Al hablar de desierto no me refiero solo al físico, geográfico, el del Sahara, que sí, también, por supuesto, el desierto por antonomasia, el más grande del planeta, lugar donde se han producido hechos espirituales
asombrosos protagonizados por mujeres y hombres apartados de la ciudad o del pueblo, alejados del ruido y las cosas mundanas, así, en soledad fecunda, a veces incomprendida, a veces perseguida, a veces maltratada por
los poderosos, los fariseos de todos los tiempos y lugares, porque el fariseísmo es más que un movimiento político judío de la época de Jesús. Se trata de una condición humana, legalista, rigorista, exclusivista, fanatizada,
irracional en extremo. Sí, fariseos han existido siempre. Siguen en el judaísmo y permanecen en el cristianismo y en el islam. Tratan de condicionar aquello que tocan, allá donde viven y prosperan.
Al hablar del desierto apelo también a esa condición de posible soledad compartida dentro del mundo, dentro de las urbes, en pleno bullicio; pero sin afectar lo más mínimo la condición de mujer u hombre apartado, refractario a los apetitos que divulgan los creadores de opinión, o del consumo barato, efímero e insustancial.
Al hablar del desierto me refiero a ermitaños y morabitos. Cristianos y musulmanes. Todos abandonados al Único Dios, al Compasivo y Misericordioso, muchas veces alejados de dogmas y teologías complejas, alejados de filosofías de moda, de tendencias ideológicas, cautivos de una sola mirada, caminantes del mismo camino, peregrinos en la única peregrinación válida, habitantes del único deseo: la cercanía y proximidad al
Amado.

Al alba, la llamada a la oración abarca la inmensa llanura desértica en un apartado rincón de la región de Dakhla, en el sur de Marruecos. Apenas la claridad incipiente en el firmamento permiten distinguir un paisaje aún cubierto por las sombras de la noche… Allahu Akbar… Allahu Akbar… La illaha illah Allah! (¡Dios es Grande, Dios es Grande… No hay otra divinidad más que Dios!) exclama con voz potente un hombre mayor vestido con una yilaba de gruesa lana, en la puerta de un pequeño edificio construido con sus propias manos. Su voz resuena por todas partes. Solo su voz. Los pájaros que anidan en los arbustos cercanos empiezan a desperezarse.
En el cielo las estrellas domina aún el arco celeste. Hace frío. El hombre concluye el Adham (invitación a rezar) y se dirige a la pequeña mezquita, construida con sus propias manos al igual que el edificio que le cobija y donde pasa gran parte del tiempo: dos cuartos para descansar, un lavabo, cocina,
un pequeño despacho y almacén. Acuden a la llamada sus dos hijos varones que están pasando unos días con su padre. Yo también voy al salat (oración), el primero de la mañana. Ese tiempo de adoración a nuestro Creador se prolonga durante casi una hora, entre oración ritual, contemplación, duás (peticiones a Dios)… Después salimos al exterior. La luz nos permite ya ver con comodidad el terreno, la amplia pradera que nos rodea, las pequeñas talhas (acacias) y arbustos que crecen por doquier.
Cerca, en un establo, una docena de cabras esperan para salir a pastar. Sidi Hafa, así se llama mi amigo y padrino de tribu, acude raudo para abrirles la puerta. Sus hijos y yo le imitamos. Así empieza la jornada laboral. Estamos
construyendo un perímetro de piedra alrededor de la zagüía, nombre con el que se conocen estos edificios sencillos. Nuestra intención es que las cabras no entren en ese espacio, vano intento puesto que, como es sabido, las cabras son animales que suelen ir por libre. En cualquier caso es conveniente delimitar las zonas de vivienda humana y vivienda del ganado, cada uno en su sitio, juntos pero no revueltos. Además Sidi Hafa ha destinado unos cuantos cientos de metros cuadrados de terreno a la puesta en marcha de un huerto con la intención de abastecerse de algunas verduras y patatas.
Completan la zagüía un gallinero para la cría de gallinas y obtener también huevos, así como las duchas destinadas a visitantes que suelen acercarse por el lugar. Todo construido por Sidi Hafa y su familia.
A eso de las 9 de la mañana desayunamos: té, pasta hecha por las mujeres de la familia y algún dátil. Hoy no es día de ayuno, ni estamos en el mes de Ramadán, así que podemos comer y beber sin
preocuparnos por las horas. A pesar de ello, comemos poco. Después de desayuno nuevamente nos dirigimos a la mezquita para hacer el «Salat Doha», una oración voluntaria. Tras unos minutos ya estamos laborando. La tarea es
mucha: coger piedras, cargarlas, llevarlas a los lugares donde las vamos colocando. El día avanza y empieza a hacer calor; pero es soportable. Así pasamos buena parte de la mañana. Más tarde a las tareas propias del huerto. El agua es el problema mayor. Hay que traerla en camiones cisterna y llenar unas balsas de pvc con capacidad para 5.000 litros. Tenemos intención de economizar agua aplicando el sistema de riego por goteo.
