El desierto que llevo dentro: contemplación, entrega y la geografía interior del espíritu
Existe un momento en la vida —a veces precoz, otras después de numerosas heridas— en que comprendemos que el desierto no está fuera de nosotros; está latente bajo la piel, aguardando ser reconocido. Ese desierto interior no es un vacío hostil, sino un territorio de revelación donde la escucha profunda y la visión clara emergen.
En mi propio camino lo he encontrado en lugares inesperados: una sala de espera hospitalaria, una madrugada de insomnio, un viaje donde el viento susurraba un nombre que no era el mío, e incluso en la ciudad que a veces me dispersa y a veces me despierta. El desierto aparece cuando la vida se desnuda y nos invita a desnudarnos también.
Los Padres y Madres del Desierto conocían bien esta geografía interior. Aunque habitaban parajes áridos, su verdadera morada era un espacio del corazón donde la presencia de Dios se volvía respiración. Como recordaba Abba Antonio: “Habrá un tiempo en que los hombres se volverán locos, y cuando vean a alguien que no está loco, se levantarán contra él diciendo: ‘Tú estás loco’, porque no es como ellos.”
Ese tiempo es también el nuestro. La “locura” que se nos exige es la de vivir desde un centro más hondo que el ruido del mundo.
1. El desierto como revelación
El desierto no es ausencia, sino intensidad; no es silencio vacío, sino silencio pleno. He constatado que el desierto interior se abre cuando dejo de huir de mí mismo y permito que la vulnerabilidad sea un lugar de encuentro, no de vergüenza. La verdad, entonces, no llega siempre como claridad, sino como temblor.
Abba Moisés enseñaba: “Si el corazón está en paz, todo el mundo estará en paz para ti.”
Esta frase me acompaña en los momentos en que la paz parece imposible, recordándome que el desierto no es aislamiento, sino una modalidad de relación que, lejos de separarme del mundo, me permite habitarlo con mayor autenticidad.
2. La contemplación como forma de ver
Mi espiritualidad nace de una mirada que no posee, no domina y no exige, sino que se deja afectar. Ver es ya un acto de amor; ver con hondura es una forma de cuidado.
Abba Poemen decía: “No habites en un lugar donde no encuentres a tu hermano.”
La contemplación, lejos de encerrarme en mí mismo, me abre a los demás con compasión, permitiéndome reconocer la fragilidad sin juicio, la belleza sin apropiación y el dolor sin miedo. En mi experiencia, la contemplación es un modo de respirar: detenerse ante lo que normalmente pasaríamos por alto, escuchar el pulso de la vida en lo pequeño —un gesto, una palabra, un silencio compartido— y descubrir que lo sagrado no está lejos, sino en lo cotidiano.
3. La oración como disponibilidad
Para mí, la oración no es un discurso elaborado, sino una disponibilidad del corazón. No busco palabras perfectas, sino una apertura sincera; no busco certezas, sino una escucha que se deja moldear. A veces oro sin palabras, simplemente estando; otras, oro desde la herida, la confusión o la gratitud.
Amma Syncletica afirmaba: “Hay quienes se destruyen a sí mismos permaneciendo en el silencio, y hay quienes se salvan por medio del silencio.”
El silencio, por tanto, no es neutral: puede ser cárcel o cuna. El silencio que salva es aquel que se habita con honestidad, sin máscaras ni prisas. La oración, en el fondo, es un acto de confianza: confiar en que la vida tiene un pulso más hondo que nuestros miedos, que Dios no se oculta sino que espera en los pliegues de lo real, y que la gracia no es un premio, sino una presencia constante.
4. La entrega como forma de libertad
Entregar no equivale a renunciar; es plenitud. Es el gesto de quien ha descubierto que la vida se recibe mejor con las manos abiertas. En mis procesos, la entrega ha sido siempre un aprendizaje lento, a veces doloroso, pero profundamente liberador.
Abba Juan el Enano aconsejaba: “Si quieres ser perfecto, hazte como un muerto: no te irrites por los insultos, no te enorgullezcas por los elogios.”
