“Nadie en su sano juicio abandonaría jamás su comodidad en Europa para visitar un lugar tan olvidado de Dios como este”, -me dijo una vez Omar, un hombre que conocí camino del desierto. Quizá había algo sensato en su declaración. ¿Qué estaba haciendo realmente allí, un lugar del que sabía muy poco pero del que había oído cosas horribles: terrorismo, esclavitud, campos minados, hambruna, inestabilidad política, guerra… Mis amigos marroquíes me habían advertido que me encontraría con una inquietante atmósfera social. Mis amigos europeos pensaron que había alcanzado un preocupante nivel de locura; sin embargo, en esas tierras difíciles, complejas y peligrosas logramos desarrollar programas educativos en salud materno infantil, cooperativas laborales, atención sanitaria, dinamización social… y lo hicimos un puñado de personas, todos de allí salvo este servidor. Un cuarto de siglo de servicio voluntario, desinteresado y solidario. Hoy estoy físicamente lejos del Sahara; pero los programas se mantienen y se están realizando iniciativas de gran calado social.