“Nadie en su sano juicio abandonaría jamás su comodidad en Europa para visitar un lugar tan olvidado de Dios como este”, -me dijo una vez Omar, un hombre que conocí camino del desierto. Quizá había algo sensato en su declaración. ¿Qué estaba haciendo realmente allí, un lugar del que sabía muy poco pero del que había oído cosas horribles: terrorismo, esclavitud, campos minados, hambruna, inestabilidad política, guerra… Mis amigos marroquíes me habían advertido que me encontraría con una inquietante atmósfera social. Mis amigos europeos pensaron que había alcanzado un preocupante nivel de locura; sin embargo, en esas tierras difíciles, complejas y peligrosas logramos desarrollar programas educativos en salud materno infantil, cooperativas laborales, atención sanitaria, dinamización social… y lo hicimos un puñado de personas, todos de allí salvo este servidor. Un cuarto de siglo de servicio voluntario, desinteresado y solidario. Hoy estoy físicamente lejos del Sahara; pero los programas se mantienen y se están realizando iniciativas de gran calado social.
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Vivir sin endeudarnos
El otro día un amigo mío, padre de familia y trabajador ejemplar me decía lo siguiente: «Nuestra norma de vida ha sido siempre no comprar nada que no podamos pagar al contado. Así, no tenemos piso en propiedad, ni coche ni otros artículos que superan nuestro nivel de ingresos. Vivimos bien, sin grandes necesidades. Nuestros hijos han crecido en un ambiente austero, pero sin privaciones. Hemos hecho lo mismo que cualquier familia; pero sin ese agobio económico de tener deudas. Creo que es la mejor estrategia contra el consumismo desenfrenado».
En clave teológica, si no podemos comprar algo es porque en realidad no lo necesitamos, no es preciso para nuestro bienestar y menos para nuestra alma.
Traigo este comentario porque se ha instalado en nuestra sociedad consumista la «compra a plazos», las hipotecas, los préstamos…, naturalmente para beneficio de bancos y otras «entidades de crédito»… una manera de control social muy eficaz.
Ahora en Xàtiva nos han instalado en pleno centro urbano una «feria del automóvil». Se trata de vender coches y, ¡cómo no!, en «cómodas mensualidades». Pura trampa mercantilista.
Paz y bien.
“¿Con qué compararemos el reino de Dios?” (San Marcos 4, 26-34)