Enfermedad y Cuaresma: Cuando el desierto es el cuerpo
La Cuaresma nos invita al desierto: cuarenta días de despojamiento, silencio y ayuno. Es un tiempo para atravesar la aridez y descubrir, en esa sequedad, algo esencial. Sin embargo, existen quienes no eligen el desierto. El desierto los habita. Son personas cuyo cuerpo enfermo, cuya mente agotada, cuyo dolor crónico constituyen ya un desierto suficiente, y a veces excesivo.
Llevo años conviviendo con el insomnio crónico, la ansiedad, el agotamiento que no se resuelve con descanso porque el descanso mismo se ha vuelto esquivo. He vivido en el Sahara, he conocido el desierto geográfico en toda su brutalidad hermosa, y puedo decir sin metáfora que el desierto interior de la enfermedad crónica tiene su propia clase de implacabilidad y es mucho más duro que ese desierto físico tan glosado en películas y novelas. El sol que no cesa. La noche que no refresca. La ausencia de horizonte reconocible, la soledad, la ausencia de estímulos,…
Este artículo no pretende ofrecer consuelo fácil. Pretende acompañar en la verdad.
El desierto que no se elige
Los Padres y Madres del Desierto —monjes y monjas que en los primeros siglos del cristianismo se retiraron a los yermos de Egipto y Siria— escogieron la soledad, el silencio y la austeridad extrema como camino espiritual. Pero sabían que el desierto más difícil no es el geográfico, sino el interior.
Amma Syncletica, una de las grandes Madres del Desierto, enseñaba: «Hay un ascetismo que viene del enemigo y que endurece el alma. ¿Cómo discernir? El verdadero ayuno nos hace humildes y compasivos; el falso nos vuelve duros y llenos de orgullo espiritual.» Es una distinción que la persona enferma conoce en carne propia. El ascetismo impuesto por la enfermedad —la privación de energía, de sueño, de alegría espontánea, de futuro claro— no genera orgullo. Genera, en el mejor de los casos, una humildad callada y sin aplausos.
Quien vive con enfermedad crónica —sea física o mental— conoce ese ascetismo no elegido. No hay espacio para el orgullo cuando cada mañana se inicia sin energía. No existe mérito espiritual visible en la lucha diaria contra una mente que no cesa o un cuerpo que ya no responde como antes. Es un desierto impuesto, no buscado, pero que puede resultar tan transformador como cualquier otro si se aprende a habitarlo sin falsas heroicidades, sin la obligación de encontrarle un sentido inmediato.
El papa León XIV, en su mensaje para esta Cuaresma de 2026, invita a escuchar antes de hablar, a ayunar antes de exigir. Y añade algo que resuena directamente con la experiencia de la enfermedad: que Dios, antes de actuar, escucha el clamor de su pueblo. No lo resuelve de inmediato. Lo escucha. Esa sola afirmación —que el sufrimiento es escuchado antes de ser explicado— puede ser más sostenedora que cualquier teología del dolor bien construida.
La trampa de la culpa
Una de las mayores trampas espirituales de la enfermedad es la culpa. «Si tuviera más fe, estaría sano.» «Si fuera mejor persona, Dios no permitiría este sufrimiento.» «Otros pueden y yo no; entonces algo falla en mí.»
Abba Poemen, uno de los sabios del desierto, recordaba constantemente: «No juzgues. Ni siquiera a ti mismo.» Y añadía algo que parece sencillo y es profundísimo: «La humildad verdadera consiste en no despreciarse a uno mismo.»
La enfermedad —especialmente la mental, pero también la crónica física— suele acompañarse de una narrativa de fracaso, como si el padecer fuera evidencia de virtud insuficiente, disciplina débil o fe rota. Los Padres del Desierto sabían algo que la cultura del rendimiento y la productividad olvida sistemáticamente: la fragilidad no es pecado. La debilidad no es falta moral. El sufrimiento no es castigo.
Amma Theodora lo formuló con precisión: «Ni el ascetismo extremo, ni el gran conocimiento, ni ninguna otra virtud nos salva sin la humildad.» Reconocer la propia fragilidad sin pretender negarla, sin disfrazarla de «cruz que se lleva con alegría», es una forma de humildad tan exigente como cualquier penitencia voluntaria. Quizá más, porque nadie aplaude esa clase de valentía.
León XIV, heredero del pensamiento agustiniano —Agustín, que conoció en carne propia el desgarro entre lo que uno quiere ser y lo que uno es— recuerda que el ayuno auténtico no es exhibición de fortaleza sino vaciamiento para poder recibir. Quien ya está vaciado por la enfermedad no necesita vaciar más. Necesita, quizá, aprender a recibir.
El ayuno que ya se vive
La Cuaresma tradicional propone ayuno de comida, distracciones y comodidades. Quien vive en el desierto de la enfermedad ya ayuna de muchas cosas sin haberlo elegido: de energía para emprender proyectos, de concentración para sostener el pensamiento, de motivación para seguir adelante, de alegría espontánea, de certezas espirituales, de ese sentido que antes llegaba solo y ahora hay que buscar a tientas.
