y quiso una copia. Tal vez podría ser útil. No sé. En cualquier caso, aquí estoy dispuesto a revisar el texto y olvidarme del mundo. ¡Ja!, mis reflexiones y yo. Y al final, la nada. Solo silencio.

(COMPRAR)

Vivir en el desierto


“Nadie en su sano juicio abandonaría jamás su comodidad en Europa para visitar un lugar tan olvidado de Dios como este”, -me dijo una vez Omar, un hombre que conocí camino del desierto. Quizá había algo sensato en su declaración. ¿Qué estaba haciendo realmente allí?, un lugar del que sabía muy poco pero del que había oído cosas horribles: terrorismo, esclavitud, campos minados, hambruna, inestabilidad política, guerra… Mis amigos marroquíes me habían advertido que me encontraría con una inquietante atmósfera social. Mis amigos europeos pensaron que había alcanzado un preocupante nivel de locura; sin embargo, en esas tierras difíciles, complejas y peligrosas logramos desarrollar programas educativos, cooperativas laborales, atención sanitaria, dinamización social… y lo hice -lo hicimos- un puñado de personas, todos de esas tierras salvo este servidor. Muchos años de servicio voluntario, desinteresado y solidario. Hoy estoy físicamente lejos del desierto; pero los programas se mantienen, ya con plena autonomía por parte de entidades y profesionales locales.

El viejo del bastón colorado

A veces me preguntan cómo he sido capaz de sobreponerme y superar adversidades y dificultades.

Ciertamente he tenido motivos para dejarlo todo en una atmósfera de desesperación y pesimismo existencial; pero el Señor me ha conducido por caminos que no podía imaginar. La clave está en confiar y escuchar. A la postre, sea lo que sea que nos pase todo está orientado hacia una finalidad: la gloria de Dios. Todo lo demás es tratar de buscarle tres pies al gato, elaborando explicaciones mundanas, filosóficas y teológicas que pueden enriquecer el intelecto, pero apenas dejan huella en el corazón.

Para hablar de religión y superación de los obstáculos no tengo más remedio que tirar de autobiografía. Así…

Durante los años que viví en el desierto hice muchas amistades, algunos eran beduinos morabitos, como así son conocidos los hombres que cultivan el misticismo del islam y el abandono de las cosas mundanas. Estos morabitos podrían ser el equivalente a los ermitaños cristianos. De ellos he aprendido numerosos aspectos que constituyen, en realidad, una forma de espiritualidad común a cristianos y musulmanes y que son, en mi opinión, el verdadero puente para el diálogo interreligioso. Me refiero a la mística del desierto.

Obtuve distintos frutos de este acercamiento personal a los morabitos, uno de ellos fue el enriquecimiento literario, otros relacionados con la amplitud de miras al tratar con representantes de otras tradiciones culturales. En cualquier caso, siempre resultó positivo.

En el Sahara hice una hermosa amistad con un hombre muy mayor, de unos 100 años, beduino cabrero, tremendamente sabio y sencillo. De tanto hablar quise recrear los últimos días de ese hombre y escribí un texto como si yo mismo fuera el beduino en cuestión. Lo titulé “El viejo del bastón colorado”.

Este texto, editado en papel, verá pronto la luz en edición digital y de descarga gratuita.

En el árbol de mis sueños

“En el árbol de mis sueños” es un libro recopilatorio de seis poemarios escritos por José Nava desde 2005 a 2015.

Este conjunto poético supone una etapa marcada por el intimismo, la búsqueda y el proceso de una reconstrucción vital que se hace patente en sus versos. Nos encontramos ante un poeta convulsionado por su tiempo, el cual sabe transmitir el dramatismo y el desarraigo provocado por una sociedad decadente, injusta y cruel con aquel individuo que, de la forma que sea, se desmarca de sus parámetros sociales establecidos; sin embargo, el poeta, herido, no adopta una postura vengadora, sino que, levantando una tormenta apocalíptica en su propio mundo interior, arrasa todo rastro de su identidad para renacer, como ave fénix, de entre sus propias cenizas.

La trama de los seis poemarios nos presenta los referentes pragmáticos del contexto de modo casi caótico. El tiempo se mezcla en un presente que es pasado y el futuro es con anhelo cuestionado; el espacio, desdibujado, entrelaza un medio externo inhóspito, decrépito y un mundo interior hostil, sumidos ambos en una crisis metamórfica: el carbono, componente originario de la vida, se convierte en el resto omnipresente de su proceso inevitablemente destructivo; los interlocutores espectrales, increpados por la voz del poeta, adoptan una personalidad alternativa deíctica detrás del tú, de un él, del yo y el nosotros que no son siempre los mismos. La primera y segunda personas esconden a veces la voz actualizada del poeta, otras la de su álter ego, o la de un yo pasado, o en ocasiones la de un yo destructor y aniquilado; incluso, en algunos momentos, escuchamos la voz de un narrador omnisciente que adopta la misma perspectiva; pero en un momento dado aparece la sombra, la terrible sospecha de que dentro de cada uno de nosotros anida el mal y que solo enfrentándonos a él de forma directa podemos mantenerlo a raya.

En un entorno arquitectónico único, Nava nos sumerge en un recorrido que atraviesa distintas estaciones donde se adivina el impacto de ciertas construcciones en el imaginario del autor. Representa, tal vez, el poemario más mistérico y difícil de interpretar, a pesar de las descripciones que nos recuerdan determinadas iglesias de la ciudad de Salamanca.

Y desde tierras castellanas nos vamos al Sahara, lugar donde se opera la verdadera transformación mística. Allí, adivinamos un mundo de sensaciones que favorecen una meditación serena, solitaria y a la vez en compañía. Nava queda arrebatado por los espacios inmensos del desierto, no el que suele referirse a la soledad de todo buscador, sino el real, el geográfico, el que ocupa buena parte del continente africano, donde el poeta se rinde ante la belleza y descubre a la vez la dimensión mística que envuelve su mundo interior. Un mundo casi incomprensible donde la palabra no es necesaria y el amor emerge como el gran catalizador. De ahí que el poeta utilice versos cortos, casi al modo de haikus algunos de ellos, penetrantes, directos, profundos. La noche oscura ha pasado y llega el clarear del nuevo día.

Se puede comprar en el siguiente enlace:

El viejo del bastón colorado

Durante los años que viví en el desierto hice muchas amistades, algunos eran beduinos morabitos, como así son conocidos los hombres que cultivan el misticismo del islam y el abandono de las cosas mundanas. Estos morabitos podrían ser el equivalente a los ermitaños cristianos. De ellos he aprendido numerosos aspectos que constituyen, en realidad, una forma de espiritualidad común a cristianos y musulmanes y que son, en mi opinión, el verdadero puente para el diálogo interreligioso. Me refiero a la mística del desierto.

Obtuve distintos frutos de este acercamiento personal a los morabitos, uno de ellos fue el enriquecimiento literario, otros relacionados con la amplitud de miras al tratar con representantes de otras tradiciones culturales. En cualquier caso, siempre resultó positivo.

En el Sahara entablé una hermosa relación fraterna con un hombre muy mayor, de unos 100 años, beduino cabrero, tremendamente sabio y sencillo. De tanto hablar quise recrear los últimos días de ese hombre y escribí un texto como si yo mismo fuera el beduino en cuestión. Lo titulé “El viejo del bastón colorado”.

(Se puede adquirir aquí: https://www.amazon.es/dp/B0D9C21LJP)