Entre las faenas agrícolas, acarrear piedras y controlar que las cabras y las gallinas no entren en el huerto,
como así sucedió en una ocasión y nos comieron casi todos los brotes. A eso de la 1 de la tarde paramos para asearnos y rezar, cosa que hacemos tras el pertinente Adham anunciando la oración, el Salat Dhuhr. Concluido el
Salat comemos arroz con carne de dromedario. Durante la comida comentamos las noticias del día que nos llegan con dificultad por un aparato de radio. Aquí apenas se puede sintonizar las emisoras y las señales de telefonía son muy débiles, así que la información suele llegar por alguien que viene de visita. Todo es sencillo. El día discurre sin sobresaltos, sin estrés, sin esperar nada en concreto, sin establecer planes, entre oración, contemplación, meditación, trabajo y tiempo de descanso y ocio consistente mayormente en conversar, contar historias del
pasado, anécdotas, algún chiste y poco más.
Después del almuerzo es tiempo de siesta, costumbre provechosa para recuperarse de las fatigas
mañaneras, aunque yo me voy al pequeño despacho con intención de ojear algunos libros con más de 200 años de antigüedad, manuscritos y encuadernados con piel de cabra. Uno de ellos es un ´Tafsir, como así denomina a la ciencia que interpreta el Sagrado Corán. Está escrito sobre papel ya muy deteriorado y en algunas partes la tinta, fabricada por la propia persona que escribió el libro, se ha borrado o se lee con suma dificultad. Pienso que hay que proteger estos libros, reunirlos en bibliotecas acondicionadas, clasificarlos, estudiarlos… algo así se está haciendo en Malí y en Mauritania. Constituyen un patrimonio cultural de valor incalculable. Reflexiono sobre estos lugares destinados a la vida eremítica, como decimos en Occidente, esto es, sitios donde el morador vive y destina gran parte del día a la oración y la contemplación, a veces solo, a veces en compañía de su familia. En el norte de África son frecuentes y gozan de una larga tradición. El ´morabitismo` fue todo un movimiento social que vertebró en buena parte amplias regiones del Magreb. Los morabitos venían a ser el equivalente islámico de los ermitaños cristianos, hombres y mujeres cuyas vidas constituían ejemplos a seguir por la comunidad, con dones y carismas particulares que atraían la visita de musulmanes para curarse del «mal de ojo», de
brujerías, o de enfermedades físicas, o simplemente para disfrutar de la baraka -las bendiciones de Dios- que canalizaba el morabito.
Muchos de esos lugares, como he dicho más arriba conocidos con el nombre de ´zagüias (literalmente = rincones apartados) se convirtieron en espacios de culto, peregrinaje y educación islámica. Aún sobreviven estas zagüias, algunas de ellas vinculadas a cofradías sufíes. Un morabito en tierras argelinas fue Carlos de Foucauld, quien vivió y murió asesinado en su propia zagüia, siendo vecino de los tuaregs. El «hermano universal», ofreció su testimonio de compromiso religioso y de comunión con los musulmanes.

La tarde avanza. Se ha levantado una ligera brisa y yo aprovecho para dar una cabezada antes del Salat Asr. Concluido éste, retomamos la actividad laboral pero sin la intensidad ejercida durante la mañana. Mi padrino y sus hijos van en busca de las cabras, están lejos. Hay que llevarlas al corral. Con las gallinas es más difícil, pululan por aquí y por allá, saltan al huerto, nos arman estropicio casi siempre, tenemos que correr tras ellas, difícil cogerlas… en esas ocasiones pensamos en no criarlas pues alborotan mucho. Poco antes del «Salat Magreb» (puesta del sol), hemos concluido toda actividad laboral. Yo voy a dar un pequeño paseo por las inmediaciones de la zagüía, antes de que oscurezca del todo.
Con el manto nocturno encima de nosotros permanecemos en la
mezquita hasta el último salat comunitario del día, el Salat Isha, aproximadamente a la hora y media posterior a la puesta de sol. En ese tiempo se recita el Corán en voz alta, o se leen episodios y narraciones de los profetas, o se elevan diferentes plegarias. También algunas veces permanecemos en silencio y solo el susurro del viento filtrándose por la puerta de la mezquita constituye el único sonido. Entonces interpretamos el silencio, le preguntamos y él nos responde: Solo importa Dios, su grandeza, a Él le debemos todo.
Tras la oración llega el tiempo de ocio, conversación alegre con la familia. Nos ha visitado un pariente y pasará la noche con nosotros. Trae noticias de la ciudad y del mundo. Cenamos, disfrutamos el momento presente, sin más
averiguaciones de ningún tipo. En algunas ocasiones me preguntan por cuestiones relativas al Cristianismo. Existe un interés real entre los musulmanes por conocer los dogmas y las creencias cristianas. No se trata de simple curiosidad sino de interés por comprender cómo Dios se ha ido manifestando a lo largo de la historia de la humanidad en una «Revelación progresiva». Para los musulmanes todos los profetas son importantes, han traído y divulgado el mismo mensaje, incluido el noble profeta Isa (Jesús de Nazaret) que ocupa un puesto especial en el
islam. Decía Ibn Arabí que Jesús era el «Sello de la Santidad» y Mohammed el «Sello de la Profecía».
Sidi Hafa, mi padrino, me invita a dar una vuelta con él por los alredores de la zagüía, el cielo siempre henchido de
estrellas. Nos alejamos y hablamos, un poco en castellano, un poco en ´hasaniya` (árabe dialectal saharaui).
Me cuenta sus cosas y yo le cuento las mías. Sonreímos. Contemplamos las estrellas y decimos casi al unísono:
Al Handulilah! Alabado sea Dios.
