Polvo, arena en suspensión, calor… así fui recibido al llegar a la ciudad de Dakhla un buen día de marzo en el vetusto avión comercial, más bien avioneta de 15 plazas, con origen en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Un sudor intenso recorría mi piel, mezclado con el de los pasajeros que -casi apretujados en rudos asientos de cuero- íbamos en la cabina de la aeronave.
Llegar a esta bella capital de provincias, constituía el final de una ruta que había empezado meses atrás, cuando me invitaron a pasar unos días en la ciudad marroquí de Meknés. Allí pude conocer un erudito especializado en historia quien me habló de las singularidades del Sahara, más allá de las cuestiones políticas acontecidas en la región durante las últimas décadas tras la famosa “Marcha Verde” protagonizada por los marroquíes y el posterior abandono del territorio por parte de España.
Sidi Mohamed era un hombre mayor que conservaba una lucidez increíble. Hablaba con naturalidad media docena de idiomas, había viajado por medio mundo pues tuvo un negocio textil con el que continuó uno de sus hijos, era de los pocos hombres de su generación con estudios universitarios, en concreto una licenciatura en filología árabe, había escrito unos cuantos libros de filosofía islámica y, en definitiva, se trataba de un hombre sabio, según el sentir popular y académico de su país; pero, más allá de su curriculum vital, Sidi Mohamed era, ante todo, un místico. Buena prueba de ello se sustentaba sobre un numeroso grupo de hombres y mujeres que conformaban una tariqa, es decir, una cofradía religiosa. Así, se había granjeado fama de santidad a pesar de que él renegase de tales calificativos. En cualquier caso, su tariqa, siendo pequeña respecto a otras mucho más grandes y antiguas, tenía una vitalidad tremenda.
Coincidí con Sidi Mohamed en un zoco del barrio antiguo de la ciudad. Yo estaba curioseando en un puesto ambulante y él llevaba un rato hablando con el comerciante. Al verme allí me saludó y rápidamente entabló conversación conmigo. Me dijo que estaba esperándome, ante lo cual, completamente asombrado, le pregunté que cómo era posible si no nos conocíamos. Lo que siguió fue un silencio prolongado con una invitación posterior a acompañarle a su casa. Mi situación de invitado en casa de unos amigos me hizo rechazar amablemente la invitación; pero él insistió, de tal forma que al final acepté; pero, eso sí, con la consideración de avisarlos por teléfono.
La casa estaba a las afueras de la ciudad, no muy lejos del zoco, así que fuimos caminando. El día no propiciaba un lento y plácido paseo conversando. Por el contrario, fuimos a buen paso. Un cielo con grandes nubarrones presagiaban tormenta.
Ya en el interior me di cuenta de las dimensiones del edificio, con patio interior incluido y algunos jardines. Más que una casa se trataba de un conjunto de edificios separados unos de otros. Había gente por todas partes que saludaban a Sidi Mohamed casi con reverencia. Me condujo a una estancia enmoquetada y con ningún mueble, salvo los cojines en el suelo para recostarse. Una pequeña mesa en el centro de la estancia tenía varios jarrones con zumos diversos y una cesta repleta de frutos secos y dátiles.
Sidi Mohamed me cumplimentó y mientras preparaba él mismo el té, se entretuvo contándome sus viajes por España, Francia, Italia y otros países europeos, en busca de tejidos, telas, etc. Conocía Europa mucho mejor que yo.
En ese encuentro aprendí varias cosas que me hicieron mucho bien; pero sobre todo lo más importante fue una amistad naciente que fuimos cultivando con el paso de los años, a pesar de la diferencia de edad, pues él ya era abuelo, de barba blanca y arrugas pronunciadas en su rostro. No sabría decir su edad y tampoco me atreví a preguntarle nunca.
Lo primero que tienes que saber -me dijo, es que el islam va más allá de dogmas y rituales, se trata de una cosmovisión que impregna cada acto del musulmán. Esto le diferencia de otras religiones, incluso del cercano cristianismo, pues la vida ordinaria del creyente es confirmar en su interior la certeza de la unicidad de Dios, Allah para nosotros, de una forma absoluta y radical. Esto tiene implicaciones para nuestra vida; pero de ello sabrás más cuando te impregnes de la profundidad del desierto.
¿Y por qué piensa que iré al desierto? He venido aquí como invitado a pasar unos días y conocer Marruecos. Volveré a España dentro de una semana para continuar con mi vida -le dije totalmente convencido.
Él reflexionó un momento, se levantó, llamó a alguien que acudió en un instante. Le dijo algo en el idioma local del que yo apenas balbuceaba unas cuantas palabras.
Mira -se volvió hacia mí mientras salía el hombre que había entrada instantes antes en el salón- nada es casual. Cuando te dije en el zoco que te esperaba fue porque así era. Sabía que pronto coincidiría con un occidental. Por otro lado, estás en casa de los hijos de Yassín, una familia amiga de la mía desde hace generaciones, y él me advirtió sobre tu llegada a la ciudad, tus estudios, tu trabajo, en fin… esas cosas que suelen describir a la persona.
¿Entonces no se trataba de adivinación o brujería? -Le pregunté casi con alivio.
Se produjo un silencio que dio pie a una sonora carcajada. -No, para nada. Esta ciudad no es muy grande y las noticias vuelan, más si viene un extranjero a casi de Yassín. Mira, -me dijo enfatizando las palabras- adivinadores y brujos y brujas hay, claro que sí, la mayoría gente alejada del islam pues el profeta Mohamed, la paz sea con él, nos señaló muchas veces el pecado ya señalado en el Sagrado Corán para esas personas que se dedican a prácticas consideradas prohibidas o poco recomendables, así como para los que consultan a tales personas. No. En esta casa no entran esas prácticas ocultistas y satánicas. Nosotros somos más prosaicos y dejamos la superstición fuera de nuestras vidas.
Me habían dicho que en el Magreb son comunes esas cosas -le dije con un punto de atrevimiento.
Sí, ¿en dónde no? -respondió; pero no por ello dejan de ser algo malo. Lo mejor es estar alejados de quien lo practica.
Lo segundo que tienes que hacer -continuó hablando, cambiando totalmente de tema- es, como te he dicho antes, viajar por el desierto. Esto es importante.
¿Por qué? -Le interrumpí
Allí lo sabrás. Tu vete cuanto antes. Encontrarás beduinos auténticos.
En fin, la conversación continuó al menos una hora más hasta el momento de rezar el salat, la oración ritual, tras cuya llamada Sidi Mohamed se fue. Como yo no sabía que hacer salí de la habitación y pregunté a una mujer que por donde se salía. Esperé unos quince minutos por si regresaba mi anfitrión y al no hacerlo decidí volver al piso que había alquilado
Al día siguiente tenía muy fresca la conversación del día anterior. Después del desayuno quise pasar la mañana en mi habitación repasando notas que había traído y escribiendo aquellas cosas de las que me acordaba. Sidi Mohamed me dio algunas indicaciones muy interesantes y había despertado en mí la curiosidad por ese Sahara no ajeno a los españoles dado que un territorio nada despreciable fue provincia española.