Del ayuno a la resurrección
Meditación cuaresmal, 2026
Hay una manera de entrar en la Cuaresma que no sirve de nada. Es la manera del que aprieta los dientes, suma los sacrificios, lleva la cuenta de lo que ha renunciado. La penitencia como deuda. El ayuno como moneda de cambio. Cuarenta días de negociación con un Dios al que hay que convencer. No es de esto de lo que quiero hablar.
Quiero reflexionar de la otra Cuaresma. La que no empieza con un esfuerzo sino con una rendición. La que no es camino de subida sino de descenso -hacia dentro-, hacia lo que uno es cuando cesa el ruido, cuando caen las capas y se viene abajo el ego, cuando ya no queda nada que demostrar.
Existe en la tradición mística una imagen que me ha acompañado durante años: la noche oscura.
San Juan de la Cruz no la inventó: la nombró. Esa experiencia de vaciamiento en la que Dios parece retirarse precisamente cuando más se le busca, en la que la oración se vuelve árida, la fe pierde su sabor, el alma se queda sin los consuelos que la sostenían.
La Cuaresma entra ahí. No como ejercicio espiritual diseñado para producir resultados, sino como un tiempo en que la Iglesia, con sabiduría antigua, invita a dejar caer lo que no es esencial. A quedarse con lo que queda cuando todo lo demás se ha ido. Y esto es lo único que importa; pero en este camino hacia el interior hay una presencia que no suele nombrarse suficiente: la Virgen María.
No la figura devocional, no la imagen de plástico o madera o escayola, no la letra de una novena o un rosario repetidos sin vivirlos, sino esta mujer que un día dijo sí sin saber exactamente a qué estaba diciendo sí. Que llevó en el cuerpo algo que no podía comprender del todo. Que se quedó de pie al lado de una cruz cuando los demás huían.
Hay un tipo de amor que no necesitamos entender para permanecer. Un amor que no calcula, que no pide garantías, que no exige que el misterio se explique antes de entregarse a él. Ese amor tiene un nombre en la tradición: fiat. Hágase. No como resignación. Como apertura total.
La Cuaresma, en su hondura más silenciosa, es una invitación a ese mismo gesto. A decir hágase a lo que no controlamos. A confiar en que el vaciamiento tiene un destino, aunque desde dentro del vaciamiento ese destino sea completamente invisible.
María acompañó a su Hijo durante cuarenta días en el desierto — no físicamente, pero sí en el corazón. Lo había visto crecer. Sabía lo que él era. Y supo, con esa sabiduría que no viene de los libros sino de haber parido y amado y perdido y vuelto a amar, que el desierto era necesario, que ciertas verdades solo se aprenden en la aridez, que el amor que no ha sido probado todavía no sabe de qué está hecho.
Cuando uno entra en la Cuaresma con María — con su silencio, con su fiat, con su manera de estar presente sin imponer ni explicar — la Cuaresma se convierte en otra cosa. No en un camino de penitencia solitaria sino en una compañía. Alguien que ya ha caminado por aquí. Alguien que sabe lo que le espera al final y que, precisamente por eso, no tiene prisa.
El amor incondicional es la única verdad que la Cuaresma intenta dejar al descubierto.
No el amor como sentimiento — ese va y viene, depende del estado de ánimo, de la salud, de si hemos dormido bien. No. El amor como sustancia, lo que hay debajo de todo lo demás cuando todo ha cedido.
Los místicos lo llamaban de muchas maneras. Bernardo de Claraval hablaba del abrazo del Esposo. Hildegarda de Bingen lo veía como viriditas — esa fuerza verde que sostiene la vida desde dentro, invisible e incesante. Merton, ya en el siglo XX, lo describía simplemente como la certeza de ser amado antes de haber hecho nada para merecerlo.
Ese amor no hay que ganárselo durante la Cuaresma. Ya está. La Cuaresma solo sirve para que uno deje de hacer tanto ruido como para poder escucharlo.
Cuarenta días.
En la Biblia, el cuarenta siempre señala un tiempo de gestación. Cuarenta días de lluvia sobre el arca de Noé. Cuarenta años en el desierto antes de la tierra prometida. Cuarenta días de Jesús en el desierto para prepararse.
La Cuaresma no es, entonces, un tiempo de llegada. Es un tiempo de gestación. Algo está creciendo en la oscuridad — como el niño en el vientre, como la semilla bajo la tierra — y no se puede ver todavía. Solo se puede confiar.
María sabe de esto. De esperar sin ver. De llevar en el interior algo que todavía no tiene forma visible y que ya, sin embargo, lo cambia todo.
Al final de estos cuarenta días espera algo que ninguna palabra puede contener del todo.
La Pascua no es una fecha en el calendario. Es una irrupción. La vida que irrumpe donde todo apuntaba a que ésta ya no era posible. La piedra removida. El jardín en la madrugada. La pregunta — ¿a quién buscas? — pronunciada por alguien a quien María Magdalena reconoce, finalmente, por la manera en que dice su nombre. La Cuaresma es el largo camino hacia ese instante. No hay que correrlo. Hay que caminarlo despacio, con los ojos abiertos, con el corazón dispuesto a que nos sorprendan. Como quien sabe que al final del bosque hay un claro; pero que el bosque mismo, con su oscuridad y su silencio y sus raíces que trabajan sin testigos, forma parte del mismo misterio.
ORACIÓN
Señor, aquí estoy. Sin más que el cuerpo que me diste, el silencio que he aprendido a vivir y esta gratitud extraña y serena que no sé muy bien de dónde viene pero que reconozco como tuya.
Gracias. Por lo que entiendo y por lo que no entiendo. Por lo que me has dado y por lo que me has quitado, que a veces era lo mismo.
También tengo miedo, Señor. No voy a ocultártelo — tú que conoces cada grieta, cada noche en que mi cuerpo se ha despertado temblando, cada vez que he sentido que la cruz era demasiado pesada y que yo no era suficientemente fuerte para cargarla.
He sido crucificado. No en el madero — sino en las traiciones, en los afectos que se apagaron, en las enfermedades que cabalgan mi cuerpo, en los silencios que duelen más que los gritos, en las noches largas donde tu voz calla y yo no sé si seguir buscándote.
He sido clavado. Y he permanecido. No por mérito mío. Por algo en mí que no es mío: es tuyo.
Enséñame, Señor, a no escapar del viernes para llegar antes al domingo.
Enséñame a estar en el sepulcro sin desesperarme. A confiar en que la piedra puede ser removida incluso cuando todo indique que nadie vendrá a hacerlo.
Que mi miedo no me cierre. Que mis heridas no se conviertan en muros. Que lo que me ha quebrado sea también lo que me ha abierto hacia ti.
María, madre de los que esperan sin ver, acompáñame en este desierto. Enséñame tu fiat — esa manera tuya de decir sí a lo que no se comprende, de permanecer de pie cuando todos han huido, de guardar en silencio lo que el corazón no puede todavía pronunciar.
Señor Jesucristo, te espero. Con esa calma profunda que solo se aprende después de haber perdido muchas veces la calma. Te espero como espera el árbol la primavera: sin correr, sin dudar, sabiendo que vendrás en el momento exacto en que tengas que venir. Y cuando llegues — cuando el jardín amanezca y tú me preguntes ¿a quién buscas? — quiero ser capaz de reconocerte. No por tu gloria sino por la manera en que pronuncias mi nombre.
Hágase en mí lo que tenga que hacerse.
Amén.