No se trata de anular la sensibilidad, sino de liberarla de la tiranía del ego. La entrega, entonces, es vivir sin aferrarse a lo que pasa ni temer lo que llega. En mi experiencia, la entrega también se manifiesta como ternura: una ternura que no es sentimentalismo, sino fortaleza suave, capaz de reconocer y acoger la fragilidad propia y ajena sin violencia.
5. La Virgen María en el espacio fecundo de la oración contemplativa
Dentro del desierto interior, la figura de la Virgen María se presenta como madre del silencio y guía de la contemplación. Su «sí» al plan divino, plasmado en la Anunciación, constituye el modelo primario de entrega total y apertura al misterio.
- María como modelo de receptividad – En el Evangelio de Lucas (1,38) ella responde: “Hágase en mí según tu palabra”. Esta aceptación plena abre la puerta a la oración que no busca controlar, sino acompañar. En la vida del desertor interior, imitar esa receptividad permite que el desierto sea espacio de acogida y no de resistencia.
- María y el silencio – Los Padres del Desierto resaltan el valor del silencio como medio de encuentro con Dios. La tradición mariana subraya que María “habla en silencio” (cf. Mysterium Coniunctionis, J. Ratzinger). Su silencio interior se convierte en un espejo para el contemplativo que aprende a escuchar la voz divina entre los vientos de la mente.
- María como intercesora del desierto – La devoción mariana ha sido históricamente un refugio para los peregrinos del desierto espiritual. La oración del “Ave María” combina la alabanza («Dios te salve, María») con la petición («Madre de Dios, ruega por nosotros»), creando una dinámica de contemplación activa que nutre el corazón del contemplativo y le brinda fortaleza para continuar el camino.
- María y la compasión – La Madre de todos los creyentes encarna la compasión que el orante necesita para abrirse a los demás. Su ejemplo impulsa a transformar la soledad del desierto en una comunidad de corazones que, aunque separados físicamente, comparten la misma sed de verdad.
Así, la Virgen María no es un elemento ajeno al desierto interior; al contrario, su presencia espiritual fertiliza ese espacio, convirtiéndolo en un jardín de entrega, silencio y compasión.
6. El desierto en la ciudad
No es necesario retirarse físicamente para habitar el desierto interior; el desierto camina con nosotros. Es un modo de respirar, de escuchar y de relacionarnos. La capacidad de encontrar un espacio de quietud en medio del bullicio, de sostener una mirada compasiva en medio del conflicto y de cultivar una presencia que no se deja arrastrar por la dispersión, constituye la práctica urbana del desierto.
El desierto interior se abre incluso en la ciudad, en el trabajo y en la vida cotidiana cuando me detengo, cuando escucho y cuando dejo que la realidad me hable sin filtros. Permitir que la gracia me sorprenda transforma la cotidianidad en un escenario de revelación.
7. Una espiritualidad que acompaña
Mi camino espiritual no es exclusivamente personal; es también una forma de acompañar a otros. En mi labor como religioso y escritor, busco crear espacios donde la vida pueda respirar, donde la herida pueda hablar y donde la esperanza renazca sin estridencias.
Los Padres y Madres del Desierto no buscaban discípulos, pero la gente acudía a ellos porque en su presencia había una verdad encarnada, no doctrinal, sino vivencial, que sanaba. Quisiera que mi vida, con todas sus imperfecciones, ofrezca algo de esa verdad: no desde la autoridad, sino desde la humildad; no desde la certeza, sino desde la escucha; no desde la distancia, sino desde la cercanía.
Conclusión
El desierto interior nos enseña que la espiritualidad no es evasión, sino encarnación. La contemplación no nos separa del mundo, sino que nos permite habitarlo con mayor verdad. La entrega no es sacrificio, sino comunión. Al reconocer y cultivar este desierto interno, podemos transformar tanto nuestra propia existencia como la de quienes nos rodean, ofreciendo un testimonio vivo de una fe que se hace presente en cada gesto cotidiano.
Oración
¡Padre misericordioso, fuente inmortal de luz y vida,
gracias por el don que se renueva cada amanecer,
por el desierto interior que me instruye a escuchar el susurro del alma,
y por la fuerza que, firme, me conduce al servicio de la humanidad!


