La vida tiene una forma de ponernos a prueba. Hay momentos en los que el sufrimiento se siente insoportable y desearíamos poder escapar de él; pero la verdad es que, para sanar, primero debemos permitirnos sentir todo. Deja que duela. Deja que pique. Deja que el dolor se filtre en cada parte de ti hasta que lo hayas sentido todo. Porque solo así puedes empezar a sanar. Está bien llorar, gritar, sentir que te estás desmoronando. Eso es parte del proceso. Es parte de lo que nos hace humanos. Y es solo atravesándolo, sintiendo realmente todo, que podemos salir del otro lado más fuertes. En esos momentos de profundo sufrimiento, aprendemos más sobre nosotros mismos. Aprendemos cuánto podemos soportar, hasta dónde podemos llegar y qué es lo que realmente nos importa. Sufrir, por horrible que sea, nos moldea y nos enseña a ser fuertes. Y a medida que pasa el tiempo, ese sufrimiento comenzará a desvanecerse. No desaparecerá de la noche a la mañana, pero disminuirá. Los bordes afilados se suavizarán. El gran peso en tu pecho se aligerará. Un día, te despertarás y te darás cuenta de que sufrir ya no es lo primero en tu mente. Ahí es cuando sabrás que has comenzado a sanar. Sanar no significa olvidar. No significa pretender que nunca existió aquello que nos hizo sufrir. Significa aceptarlo como parte de nuestra historia. Significa aceptar las cicatrices y las lecciones que aportan. Así que, permítete sentirlo todo. No huyas. Acéptalo todo de frente. Permítete derrumbarte si es necesario. Y luego, cuando estés listo, comienza a reconstruirte. Poco a poco, vuelve a unirte, más fuerte que antes. La sanación no es un destino, es un viaje. Y es uno que comienza con sentir cada cosa en su momento. Después, continua caminando y haz lo que tengas que hacer.
Desde Salamanca con mis mejores deseos de paz y bien.
«Muchas son las angustias del justo, pero el Señor lo librará de todas ellas» (Salmo 34:19).