Este ayuno no lo convoca el calendario litúrgico. Lo impone el cuerpo, la mente, la realidad de una existencia que se ha vuelto difícil de sostener. ¿Es menos valioso espiritualmente por no haber sido elegido? No necesariamente. Su valor radica en la autenticidad con que se vive, en la honestidad de no fingir que se está bien cuando no se está.
Los Padres del Desierto hablaban de apatheia, término que no significa indiferencia sino desapego del control, libertad interior respecto a las pasiones que nos atan. Quien sufre enfermedad crónica aprende, a veces a la fuerza, ese desapego: reconoce límites reales e innegociables y comprende que el control es, en gran medida, una ilusión. Los Padres elegían esa enseñanza. El enfermo crónico la recibe sin haberla pedido. Pero la enseñanza es la misma.
La noche oscura del cuerpo
San Juan de la Cruz describió la noche oscura del alma: ese estado espiritual donde Dios parece ausente, las consolaciones desaparecen y el alma camina a oscuras sin saber si el camino continúa. De manera paralela, existe la noche oscura del cuerpo. Cuando el propio instrumento de la experiencia espiritual —el sistema nervioso, la química cerebral, el sueño, la capacidad de sentir— deja de funcionar adecuadamente.
El cerebro no produce las sustancias necesarias para sentir alegría o motivación. El sistema nervioso está tan desregulado que la paz interior resulta neuroquímicamente imposible, no por falta de voluntad sino por fisiología. El insomnio crónico erosiona la capacidad de pensar con claridad, de orar con coherencia, de sostener la esperanza de un día para otro.
¿Esto es menos espiritual que la noche oscura del alma? No. Es otra forma de desierto, igualmente legítima y potencialmente transformadora si se habita con honestidad. La tradición mística lo ha intuido siempre, aunque rara vez lo ha dicho con esta claridad: el cuerpo es el lugar de la experiencia espiritual, no su obstáculo.
Abba Isaac decía: «Si no podemos ser fuertes, al menos seamos humildes.» La humildad profunda consiste en aceptar que, a veces, no podemos orar, no podemos sentir a Dios, no podemos levantarnos de la cama con ánimo, y que aun así seguimos siendo amados, humanos y valiosos. No por intentar superar nuestra fragilidad sino por estar en ella.
León XIV, en su mensaje cuaresmal, cita a San Agustín con una imagen que encuentro enormemente consoladora: que los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces de recibir más. El hambre como expansión interior. La carencia —incluso la carencia impuesta por la enfermedad— como apertura involuntaria, a veces dolorosa, hacia algo mayor que uno mismo.
El desierto como lugar de verdad
Los Padres y Madres del Desierto no se retiraban al yermo para huir del mundo. Iban a confrontar la verdad desnuda: quiénes eran realmente sin las máscaras sociales, sin los roles que la vida comunitaria imponía. El desierto era el espacio donde todas las ilusiones caían.
La enfermedad realiza una función similar, aunque sin pedir permiso. Quita las capas de lo que creíamos ser y despoja de los roles que nos definían: trabajador eficiente, persona siempre disponible, creyente firme, ensayista capaz de largas jornadas de escritura, médico ejemplar, profesional incansable… Cuando todo eso desaparece o se tambalea, la pregunta que queda es la misma que el desierto formula en silencio: ¿qué eres tú cuando no puedes hacer nada?
La respuesta que los Padres del Desierto encontraron y que la tradición contemplativa confirma, es perturbadoramente sencilla: eres lo que eres antes de cualquier hacer. Eres la presencia. Y la presencia no depende de los neurotransmisores ni de los órganos vitales.
Una Cuaresma verdaderamente encarnada
La tradición cristiana habla de la Encarnación: Dios que se hace carne, que asume vulnerabilidad, que suda sangre en el huerto y grita desde la cruz. Sin embargo, nuestra espiritualidad sigue siendo con frecuencia desencarnada, como si el espíritu pudiera operar independientemente del cuerpo que lo aloja.
Una Cuaresma verdaderamente encarnada debe reconocer que la salud mental es tan real como la física. Que el TDAH, la depresión, el insomnio, la ansiedad severa, el cáncer, la diabetes, los problemas del corazón… no son falta de fe ni de carácter: son condiciones médicas que requieren tratamiento. Que cuidar del cuerpo —buscar ayuda profesional, tomar medicación cuando es necesaria, dormir, moverse, respetar los propios límites— no es rendición espiritual sino responsabilidad con el templo que uno es. Que el sufrimiento no necesita un sentido inmediato. A veces simplemente duele, y está bien reconocerlo sin buscar lecciones edificantes ni parábolas consoladoras.
