La Cuaresma desde el silencio del desierto
Hay algo que el desierto sabe y que nosotros hemos olvidado: que el vacío no es ausencia, sino presencia de otra naturaleza.
Cuando viví en las tierras del Sahara aprendí esto en el cuerpo, no en los libros. El desierto no enseña con palabras. Enseña con hambre, con sed, con el silencio que zumba en los oídos como un río subterráneo. Enseña con el sol que arrasa y la noche que hiela. Enseña quitando.
Cuarenta días. Cuarenta años. El número bíblico no es aritmética, es geografía interior.
Mateo lo cuenta con la economía propia de quien sabe que las cosas grandes no necesitan adorno. «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.» (Mt 4, 1-2)
Nótese la secuencia: primero el Espíritu lo lleva, luego el hambre lo abre, luego viene el tentador. No es casualidad. Es una fenomenología precisa del proceso interior. El vaciamiento no es el destino: es la condición de posibilidad de algo que viene después.
Las tres tentaciones que Mateo describe no son caprichosas. Son un mapa.
La primera: convertir las piedras en pan. La tentación de resolver el hambre por los propios medios, de no tolerar la carencia, de buscar atajos donde la vida pide paciencia. «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» (Mt 4, 4) El desierto no alimenta el cuerpo. Alimenta otra cosa.
La segunda: lanzarse desde el pináculo del templo para que los ángeles lo sostengan. La tentación de la espectacularidad, del signo prodigioso, de forzar a Dios a demostrar lo que ya es evidente para quien tiene ojos desérticos. «No tentarás al Señor tu Dios.» (Mt 4, 7) El desierto no admite teatro. El desierto es el lugar donde nadie te ve y tienes que seguir siendo quien eres.
La tercera: todos los reinos del mundo a cambio de una sola genuflexión. La tentación del poder, la más sutil, la que se disfraza de eficacia y de bien que se podría hacer. «Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás.» (Mt 4, 10) El desierto desvela que la mayoría de nuestras ambiciones son formas de miedo disfrazado.
Jesús sale del desierto sin pan, sin espectáculo y sin poder. Sale con claridad. Que es lo único que el desierto da, y lo único que de verdad importa.
Los hombres y mujeres que en el siglo IV abandonaron las ciudades del Imperio para adentrarse en el desierto egipcio y sirio sabían bien todo esto. Los llamamos Padres y Madres del desierto, y sus palabras —recogidas en las Apophthegmata Patrum, los Dichos de los Padres— siguen siendo de una lucidez que avergüenza.
Abba Antonio, el más célebre de todos ellos, repetía que el demonio no necesita tentarnos desde fuera: ya habita en nosotros, en nuestra agitación, en nuestra incapacidad de estar quietos. «Ve, siéntate en tu celda, y tu celda te enseñará todo», decía. La celda como metáfora del interior. El silencio como maestro.
Amma Sincletica, una de las pocas voces femeninas que nos han llegado, añadía algo que los ascetas varones tendían a olvidar: que hay una ascesis del ego más peligrosa que la ascesis del cuerpo. «Hay muchos que se mortifican el cuerpo pero luego se enorgullecen de ello. Para esos, el ayuno se ha vuelto más nocivo que la glotonería.» La trampa de la perfección espiritual. La vanidad vestida de santidad.
Evagrio Póntico, el más intelectual de todos, cartografió el alma con una precisión que anticipa siglos de psicología. Llamaba acedia a ese estado que nosotros confundimos con pereza: en realidad es una parálisis existencial, un hastío del sentido, un querer huir de uno mismo. Y señalaba que el desierto lo curaba no porque ofreciera entretenimiento, sino porque lo prohibía. Sin huida posible, la acedia hay que atravesarla.
Las tres tentaciones de Mateo y los demonios interiores que catalogaba Evagrio son, en el fondo, la misma cartografía. Pan, poder, espectáculo: todas ellas formas de no querer estar donde se está, de no querer ser lo que se es.