León XIV insiste en que escuchar al otro comienza por escuchar su clamor tal como es, sin traducirlo ni suavizarlo. Aplicado al propio cuerpo enfermo: la primera forma de espiritualidad encarnada es escuchar lo que el cuerpo dice sin silenciarlo con voluntarismo ni con teología prematura.
Rituales que sostienen
Los monjes del desierto estructuraban sus días con ritmos: oración en horas fijas, trabajo manual, lecturas. No porque esos ritmos resolvieran sus luchas internas, sino porque sostenían cuando todo lo demás fallaba. La estructura no era la solución, era el andamio que permitía seguir en pie mientras la solución, si llegaba, tardaba.
Quien vive con enfermedad crónica también necesita rituales mínimos, proporcionales a sus fuerzas reales: salir a caminar aunque cueste, escribir algo, respirar conscientemente, hablar, relajarse… No son soluciones mágicas. Son anclas. Pequeños gestos de fidelidad a la propia vida cuando la vida misma resulta difícil de habitar.
Yo he aprendido que el ritual más honesto en los días malos es simplemente no romper el hilo. No hacer mucho. No hacer nada espectacular. Solo no cortar el hilo.
La comunidad que acompaña
Aunque solitarios, los Padres del Desierto mantenían vínculos. Se visitaban, compartían sabiduría, se sostenían mutuamente. Abba Antonio, el más célebre de todos, tras años de soledad extrema regresó a la comunidad y reconoció: «La vida con otros es tanto desierto como la soledad, pero es un desierto diferente, igualmente necesario.»
Quien sufre enfermedad crónica a menudo se aísla por vergüenza, por cansancio, por miedo a ser una carga. Esa soledad no elegida difiere profundamente de la soledad sanadora del desierto: no es retiro, es abandono. La diferencia no es menor. Por eso importa tener alguien —una persona, un profesional, una comunidad pequeña— que no exija estar bien para pertenecer. Que tolere el «no puedo» sin interpretarlo como fracaso.
León XIV señala que el ayuno auténtico se orienta siempre hacia el otro, que vaciarse de uno mismo no es un fin sino un movimiento hacia la comunión. El enfermo que acepta ser acompañado —que permite que alguien entre en su desierto— realiza también ese movimiento, aunque en sentido inverso: no da, recibe. Y recibir con dignidad, sin vergüenza, es a veces el acto espiritual más difícil de todos.
La esperanza sin garantías
La Cuaresma apunta a la Pascua, a la resurrección. Pero cuando se vive en el desierto de la enfermedad, ese horizonte no siempre es visible. No hay garantía de que el sufrimiento termine, de que el tratamiento funcione, de que la vida recupere el color que tenía antes.
Y, sin embargo, algo en el ser humano se resiste a rendirse. Algo sigue amando la vida, por dura que sea. Algo busca ayuda, da pasos pequeños, sale al campo aunque cueste, sonríe, habla, mira el cielo aunque sea desde la ventana y desde el dolor físico y emocional, a veces insoportable.
Los Padres del Desierto llamaban a esto hypomone: resistencia paciente. No heroísmo, no victoria asegurada, no grandes gestos. Simplemente seguir ahí, un día más, sin saber lo que viene. Amma Syncletica, enferma y al final de su vida, no romantizaba el dolor. Reconocía que la vida a veces es dura y que la dignidad reside en seguir siendo humano en medio de ella. En seguir siendo, simplemente.
Una oración que he aprendido a rezar en los días más difíciles no tiene palabras elaboradas. Es solo esto:
Aquí estoy. No entiendo. No puedo. Pero sigo.
Quizá eso sea suficiente. Quizá, como sugiere León XIV al recordar que Dios escucha antes de hablar, esa presencia mínima, ese seguir respirando, ese no rendirse del todo, ya es una forma de diálogo con lo que nos trasciende.
Para terminar
Esta Cuaresma, para quien vive con enfermedad, no se trata de añadir sacrificios a los ya impuestos. Se trata de habitar con honestidad el desierto que ya se tiene. Sin falsas heroicidades. Sin culpa por no poder más. Sin exigencias espirituales que ignoren la realidad del cuerpo.
El Dios que se hizo carne, que sudó sangre en el huerto y que gritó «¿por qué me has abandonado?» desde la cruz, conoce perfectamente este desierto. No desde fuera, sino desde dentro. Y ese conocimiento compartido —ese Dios que también estuvo sin energía, sin certezas, sin respuesta inmediata— ya constituye, por sí mismo, una forma de presencia.
En el desierto, el silencio es elocuente. Aunque no lo sintamos. Aunque no lo entendamos. Aunque lo único que tengamos sea la decisión de seguir levantándonos cada mañana y caminar hacia el barranco donde el agua corre.
«En el desierto, el silencio es elocuente. Y a veces, la única palabra verdadera es el cuerpo que sigue respirando.» (Anónimo, tradición de los Padres del Desierto).