En las culturas del Sahara con las que conviví, el ayuno (ramadán) no era castigo. Era protocolo de apertura. Se ayunaba para poder escuchar lo que en condiciones normales el ruido del yo tapaba. El cuerpo hambriento es un cuerpo más permeable. No porque el sufrimiento sea sagrado —esa es una perversión que debemos abandonar— sino porque el hambre, como toda escasez verdadera, agudiza la percepción.
Los Padres del desierto lo habrían reconocido de inmediato. Ellos también vivían cerca del Sahara y aprendieron de él la misma lección: que hay que vaciar el recipiente para que pueda llenarse de algo distinto.
Me llama la atención que el papa León XIV haya elegido para esta Cuaresma de 2026 las palabras «Escuchar y ayunar». Él, que es el primer papa agustino de la historia —heredero de aquel Agustín que pasó toda su vida intentando aplacar una inquietud que solo se aquietaba en Dios— ha puesto el dedo exactamente ahí: en el oído antes que en la boca.
León XIV señala que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro, recordando a Moisés ante la zarza ardiente, a ese Dios que antes de hablar ha oído el clamor de su pueblo.
Es una intuición profundamente desértica. Y resuena directamente con Mateo 4: Jesús responde a cada tentación con una palabra de la Escritura, pero antes de responder ha escuchado. Ha aguantado el silencio suficiente para saber desde dónde habla.
León XIV recuerda a San Agustín, quien observa que los hombres mientras tienen hambre se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces. El hambre como expansión. La carencia como apertura. Exactamente lo que el desierto lleva enseñando desde antes de que existieran las palabras para nombrarlo. Y exactamente lo que Jesús vive en esos cuarenta días que Mateo narra con tanta sobriedad.
La Cuaresma debería ser ese tiempo de permeabilidad voluntaria.
No de penitencia entendida como castigo a un cuerpo que habría pecado. Sino de escucha. De lentitud. De dejar que lo urgente deje de tapar lo importante.
El desierto me enseñó que el silencio tiene texturas. No es un silencio uniforme y blanco. Hay el silencio de la madrugada cuando todo duerme salvo los astros. Hay el silencio del mediodía que vibra y casi duele. Hay el silencio de la hora del crepúsculo, ese silencio dorado que sabe a gratitud sin objeto.
Cuarenta días son suficientes para aprender a distinguir los silencios interiores. Suficientes para descubrir cuáles de nuestros pensamientos son verdaderamente nuestros y cuáles son ruido prestado, ansiedad heredada, miedo tomado de prestado sin darnos cuenta. Suficientes para volver, como quien regresa del desierto, con menos cosas pero mente más clara.
No sé si la Cuaresma necesita ser religiosa para ser verdadera. Lo que sé es que todos los seres humanos necesitamos períodos de vaciamiento. Culturas que no tienen ese rito lo inventan tarde o temprano porque la psique lo exige. El desierto es una imagen arquetípica, universal, que habita en nosotros aunque nunca hayamos puesto un pie en la arena.
Este tiempo de cuarenta días que se extiende entre el carnaval y la Pascua —entre la máscara y la resurrección— es una invitación a ese viaje interior que no requiere equipaje. Solo disposición a ser vaciados. Y cierta confianza en que al otro lado del vaciamiento hay algo que vale la pena encontrar.
Abba Poemen, uno de los más sabios de los Padres del desierto, tenía una frase que guardo como un tesoro: «La puerta de entrada es la humildad.» No la penitencia, no la mortificación, no el ayuno entendido como deporte. La humildad. Esa capacidad de llegar al desierto sin saber nada y dejarse enseñar por él.
Jesús llegó al desierto lleno del Espíritu, dice Mateo, y salió de él también lleno del Espíritu; pero habiéndose encontrado con sus propios abismos. Eso es lo que el desierto hace. Eso es lo que la Cuaresma, si la dejamos, puede hacer en nosotros.
El desierto, que lleva milenios siendo maestro, sigue aquí. Paciente. Esperando que tengamos el valor de sentarnos en silencio.
El desierto no promete comodidad. Promete verdad. Y a veces, si uno aguanta lo suficiente, promete también esa alegría sobria, sin aspavientos, que solo conocen quienes han estado solos con ellos mismos el tiempo necesario.


